Al despertar descubre que está casado con otro, con el cual no se lleva muy bien y ahora resulta que es un omega... Joy tendrá que ser valiente y superar los obstáculos.
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¿Dónde estás Alex?
El eco de sus propios pasos sobre las baldosas de la peatonal parecía marcar el ritmo de un corazón que latía con una mezcla de ansiedad y alegría desbordante. Joy caminaba entre la multitud, pero sus ojos no veían a los desconocidos que se cruzaban en su camino, ni las vitrinas brillantes que ofrecían productos de temporada. Para él, el mundo se había reducido a un solo punto de encuentro, a una sola persona que lo esperaba algunos metros más adelante. El sol de la tarde caía con suavidad, bañando la calle con un tono dorado que hacía que todo pareciera sacado de un sueño.
Hacía demasiado tiempo. Los días se habían convertido en semanas y las semanas en meses de mensajes de texto rápidos durante los descansos del almuerzo, llamadas nocturnas donde el cansancio apenas les permitía articular palabra y promesas de "la próxima semana nos vemos" que siempre terminaban rompiéndose por las exigencias de un mundo laboral implacable. Joy sentía que una parte de sí mismo había estado en pausa desde que sus horarios dejaron de coincidir. Eran amigos desde la secundaria, de esos que compartieron pupitre, secretos y los primeros miedos de la adultez. Pero ahora, finalmente, el tiempo les pertenecía de nuevo, aunque fuera solo por una tarde.
Antes de llegar, se detuvo frente a una pastelería que conocía bien. El aroma a azúcar quemada, vainilla y mantequilla lo envolvió apenas cruzó el umbral. Se quedó unos minutos frente al mostrador, recorriendo con la mirada las tartas decoradas con esmero. Sus dedos rozaron el cristal mientras recordaba los gustos específicos de Alex: nada demasiado dulce, algo con un toque frutal, pero con la cremosidad justa. Finalmente, seleccionó una porción que sabía que le encantaría. Pagó con un gesto ágil, sosteniendo la pequeña caja con una delicadeza casi sagrada. Al salir, una sonrisa involuntaria se instaló en sus labios. Tenía tantas ilusiones guardadas, tantas historias que contar y, sobre todo, tantas ganas de simplemente estar en presencia de su mejor amigo.
Al fondo de la calle, lo vio. Alex estaba allí, pero no como Joy esperaba. Estaba sentado de cuclillas, una posición extraña para alguien que espera en medio de una peatonal, pero que en él lucía extrañamente natural, casi juguetona. En su mano derecha sostenía una rosa de un rojo tan intenso que parecía vibrar bajo la luz. Cuando los ojos de Alex encontraron a los de Joy, su rostro se transformó; su sonrisa se ensanchó tanto que sus ojos se achicaron, transmitiendo una calidez que Joy sintió como un abrazo a la distancia.
-¿De dónde sacó eso?- se preguntó Joy para sí mismo, frunciendo el ceño en un gesto de fingida confusión mientras una risa suave se le escapaba. Alex siempre tenía esa capacidad de sorprenderlo con detalles que rozaban lo romántico, aunque siempre lo disfrazaran de una amistad incondicional.
Cuando finalmente acortaron la distancia, no hubo necesidad de palabras inmediatas. Se envolvieron en un abrazo firme, uno de esos que buscan recuperar el tiempo perdido en un solo instante. El aroma de Alex, una mezcla de café y un perfume sutil que Joy recordaba perfectamente, lo inundó todo. Se separaron apenas unos centímetros, lo justo para reconocerse de nuevo. Joy extendió los brazos, ofreciendo la caja de la pastelería.
-Es tu favorito- dijo con voz suave, cargada de una ternura que solo Alex lograba extraer de él.
-Gracias, Joy. De verdad te extrañé.- respondió Alex, recibiendo el regalo. Sostenía la rosa con una mano y el pastel con la otra, como si fueran los tesoros más valiosos del mundo.
Comenzaron a caminar hacia los puestos de comida, moviéndose en sincronía, como si los años de distancia no hubieran hecho mella en su ritmo compartido. Iban tan sumergidos el uno en el otro, compartiendo las primeras anécdotas de la jornada, que el resto del universo se volvió borroso. Joy miraba a Alex hablar, admirando la forma en que gesticulaba, sin notar que el ambiente a su alrededor se estaba fracturando.
