Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.
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capitulo 1
Hay personas que nacen para ser el sol, para ocupar el centro de la habitación con su mera presencia. Y luego estamos las personas como yo: las sombras.
A mis diecinueve años, mi mayor talento había sido la invisibilidad. No es que fuera fea, o deforme; simplemente era… olvidable. Mi cabello castaño rojizo siempre estaba recogido en una trenza práctica, mi piel era pálida y llena de pecas que intentaba ocultar, y mis vestidos eran siempre del color de la tierra o del musgo, diseñados para fundirme con los tapices de la corte o las piedras del castillo.
Mi padre, un barón de poca monta con más deudas que tierras, me había traído a la capital con la vana esperanza de encontrarme un marido que aliviara sus finanzas. Pero yo sabía que eso no pasaría. Yo no sabía bailar sin pisar pies, mi conversación era torpe y mi voz apenas superaba un susurro cuando estaba nerviosa. Mi destino era ser una solterona, una tía silenciosa en la esquina, observando la vida de los demás.
Y yo estaba bien con eso. Hasta hoy.
La corte estaba revolucionada. El Gran Salón del Trono bullía con una energía eléctrica y nerviosa que hacía que el aire pesara. El aroma a perfumes costosos, cera de abejas y vino especiado era casi asfixiante. Todos los nobles, desde los duques más poderosos hasta los hidalgos más insignificantes, se agolpaban cerca de la tarima real.
El motivo de tanta agitación era un hombre. Pero no cualquier hombre.
—Ya viene —susurró Lady Elara, una joven condesa que se encontraba a unos pasos de mí, abanicándose frenéticamente—. Dicen que no ha sonreído ni una sola vez desde que comenzó la campaña.
—Dicen que mata a los enemigos con la mirada —añadió su amiga, con un estremecimiento que no parecía del todo desagradable—. Dicen que su corazón es un témpano de hielo.
"Témpano de hielo". "El Muro de Invierno". Esos eran los títulos que la gente le daba, incluso antes de que los pregoneros anunciaran su rango. Yo me había mantenido en la periferia del salón, cerca de una columna masiva, protegida por la multitud y la semioscuridad. No me interesaban los héroes de guerra, ni los hombres poderosos que hacían temblar la tierra con sus botas. Yo solo quería que la ceremonia terminara para poder volver a la quietud de la biblioteca.
Pero entonces, las trompetas de plata sonaron, deteniendo todas las conversaciones. Las puertas dobles del fondo del salón se abrieron de par en par, y el aire frío de la tarde se coló, apagando algunas velas y haciendo que el ambiente denso se aclarara por un momento.
Y él entró.
El Comandante Alistair Thorne.
No caminaba; avanzaba con una marcha rítmica y pesada, una fuerza de la naturaleza vestida de uniforme negro y dorado. Su capa negra ondeaba detrás de él, y las charreteras doradas de sus hombros brillaban con la luz del atardecer que se filtraba por las ventanas altas. Llevaba el uniforme impecable, sin una sola arruga, como si la guerra hubiera sido simplemente un ejercicio de precisión y no una carnicería.
Su rostro… Oh, Dios mío, su rostro. Era una obra maestra de frialdad y simetría. Tenía la mandíbula cuadrada, cubierta por una barba de tres días que le daba un aspecto rudo y peligroso. Su nariz era recta, aristocrática. Y su cabello negro y denso estaba peinado hacia atrás, revelando una frente alta.
Pero fueron sus ojos los que me detuvieron el corazón. Eran de un gris tormentoso, tan fríos y penetrantes que parecían acero pulido. Mientras avanzaba por el pasillo central, mirando al frente, ignorando a la nobleza que se inclinaba a su paso, parecía que traía consigo el invierno.
La multitud se apartaba a su paso, como si su mera presencia fuera un arma. Nadie se atrevía a cruzar su mirada. Las mujeres que antes cuchicheaban ahora contenían el aliento, fascinadas y aterradas a la vez.
Yo estaba a salvo, oculta tras mi columna, a salvo de su invierno. Estaba acostumbrada a ver pasar la vida como una espectadora.
Pero entonces, la vida decidió que ya había sido suficiente sombra.
Había una mesa auxiliar cerca de mi columna, cargada con copas de vino vacías y una bandeja de plata con fruta. Alguien, en su afán por acercarse al pasillo central para ver mejor, debió empujar la mesa. Yo estaba de espaldas a ella, pero sentí el momento en que se desequilibró.
Intenté girarme, intenté agarrarla, pero mi torpeza habitual fue más rápida. Mi mano rozó una copa de cristal fino, que chocó contra otra, y el efecto dominó fue inevitable. La bandeja de plata, las copas y un frutero pesado se precipitaron al suelo de piedra.
