NovelToon NovelToon
Ceo No Soy La Madre De Su Hijo

Ceo No Soy La Madre De Su Hijo

Status: En proceso
Genre:CEO / Padre soltero / Matrimonio arreglado
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: valeria isabel leguizamon

Ella pasa una noche con un Ceo Y ese luego la secuestra al creer que ella esconde a su hijo

NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 1

El helicóptero sobrevoló la costa durante veinte minutos antes de descender. Desde el aire, todo parecía tranquilo: las olas rompiendo contra los acantilados, los pinos meciéndose con el viento, alguna que otra luz titilando en las casas dispersas. Un paisaje de postal. El lugar perfecto para esconderse.

O para secuestrar a alguien.

—Aterrizamos en tres —anunció el piloto por el intercomunicador.

Mateo Arístides no respondió. Llevaba los brazos cruzados, la mandíbula apretada y la mirada fija en el horizonte. No había dormido en cuarenta y ocho horas. No porque no pudiera, sino porque cada vez que cerraba los ojos veía la misma imagen: un niño. Su hijo.

*Mareo*

No sabía su nombre. No sabía su cara. No sabía si era alto o bajo, si tenía sus ojos o los de ella. Solo sabía que existía.

Y que se lo habían ocultado.

La investigación había sido larga, oscura, pagada con cantidades de dinero que la mayoría de la gente no vería en toda su vida. Los abogados, los investigadores privados, los hackers… todos le habían dado la misma respuesta al principio: no hay registro de un hijo suyo, Arístides.

Pero él sabía. Una llamada anónima, una cuenta bancaria que no cerraba, una frase que una mujer borracha le soltó en una fiesta hacía tres meses: “¿Ni siquiera te acuerdas de aquella noche en Punta del Este? Pregúntale a la rubia.”

La rubia.

Solo había una mujer que encajaba en ese recuerdo borroso. Una noche de whisky, sal, música y un cuerpo que se movía contra el suyo como si el mundo se fuera a acabar. No recordaba su nombre, pero recordaba sus ojos. Claros. Desafiantes. Y una risa que se le había quedado grabada en algún lugar entre el pecho y la culpa.

Ella era la madre. Tenía que serlo.

El helicóptero tocó tierra con un golpe seco. Mateo desabrochó el cinturón antes de que las aspas dejaran de girar y bajó de un salto, el viento azotándole el cabello oscuro contra la frente.

—¿Está adentro? —preguntó sin mirar a su jefe de seguridad, Franco, que lo seguía de cerca.

—Sí. Llegó hace una hora de su trabajo. No espera nada.

Mateo ajustó los puños de su camisa. No llevaba traje. Por primera vez en años, había dejado la corbata en casa. Esto no era una negociación. Esto era personal.

—Nadie se acerca. Yo entro solo.

—Señor Arístides, no creo que sea prudente…

—Dije que entro solo.

Franco levantó las manos en señal de rendición y se quedó junto al helicóptero mientras Mateo cruzaba el jardín de la pequeña casa de madera. Las luces del interior estaban encendidas. A través de la ventana, alcanzó a ver una cocina ordenada, plantas colgando del techo y una mesa con una taza humeante.

Estaba tomando té. Como si nada.

Golpeó la puerta con el puño cerrado. Tres golpes. Firmes.

Dentro, se escuchó un silencio. Luego, pasos.

La puerta se abrió y ahí estaba ella.

Valentina Mora.

Su cabello castaño caía en ondas desordenadas sobre los hombros. Llevaba unos jeans viejos, una remera blanca demasiado grande y los pies descalzos. Tenía una mancha de pintura en la mejilla y en los dedos de la mano izquierda.

Sus ojos claros se abrieron con sorpresa al reconocerlo. Pero la sorpresa duró apenas un segundo. Inmediatamente después, su expresión se endureció y apoyó un brazo contra el marco de la puerta, como si quisiera impedirle el paso sin decir una palabra.

—¿Qué hacés acá? —preguntó con la voz más tranquila de lo que seguramente se sentía.

*Valentina*

Mateo la miró fijamente. Dos años habían pasado desde aquella noche. Dos años y ella seguía teniendo la misma capacidad de ponerle los nervios de punta con solo mirarlo.

—Necesito que me digas dónde está.

Valentina frunció el ceño.

—¿Dónde está qué?

—No te hagas la idiota. Dónde está mi hijo.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar. Valentina lo miró como si acabara de hablarle en otro idioma. Parpadeó una vez. Dos veces.

—¿Tu… hijo? —repitió, como probando las palabras.

Mateo dio un paso adelante. Ella no se movió.

—Sé que tuviste a mi hijo. Sé que me lo ocultaste. No sé por qué lo hiciste, pero voy a averiguarlo. Y no me voy a ir de acá hasta que me digas dónde está.

Valentina abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.

Y entonces, para sorpresa de Mateo, soltó una risa corta. Una risa que no tenía nada de graciosa.

—Estás loco —dijo, moviendo la cabeza—. Estás completamente loco.

—No me hagas perder el tiempo, Valentina.

—¡No tengo tu hijo! —sus palabras salieron afiladas, pero sus ojos, por un instante, hicieron algo que Mateo no esperaba. Dudaron.

Fue solo un segundo. Un pequeño parpadeo. Algo que podría haber sido confusión, o miedo, o quizás…

Quizás ella también estaba recordando aquella noche.

