El reloj de la cocina marcaba las 23:41 cuando Elena entró. Traía el mismo vestido negro ceñido de la cena de la facultad. El que me había tenido duro toda la noche.
—¿Todavía despierto, profesor? —dijo, dejando las llaves sobre la mesa.
Yo estaba sentado en la isla, fingiendo corregir ensayos. Ella se acercó por detrás, me rodeó el cuello con los brazos y bajó la boca hasta mi oreja.
—Tu padre no vuelve hasta el viernes.
No contesté. Solo dejé el bolígrafo.
Elena se metió entre mis piernas, se sentó a horcajadas sobre mi regazo y empezó a desabrocharme la camisa despacio. Cuando abrió el último botón, bajó la mirada a mi polla ya completamente dura y sonrió.
—Siempre tan serio en clase… y tan caliente cuando nadie te ve.
Me agarró del cuello y me besó con hambre. Lengua, dientes, saliva. Mientras me comía la boca, se frotaba contra mi erección con movimientos lentos y pesados. Sentí lo empapada que estaba a través de la tela fina de sus bragas.
—Quiero que me folles aquí —susurró contra mis labios—. En la cocina. Como si no fuera tu madrastra. Quiero que me uses.
La levanté de un tirón y la senté sobre el mármol frío de la isla. Le subí el vestido hasta la cintura. Ella misma se bajó las bragas y las dejó colgando de un tobillo. Abrí la cremallera de mis pantalones, saqué mi polla y la froté despacio entre sus labios hinchados, mojándola con su propio jugo.
—Mírala… —dijo ella mirando hacia abajo—. Está goteando por ti.
La penetré de un solo empujón hasta el fondo. Elena arqueó la espalda y soltó un gemido largo, sucio.
—¡Joder…! Qué gruesa… Sí, así…
Empecé a follármela con fuerza. El sonido de mi polla entrando y saliendo de su coño mojado llenaba la cocina. Ella se aferraba al borde del mármol con las uñas y me miraba con los ojos entrecerrados, la boca abierta.
—Más duro… Usa a tu madrastra… Fóllame como si fuera una puta.
La agarré de las caderas y aceleré. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran dentro del vestido. Bajé la cremallera del escote y saqué un pecho, chupándole el pezón con fuerza mientras la follaba sin piedad.
—¿Te gusta? —pregunté contra su pecho—. ¿Te gusta que tu hijastro te esté partiendo el coño sobre la isla donde desayunas con mi padre?
—Sí… ¡Sí! ¡Más! ¡Rómpeme!
La volteé de golpe. Ahora estaba de pie, inclinada sobre la isla, el culo en alto y las piernas abiertas. Le separé los glúteos y volví a entrar de un empujón seco. Esta posición me dejaba llegar más profundo. Ella gritó contra el mármol.
—Ahí… ahí… no pares…
Le di una palmada fuerte en el culo y luego otra. La piel se puso roja al instante. Seguí follándola sin ritmo, sin piedad, solo fuerza bruta. El sonido de mis caderas golpeando su culo era obsceno.
Cuando sentí que estaba cerca, la saqué de golpe, la giré otra vez y la obligué a arrodillarse.
—Abre la boca.
Elena obedeció sin dudar. Le metí la polla hasta la garganta. Se atragantó, babas le corrían por la barbilla, pero no se apartó. La agarré del pelo y empecé a follarle la boca con las mismas embestidas profundas que le había dado al coño. Ella miraba hacia arriba, con los ojos llorosos y las manos apoyadas en mis muslos.
—Trágatela… —le ordené—. Toda.
Cuando no pude más, la saqué de la boca, la levanté de nuevo sobre la isla y la penetré otra vez. Esta vez más lento, más profundo, sintiendo cada centímetro. Ella se corrió primero. Su coño se apretó alrededor de mi polla con fuerza y un gemido largo y quebrado salió de su garganta mientras se orinaba un poco de placer sobre el mármol.
Eso me empujó al límite. La follé más rápido, más bruto, hasta que me corrí dentro de ella con un gruñido bajo. Chorros calientes llenándola. Ella se quedó quieta, temblando, recibiendo todo.
Cuando terminé, me quedé dentro un momento, respirando agitado. Elena me miró con una sonrisa cansada y satisfecha.
—Mañana en clase —susurró, acariciándome el pecho sudado— vas a tener que fingir que no te corriste dentro de tu madrastra hace unas horas… y que no te la follaste como a una zorra en la cocina de tu padre.
Se bajó del mármol con las piernas todavía temblando. El semen le escurrió por el muslo interno mientras caminaba hacia la escalera, el vestido todavía subido y las bragas olvidadas en el suelo.
Yo me quedé ahí, con la polla aún semidura y el corazón latiendo demasiado fuerte.
La lección más sucia de mi vida acababa de empezar.