El sonido fue ensordecedor en el salón silencioso. Un estruendo metálico y el cristal rompiéndose que resonó como un disparo.
El tiempo se detuvo.
Sentí todas las miradas clavarse en mí. Cientos de ojos curiosos, molestos y divertidos. Mis mejillas se incendiaron, y mi trenza pareció pesar una tonelada mientras bajaba la cabeza, deseando que la tierra me tragara. "¿Por qué yo?", "¡Qué estúpida!", "¡Qué vergüenza!", gritaba mi mente.
Y entonces, el Muro de Invierno se detuvo.
Alistair Thorne, que estaba a solo unos metros de mí, a punto de llegar al estrado real, detuvo su marcha. Se giró lentamente, muy lentamente.
Mis ojos, llenos de lágrimas de pura humillación, se elevaron. Y allí estaban.
Esos ojos grises de tormenta.
Por un segundo que pareció una eternidad, no hubo corte, no hubo rey, no hubo vergüenza. Solo estábamos él y yo. Su mirada era directa, gélida y absolutamente desprovista de cualquier emoción que no fuera la irritación por la interrupción. Me miró como si yo fuera una mancha de barro en su bota, un insecto que acababa de aplastar sin darse cuenta.
Su indiferencia fue más dolorosa que cualquier insulto.
Me quedé helada, temblando, con el corazón martilleando en mis oídos. En ese momento, algo más fuerte que el miedo, algo más profundo que la vergüenza, se encendió en mi pecho. Una chispa. Un calor prohibido y ardiente que nunca antes había sentido.
No podía dejar de mirarlo. La rudeza de su mandíbula, la frialdad de su mirada, la forma en que su uniforme le quedaba como una armadura… Era lo más aterrador y lo más hermoso que jamás había visto.
Él no dijo nada. No hizo ningún gesto. Simplemente, tras ese segundo de escrutinio glacial, volvió a girar la cabeza y continuó su marcha hacia el estrado, como si yo nunca hubiera existido.
El rey le habló, le entregó una medalla, le dio el título de duque… Yo no escuché nada. Solo podía ver la nuca de su cuello, la rigidez de sus hombros y el movimiento de su capa.
Cuando la ceremonia terminó y la música volvió a sonar, me abrí paso entre la multitud como una sonámbula, ignorando las miradas de lástima o de burla. Salí del salón y me refugié en el pasillo oscuro que conducía a la biblioteca. Allí, me apoyé contra la pared, intentando desesperadamente recuperar el aliento.
Mi respiración era entrecortada, y mis manos temblaban, no por la vergüenza, sino por la adrenalina. La imagen de sus ojos grises, la sensación de su desdén, la forma en que mi cuerpo había reaccionado a su presencia… Todo era nuevo, abrumador y terriblemente adictivo.
"¿Qué me pasa?", me pregunté, tocándome el pecho, donde el calor seguía latiendo.
Yo era la sombra. Él era el invierno. Yo era la nada. Él era el poder.
Y sin embargo, en ese instante de humillación, una certeza se había instalado en mi alma con la fuerza de un clavo ardiendo. Había pasado toda mi vida ocultándome, pasando desapercibida. Pero hoy, el hombre más temido del reino me había visto. Me había mirado, aunque solo fuera para despreciarme.
Y yo quería que volviera a hacerlo.
No importaba que fuera frío, o implacable, o que estuviera rodeado de intrigas y de mujeres más hermosas y valientes que yo. No importaba que su corazón fuera de piedra. Yo ya no quería ser una sombra. Quería ser el sol que derritiera su invierno.
El miedo a su poder, a su indiferencia, seguía ahí, pero ya no era paralizante. Ahora era combustible. Era la primera vez que sentía que tenía un propósito, un campo de batalla que valía la pena.
Él no creía en el amor, solo en el deber y el control. Y yo era una chica tímida que apenas podía hablar sin tartamudear.
Pero mientras me alejaba de la biblioteca y me dirigía a mis aposentos, con la determinación brillando en mis ojos por primera vez en mi vida, supe que la batalla había comenzado.
Alistair Thorne, el Gran Comandante, el Muro de Invierno, no lo sabía todavía, pero el destino ya había dictado su veredicto. Y el veredicto era yo.
Iba a salir de las sombras. Iba a luchar en su campo de batalla. Iba a demostrarle que incluso la voluntad de acero de un comandante no era rival para el deseo incontrolable de una mujer que había decidido no volver a ser invisible.
El temible comandante ya no era solo un héroe de guerra. A partir de hoy, él era mi misión. Y yo iba a ganar.
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