"Fui subastada al diablo, pero él no sabía que yo sería su infierno."
En el Amazonas, todo tiene un precio. Mía fue vendida como mercancía al hombre más temido de Sudamérica: Renzo Cavalli. Él la compró para poseerla y quebrarla, pero subestimó el fuego bajo su piel de seda.
Entre huidas por la selva, traiciones y una pasión letal, Mía deberá decidir: ¿hundir el puñal en su espalda o convertirse en la reina de su imperio de sangre?
NovelToon tiene autorización de Delenis Valdés Cabrera para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Epílogo
La vida de Mía nunca había sido un cuento de hadas, pero al menos era suya. A sus viente años, Mía era una superviviente nata en una ciudad fronteriza donde la ley era un concepto abstracto y el polvo lo cubría todo. Trabajaba en un taller mecánico clandestino durante el día, con las manos siempre manchadas de grasa y el cabello recogido en una trenza descuidada, y por las noches cuidaba de su hermano menor, Leo, la única razón por la que ella aún no se había marchado de aquel infierno.
-Mía, dicen que "Los Sombras" andan buscando gente para pagar las deudas del viejo -le había dicho Leo esa última tarde, con los ojos llenos de miedo.
-No te preocupes, enano -respondió ella, limpiándose el sudor con el antebrazo-. Papá se fue hace meses. No tienen nada que reclamarnos. Si vienen, les daré con la llave inglesa en los dientes.
Pero Mía se equivocaba. El mundo de los narcos no entendía de ausencias, solo de saldos pendientes.
Esa noche, el calor era asfixiante. Mía estaba terminando de arreglar el motor de un viejo camión cuando el sonido de tres camionetas blindadas rompió el silencio del callejón. El rugido de los motores no era normal; era una sentencia.
Seis hombres bajaron, liderados por "El Alacrán", un tipo cuya sonrisa revelaba dientes de oro y una falta absoluta de alma.
-Mía... la hija del tramposo -dijo el Alacrán, escupiendo al suelo-. Tu padre nos debía medio millón de dólares y tú lo vas a pagar .
-No tengo ese dinero, y tú lo sabes -dijo Mía, agarrando una barra de acero con nudillos blancos-. Vete de mi taller antes de que te abra la cabeza.
El Alacrán soltó una carcajada que le erizó la piel.
-No queremos el dinero, preciosa. El dinero va y viene. Pero tenemos un pedido especial de la costa. Buscan algo joven, con fuego, algo que no haya sido tocado por los perros del barrio. Y tú... tú eres perfecta. Te vas a convertir en una moneda de cambio muy lucrativa.
-¡Sobre mi cadáver! -rugió Mía.
Lanzó el primer golpe con una ferocidad que sorprendió a los hombres. La barra de acero conectó con el hombro de uno de los matones, escuchándose el crujido del hueso. Pero eran demasiados. Dos hombres la agarraron por los brazos mientras un tercero le propinó un golpe seco en el estómago que le quitó el aire.
Mía cayó de rodillas, luchando por respirar, mientras veía cómo otros dos hombres arrastraban a su hermano Leo fuera de la pequeña habitación del fondo.
-¡No! ¡A él no! ¡Déjenlo! -gritó ella, con la voz rota por la desesperación.
-El niño se queda -dijo el Alacrán, agarrándola del cabello y obligándola a mirar-, pero solo si te subes a la camioneta sin pelear. Si intentas algo, si gritas, si muerdes... le cortaremos los dedos uno por uno y te los mandaremos como postre.
Mía sintió el frío del metal de una pistola en su sien. Miró a su hermano, que lloraba desconsolado, y luego a los ojos del monstruo que la sujetaba. En ese momento, la Mía que soñaba con ser libre murió. La que nació era una criatura movida por el odio puro.
-Te voy a matar -susurró ella, con una calma aterradora-. A ti, y al que me compre.
-Muchos lo han dicho antes, niña. Pero cuando veas a quién te hemos vendido, vas a desear que te hubiera matado yo aquí mismo. Renzo Cavalli no compra mujeres... compra almas.
La golpearon con la culata del arma, sumiéndola en la oscuridad. Lo siguiente que recordó fue el frío de la caja de madera, el movimiento del barco y el olor a salitre, justo antes de encontrarse con los ojos negros de aquel hombre que la miraba como si fuera un objeto de lujo que finalmente había llegado a sus manos.