Mía una de 19 años es obligada a casarse con un mafioso por culpa de su hermana gemela ella está pagando
su hermana era una drogadicta siempre estaba en problemas mano a la mujer de un mafioso y el por venganza decide casarse con ella para hacerla pagar todos los días por haber arrebatado al amor de su vida
sus padres por proteger a su princesa entregaron a mía una hija que ellos cautiva
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capitulo 2
—Por favor… necesito ir al baño —dijo Mía, con la voz quebrada.
Nadie respondió.
Los hombres a su alrededor ni siquiera la miraban.
—Por favor… me estoy haciendo encima… —insistió, casi llorando.
Uno de ellos suspiró con fastidio.
—Vamos.
La tomó del brazo y la llevó hasta el baño.
—Me quedo acá —dijo, señalando la puerta—. No hagas nada estúpido o lo vas a lamentar.
Mía asintió rápidamente.
Entró.
Cerró la puerta.
Y por primera vez desde que había llegado al club…
respiró.
Pero no había tiempo.
Miró a su alrededor desesperada.
Baños.
Espejos.
Puertas cerradas.
Nada.
Hasta que lo vio.
Una ventana.
Pequeña.
Alta.
Difícil.
Pero posible.
Se acercó.
Intentó abrirla.
No cedía.
—Vamos… —susurró entre dientes, empujando con todas sus fuerzas.
Sus manos temblaban.
El miedo le daba fuerza.
Volvió a intentar.
Y entonces…
clic
Se abrió.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Señora —golpearon la puerta—. Apúrese.
—¡Ya voy! —respondió.
Pero no volvió.
Subió como pudo.
Se raspó las manos.
Se lastimó la rodilla.
Pero no le importó.
Saltó.
Cayó mal.
Pero se levantó.
Y corrió.
No sabía a dónde iba.
No conocía el lugar.
Pero no importaba.
Solo tenía que alejarse.
De él.
De la casa.
De todo.
—Tengo que llegar con mi abuelita… —murmuraba entre lágrimas—. Tengo que salir de esto…
Corría sin mirar.
Sin pensar.
Hasta que…
se detuvo.
Un callejón.
Sin salida.
—No… no… no…
Giró.
Quiso volver.
Pero ya era tarde.
—¿Te estás divirtiendo?
Esa voz.
El cuerpo se le congeló.
Renzo.
De pie.
Mirándola.
Como si ya supiera todo.
—Yo… yo… —balbuceó.
—Llévenla —ordenó frío.
Dos hombres la sujetaron.
Mía gritó.
Se resistió.
Golpeó.
Intentó soltarse.
Pero eran demasiado fuertes.
—¡Suéltenme! ¡Por favor!
No sirvió de nada.
La arrastraron.
La tiraron dentro del auto.
Como si no fuera nada.
Su mano chocó contra la puerta.
El dolor le hizo cerrar los ojos.
Renzo subió.
Encendió el auto.
Y manejó en silencio.
Detrás…
tres camionetas.
Nadie habló en todo el camino.
Pero el silencio…
era peor que cualquier grito.
Al llegar a la mansión…
Mía bajó rápido.
Sin mirar atrás.
Corrió hacia su habitación.
—¿Quién te dijo que podías irte?
Renzo la alcanzó.
La tomó del cabello.
La hizo retroceder.
—Ay… por favor… me duele…
—Ahora vas a aprender.
La arrastró.
Escaleras arriba.
Habitación.
La tiró sobre la cama.
Mía temblaba.
—Por favor… no…
Pero Renzo no escuchaba.
No razonaba.
Estaba furioso.
La sujetó.
La inmovilizó.
Y lo que siguió…
no fue amor.
No fue deseo.
Fue castigo.
Fue violencia.
Fue poder.
Mía lloró.
Suplicó.
Pidió perdón por algo que ni entendía.
Pero él no se detuvo.
Hasta que quiso.
Cuando terminó…
el silencio volvió.
Pesado.
Sufocante.
Renzo se levantó.
Sin mirarla.
Sin decir nada.
Fue al baño.
Se duchó.
Como si nada hubiera pasado.
Cuando salió…
Mía seguía ahí.
Inmóvil.
Con lágrimas secas en el rostro.
Con el cuerpo temblando.
Con la mirada perdida.
Él la desató.
—Andate —dijo seco—. Y espero que hayas aprendido.
Mía no respondió.
No podía.
Se levantó como pudo.
Cada paso dolía.
Pero caminó.
Hasta su habitación.
Cerró la puerta.
Y recién ahí…
se derrumbó.
Entró a la ducha.
El agua caía.
Pero no limpiaba nada.
Seguía sintiéndose sucia.
Rota.
—Abuelita… —susurró entre llanto.
—Lucas… perdoname…
Esa noche…
no durmió.
El dolor no la dejó.
El miedo tampoco.
A la mañana siguiente…
Renzo apareció.
Como si nada.
—Tomá esto —le tiró una pastilla—. No quiero hijos tuyos.
Mía la miró.
No dijo nada.
La tomó.
La tragó.
Sin discutir.
—Me voy de viaje. No sé cuándo vuelvo.
Silencio.
—No salís de la casa.
Ella asintió.
—Prepará mi maleta.
Y antes de irse…
tiró todo en la cocina.
—Y limpiá este desastre.
Mía obedeció.
Siempre obedecía.
Pero esa vez…
lloró mientras limpiaba.
—Esto no es vida… —murmuró.
Pasaron días.
Y por primera vez…
hubo calma.
Sin gritos.
Sin miedo constante.
Sin él.
Mía empezó a respirar mejor.
A pensar.
A sentir.
Hasta que…
—Hola.
Mía se sobresaltó.
Giró.
Una mujer.
—¡Qué susto!
—Perdón —sonrió—. ¿Vos sos…?
Mía dudó.
—Mía.
—Hanna. Soy la hermana de Renzo.
El corazón de Mía dio un salto.
—Ah…
—Vine a verlo… pero me dijeron que no está.
Silencio.
—No sabía que estaba casado.
—Hace dos meses… —respondió Mía bajito.
Hanna la observó.
—Debe estar muy enamorado…
Mía no respondió.
Solo bajó la mirada.
—Vení —dijo Hanna—. Hablemos.
Se sentaron.
—¿Cuántos años tenés?
—18…
Hanna frunció el ceño.
—Sos muy chica…
Pausa.
—¿A dónde fue Renzo?
—No sé…
—Raro…
Pero no insistió.
—Me voy a quedar unos días —sonrió—. Así no estás sola.
Y por primera vez…
Mía sonrió de verdad.
Pero el miedo seguía ahí.
Porque sabía…
que cuando Renzo volviera…
todo podía empeorar.
Hanna lo llamó.
—Hermano, ¿dónde estás?
—Trabajando.
—Estoy en tu casa.
Silencio.
—Andate.
—No. Me quedo.
—Hanna…
—Tu esposa está sola. ¿Qué te pasa?
Pausa.
—Voy para allá.
Mía sintió el miedo regresar.
—Va a venir… —susurró.
—¿Qué pasa? —preguntó Hanna.
Mía negó.
Pero Hanna no era tonta.
Algo no estaba bien.
Y lo iba a descubrir.