De repente, el aire se llenó de un chirrido violento. Gritos ahogados y bocinas frenéticas rasgaron la burbuja de paz que habían construido. Joy solo tuvo tiempo de girar la cabeza antes de que el mundo se volviera un caos de metal y asfalto. Un vehículo, fuera de control, irrumpió en su realidad. El impacto fue seco, una explosión de dolor que lo lanzó contra el suelo frío.
El tiempo pareció ralentizarse. Joy sentía el sabor metálico de la sangre en su boca y el roce áspero del suelo contra su piel. Sus oídos pitaban, pero su primer instinto, incluso antes de evaluar su propio daño, fue buscar a Alex. Lo encontró a pocos pasos, tendido, con la mirada perdida pero buscándolo también. No podían hablar; el aire se les había escapado de los pulmones, pero sus ojos se encontraron en un puente de consuelo silencioso. Joy intentó suavizar su expresión, luchando contra la angustia creciente en su pecho para no asustar a su amigo.
"Por favor, que nada malo le pase a Alex", suplicaba Joy en el refugio de su mente, mientras las lágrimas comenzaban a desbordarse. "Él no puede irse así. Tenemos una infinidad de cosas por hacer, palabras que se quedaron en la punta de la lengua, una vida entera que prometimos compartir".
Cerca de él, Alex mantenía un pensamiento fijo, una letanía que repetía con cada gramo de voluntad que le quedaba: "No quiero morir sin antes entregarte esta rosa y mi corazón, Joy".
El ruido a su alrededor era ensordecedor. Voces desesperadas llamaban a emergencias, el llanto de los testigos se mezclaba con el eco de las sirenas que se acercaban. Sin embargo, para Joy, todo comenzó a desvanecerse. El sonido se volvió sordo, como si estuviera bajo el agua. El dolor, antes punzante, se transformó en un frío anestésico. Poco a poco, la oscuridad reclamó su visión. Los dos amigos cerraron los ojos casi al mismo tiempo, aferrados a la última esperanza de que, fuera donde fuera que se dirigieran, se volverían a encontrar.
Tic tac, tic tac, tic tac...
El sonido era rítmico, monótono y desesperantemente lento. Joy sintió una brisa ligera acariciándole la mejilla. Era una sensación extraña, demasiado real para el vacío que recordaba. ¿Por qué estaba la ventana abierta? Intentó moverse, girar su cuerpo sobre lo que parecía ser un colchón, pero un grito mudo quedó atrapado en su garganta. Cada músculo le dolía como si hubiera sido golpeado por mil piedras. Sus muñecas ardían con una punzada constante y sentía los párpados tan hinchados que le costaba incluso intentar abrirlos.
Tic tac, tic tac, tic tac...
-Ese reloj... ¿Desde cuándo lo tengo?- se preguntó, confundido. El sonido era más nítido que el ruido de los autos. Espera. ¿Autos? Se dio cuenta de que el caos de la calle había desaparecido. Ya no había gritos, ni bocinas, ni el olor a caucho quemado.
Con un esfuerzo sobrehumano, logró entreabrir los ojos. La luz de la habitación era tenue, pero aun así le lastimaba. Se encontró mirando un techo blanco y liso, desconocido. Giró la cabeza lentamente, recorriendo las paredes de una habitación que no reconocía.
¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí?- Su voz salió como un susurro roto. La garganta estaba tan seca que sentía que se desgarraba con cada palabra. Tenía una sed atroz, una necesidad física de beber agua para borrar el sabor a olvido de su boca.
Intentó apoyarse sobre sus codos para incorporarse, pero un dolor agudo en las muñecas lo obligó a desplomarse de nuevo. Bajó la mirada y vio sus brazos envueltos en vendas blancas y gruesas. El recuerdo del accidente lo golpeó como una segunda embestida. La peatonal, la rosa, el pastel... Alex.
-¡¡¡Alex!!!- El grito fue un desgarro emocional que le dio la fuerza necesaria para ignorar el dolor físico. Saltó de la cama, sintiendo que el suelo se tambaleaba bajo sus pies descalzos.
Se tambaleó hacia la puerta, con el corazón martilleando contra sus costillas, impulsado por una urgencia ciega de encontrar a su amigo, de asegurarse de que el universo no había sido tan cruel como para separarlos. Pero justo antes de que su mano alcanzara el picaporte, la puerta se abrió con un clic metálico.
Joy se congeló en el sitio. La figura que entró lo dejó sin respiración, y por un momento, el sonido del reloj fue lo único que llenó el vacío de la habitación.
Damon: LLAMEN AL DACTOIIOR 😭😭👏👏👏
tengo que correr por salvar mi floresita dise el joy jajaja