El leñador vivía solo en una cabaña de madera al borde del bosque denso. Las manos callosas, la barba oscura y el cuerpo marcado por años de hacha, frío y soledad. No hablaba mucho. Prefería el silencio de los pinos, el crujido de la leña y el olor a resina que impregnaba todo.
Ella llegó un viernes de otoño, cuando el cielo ya empezaba a oscurecer. Joven, de ciudad, con zapatillas blancas manchadas de barro hasta los tobillos y una chaqueta demasiado fina para la montaña. Se había perdido buscando una cabaña de alquiler que ya no existía. Cuando golpeó la puerta, el leñador abrió y la miró en silencio varios segundos, evaluándola de arriba abajo.
—Puedes quedarte esta noche —dijo con voz grave—. Mañana te bajo al pueblo.
Ella se llamaba Valeria. Hablaba demasiado, reía con facilidad y olía a un perfume caro que contrastaba con el olor a madera y humo de la cabaña. Él preparó fuego, le dio un plato de carne asada y pan, y se sentó enfrente sin quitarle los ojos de encima. Ella notó la mirada. Larga, pesada, como si la estuviera desnudando sin prisa.
Después de cenar, cuando el silencio se volvió demasiado denso y el fuego crepitaba, Valeria se levantó y se acercó. Se detuvo frente a él, demasiado cerca.
—¿Siempre miras así a las mujeres que se pierden en tu bosque?
El leñador no contestó con palabras. La agarró de la cintura con una mano enorme, la atrajo hacia sí y la besó con una rudeza que la hizo gemir dentro de su boca. Ella no se apartó. Al contrario: se subió a su regazo, abrió las piernas y se frotó contra la dureza que ya sentía bajo el pantalón grueso de trabajo.
Lo que siguió fue rápido y sucio. Él la levantó como si no pesara nada, la sentó sobre la mesa de madera y le bajó los pantalones de un tirón. Ella estaba empapada. Cuando él se bajó los suyos y entró de un solo empujón profundo, Valeria arqueó la espalda y soltó un grito ahogado contra su hombro.
—Joder… qué grueso…
La folló con fuerza, sin delicadeza, con las manos grandes sujetándole las caderas con fuerza. El sonido de la carne chocando llenaba la cabaña. Cada embestida hacía crujir la mesa. Ella se corrió primero, temblando, clavándole las uñas en la espalda ancha. Él siguió, más profundo, más bruto, hasta vaciarse dentro de ella con un gruñido bajo que vibró contra su cuello.
Después, sin decir nada, la cargó hasta la cama estrecha cubierta con una manta gruesa. Todavía estaba semiduro cuando la acostó. Valeria, con la respiración agitada y las piernas temblando, le acarició la barba áspera y sonrió cansada.
—Creo que mañana no quiero que me bajes al pueblo…
Él no contestó. Solo la miró un momento y luego se inclinó otra vez. Esta vez fue más lento. Le quitó la chaqueta, la camiseta y el sujetador. Le chupó los pezones con calma, mordisqueándolos hasta que ella volvió a mojarse. Después le abrió las piernas y se metió entre ellas, lamiéndola con lengua ancha y torpe, pero efectiva. Valeria se retorcía, agarrándole el pelo, empujando su cara contra su coño.
Cuando estuvo otra vez lista, él se subió encima y la penetró de nuevo. Esta vez de frente, mirándola a los ojos. La folló con embestidas largas y profundas, sujetándole las muñecas contra la almohada. Ella gemía sin control, las piernas alrededor de su cintura, pidiéndole más, más fuerte, más profundo.
Se corrieron casi juntos. Él dentro de ella otra vez, llenándola. Después se quedaron quietos, sudados, el cuerpo de él pesado sobre el de ella.
A media noche despertaron otra vez. Valeria se subió encima, montándolo con lentitud al principio y luego con desesperación. Las manos de él le apretaban el culo mientras ella se movía arriba y abajo, dejando que su polla saliera casi del todo antes de volver a sentarse hasta el fondo. El sonido era obsceno. Cuando él se acercó al límite, la volteó de golpe, la puso de rodillas y la tomó por detrás, una mano en su nuca y la otra en su cadera, follándola sin piedad hasta que ambos acabaron otra vez.
Al amanecer, la luz gris entraba por la ventana. Valeria estaba dormida contra su pecho, el semen seco en sus muslos y el pelo revuelto. El leñador la miró un rato en silencio. Luego se levantó, preparó café y esperó a que despertara.
Cuando ella abrió los ojos, él le dijo solo:
—Puedes quedarte más de una noche.
Valeria sonrió, se estiró desnuda sobre la cama y abrió las piernas con descaro.
—Entonces ven aquí otra vez… antes del café.
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