—No voy a preguntarte de nuevo —dijo él, y su voz bajó hasta convertirse en un susurro peligroso.

Valentina apretó los dedos contra el marco de la puerta. Sus nudillos se volvieron blancos.

—No tengo un hijo tuyo —repitió, más lento esta vez, como si hablara con alguien que no entendía lo básico—. No tengo ningún hijo. De nadie.

Mateo la observó en silencio. Los informes decían que ella vivía sola, que trabajaba en una galería de arte, que no había registros de niños a su nombre. Pero los informes también decían que él no tenía hijos, y eso había resultado ser falso.

—¿Dónde estabas hace tres años? —preguntó de repente.

Valentina frunció el ceño.

—¿Qué?

—Hace tres años, ¿dónde estabas? ¿Qué hacías?

—Eso no es asunto tuyo.

—Respondé.

—No te debo ninguna respuesta.

Mateo apoyó una mano en la puerta y la empujó lentamente. Valentina resistió un momento, pero él era más fuerte. La puerta se abrió del todo y él cruzó el umbral, invadiendo el espacio que ella intentaba proteger.

Valentina dio un paso atrás, pero no huyó. Lo miró con los ojos echando chispas.

—Salí de mi casa, Arístides.

—No hasta que me digas la verdad.

—¡Ya te dije la verdad! —su voz se quebró en un tono más alto—. No tengo un hijo tuyo. No tengo hijos. ¿Qué parte no entendés?

Mateo la miró a los ojos. Buscó algo. Mentiras, fisuras, cualquier cosa que le confirmara lo que su instinto ya le decía.

Pero lo único que encontró fue una mujer desafiante, furiosa, y algo más… ¿miedo? No. No era miedo. Era algo peor.

Era incredulidad.

Como si ella también estuviera preguntándose por qué carajo él estaba tan seguro de algo que ella sabía que era mentira.

—Vos sabés algo —dijo él, apretando la mandíbula—. Tal vez no sea tu hijo, pero vos sabés algo.

—No sé nada de ningún hijo —respondió ella, y esta vez su voz tembló apenas.

Mateo dio un paso más. Ella no retrocedió. Quedaron frente a frente, tan cerca que él podía ver cómo sus pupilas se dilataban, cómo su respiración se volvía errática.

—Me voy a quedar —dijo él, con la voz baja y firme—. Acá. En esta casa. Hasta que me digas dónde está mi hijo.

—¿Te vas a quedar? —repitió ella, incrédula—. ¿En mi casa?

—Sí.

—Estás loco. Necesitás ayuda.

—Eso ya me lo dijiste.

Valentina apretó los puños. Sus ojos claros brillaban con una mezcla de furia y algo que Mateo no sabía identificar. Dio un paso al costado, señalando la puerta abierta.

—Salí ahora o llamo a la policía.

—Hacelo —dijo él, sacando el teléfono del bolsillo y dejándolo sobre la mesa—. Llamalos. Yo tengo tiempo.

Valentina lo miró como si realmente estuviera viendo a un loco. Y quizás lo estaba.

Pero mientras ella sostenía su mirada, Mateo vio algo que le heló la sangre.

Por un segundo, solo un segundo, los ojos de Valentina se desviaron hacia la izquierda. Hacia una puerta entreabierta al fondo del pasillo.

Una puerta que daba a una habitación que, por la rendija, alcanzaba a ver parte de una cuna.

El corazón le dio un vuelco.

Valentina debió notar su mirada porque su rostro palideció de golpe.

—Eso no es lo que pensás —dijo rápido, demasiado rápido.

Mateo no respondió. Ya estaba caminando hacia el pasillo.

—¡Mateo! —gritó ella, corriendo detrás de él—. ¡No entres ahí!

Él no se detuvo. Llegó a la puerta y la abrió de par en par.

La habitación era pequeña, con paredes de color crema y una luz tenue. En una esquina, efectivamente, había una cuna de madera.

Pero la cuna estaba vacía.

Y encima de ella, había una foto.

Mateo tomó la foto con manos temblorosas. Era una ecografía. En la esquina superior, una fecha. Hace tres años. Exactamente nueve meses después de aquella noche en Punta del Este.

Levantó la mirada hacia Valentina, que estaba apoyada contra el marco de la puerta, pálida, con los labios apretados.

—¿Qué es esto? —preguntó él, con la voz ronca.

Valentina tragó saliva. Por un momento, pareció que iba a decir algo. Pero luego sus ojos se llenaron de algo que él no esperaba.

No era culpa. No era miedo.

Era dolor.

—No es lo que pensás —susurró.

Mateo sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Dónde está mi hijo, Valentina?

Ella cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, ya no había furia en su mirada. Solo algo roto.

—Te juro —dijo, con la voz tan baja que casi no se escuchó— que no tengo tu hijo.

Pero ya no sonaba como una inocente protestando.

Sonaba como alguien que está apunto de confesar un secreto que había enterrado hace mucho tiempo.

1
Tere Jimenez
muy interesante el capítulo gracias
Tere Jimenez
cada capítulo es más interesante felicidades
Tere Jimenez
cómo que estamos muy intriga dos perdió la memoria y le robaron el bebé
Tere Jimenez
muy interesante la novela gracias por compartir
Karina Vazquez Gonzalez
interesante historia
💙💫Géminis 💫💙
🤭🤭
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play