Esperé agachada detrás del contenedor lo que pareció una eternidad. Escuché gritos, golpes, el ruido metálico de la porra de Dohyun golpeando cabezas, dos disparos que me hicieron saltar del susto, y luego… silencio. Solo el viento soplando por el río, y el agua del Hangang golpeando las rocas.
Estuve a punto de salir corriendo a buscarlo, cuando lo vi venir. Caminaba tambaleándose, la chaqueta rota más que nunca, un corte profundo en la frente que le chorreaba sangre por un ojo, pero de pie. Vivo. Cuando me vio, sonrió débilmente, y se dejó caer de rodillas delante de mí.
—Están muertos —dijo, jadeando—. Todos. No van a venir por nosotros. Podemos irnos.
Lo curé ahí mismo, en el suelo frío de la orilla del río, con las últimas gasas que nos quedaban, mientras las primeras luces del alba salían detrás de la torre de Namsan. Le limpié la sangre de la cara, le puse una tirita encima del corte, y él no quitó los ojos de mí ni un segundo, como si tuviera miedo de que yo desapareciera si parpadeaba. Cuando terminé, me agarró las manos, las apretó contra su pecho, donde sentí su corazón latir fuerte y desbocado, y me dijo todo lo que llevaba guardado dentro desde el primer día que me vio:
—Jiwoo… cuando me desperté en el metro, y te vi ahí, con tu bata de medicina toda rota, tus ojos grandes llenos de miedo pero aun así me habías curado… supe que tenía que protegerte. Que no podía dejar que nada te pasara. Pensé que era solo responsabilidad, que era lo que haría cualquier policía. Pero estos dos meses… dormir a tu lado, comer contigo, escucharte reír cuando te cuento alguna tontería de antes de la niebla… me di cuenta de que no es solo protección. Te quiero. Te quiero más que a mi propia vida. En este mundo de mierda, tú eres lo único que me hace sentir que todavía vale la pena respirar. Si tengo que pelear contra todos los zombis de Corea del Sur, contra todos los supervivientes malos, contra todo el infierno… lo hago. Con tal de estar contigo. Con tal de que tú estés a salvo.
Yo empecé a llorar de felicidad, de alivio, de todo el amor que tenía guardado en el pecho y no me atrevía a sacar. Me incliné, lo besé de nuevo, esta vez más fuerte, más largo, como si fuera el último beso del mundo, como si con ese beso le pudiera transmitir todo lo que yo también sentía: que lo amaba, que él era mi refugio, que sin él no quería sobrevivir ni un día más.
—Yo también te quiero, Dohyun —le dije cuando nos separamos, con la voz llena de lágrimas—. Eres lo único que me queda. Eres mi hogar ahora. No importa dónde estemos, si es en el metro, en la calle, en el infierno… mientras esté contigo, estoy a salvo.
Ese día empezamos nuestra huida por toda Seúl. Caminamos días enteros por las calles vacías, pasando por barrios que antes estaban llenos de gente y ahora solo tenían muertos caminando: pasamos por Myeongdong, donde las tiendas de cosméticos estaban todas rotas, por el palacio Gyeongbokgung, donde los jardines estaban llenos de maleza y zombis que caminaban sin rumbo, por las calles de Bukchon con sus casas de hanbok abandonadas. Dohyun siempre iba delante, su mano nunca soltaba la mía, mataba cualquier infectado que se acercara antes de que yo pudiera siquiera verlo, y por las noches nos escondíamos en áticos cerrados, abrazados bajo la manta gris, mirando las estrellas por las ventanas rotas, prometiéndonos que algún día encontraríamos un lugar seguro. Un lugar donde no tuviéramos que pelear todos los días para vivir. Un lugar donde pudiéramos ser solo dos chicos que se quieren, sin zombis, sin muerte, sin miedo.
Lo encontramos el día 72 desde que empezó todo. Estaba en la costa, a 3 horas de camino de Seúl, un pueblo pequeño de pescadores abandonado, con casas de madera frente al mar azul, sin niebla, sin casi zombis —solo 3 o 4 que Dohyun mató en dos segundos—, con un pozo de agua dulce que funcionaba, huertos de verduras que habían crecido solos, y una casa chiquita con techo de paja, ventanas enteras, y una chimenea que todavía servía para hacer fuego.
Cuando entramos, Dohyun me agarró por la cintura, me levantó en brazos y me hizo girar en círculos, riendo fuerte, una risa clara y feliz que yo nunca había escuchado antes, una risa que no tenía nada que ver con el policía duro que había conocido en el metro.
—Lo encontramos —dijo, poniéndome en el suelo, con los ojos brillantes de felicidad—. Nuestro lugar. A salvo. Juntos. Por fin.