Pasaron 12 días desde que Dohyun llegó al refugio. Y todo cambió.
Él salía todas las mañanas, antes de que saliera el sol, armado con su porra de policía y un cuchillo de caza que había encontrado en una casa abandonada, y volvía al mediodía con comida, medicinas, ropa seca, baterías para la linterna. Nunca fallaba. Nunca volvía sin algo para mí. Una vez se arriesgó a cruzar la calle llena de infectados para traerme un frasco de miel, porque yo había dicho una sola vez, de pasada, que de chico me gustaba tomar té con miel cuando estaba triste. Otra vez volvió con una manta de lana suave color gris, la única que no estaba rota en toda la tienda departamental de Gangnam, porque yo me pasaba las noches temblando de frío.
Yo me quedaba abajo, cuidaba el refugio, organizaba la comida, curaba sus rasguños y moretones cada noche, cuando volvía cansado, sucio, con la cara marcada por el cansancio. Aprendí sus cicatrices: una larga en la ceja izquierda de una pelea cuando era chico, una pequeña en la muñeca derecha de cuando salvó a una niña de un coche antes de la niebla, el moretón que le salía siempre en el hombro derecho de golpear zombis con la porra. Aprendí que no le gustaba hablar de su familia —todos se habían convertido los primeros días, no tenía a nadie más—, que le gustaba el ramyeon picante más que el de kimchi, que dormía con un ojo medio abierto por miedo a que algo nos atacara mientras descansábamos, que cuando creía que yo no estaba escuchando, tarareaba canciones de grupos de k-pop que yo también conocía, de antes del fin del mundo.
El romance creció despacio, sin palabras, en los pequeños detalles del infierno:
Cuando nos sentábamos juntos a comer del mismo plato de ramyeon caliente, con una sola cuchara, y nuestras manos se rozaban sin querer, y los dos nos quedábamos callados, rojos como tomates, sin atrevernos a mirarnos.
Cuando las hordas gemían muy fuerte allá arriba, y él se acercaba a mi banco, se sentaba a mi lado, me pasaba el brazo por los hombros sin decir nada, y me hacía recostar la cabeza en su pecho, escuchando su corazón latir fuerte y seguro, más fuerte que todos los gemidos de los muertos.
Cuando una noche tuve una pesadilla terrible, soñé que mi mamá se convertía en zombi y me quería morder, grité de miedo y me desperté llorando, y él estaba ahí en dos segundos, me agarró la cara con sus manos grandes y callosas, me secó las lágrimas con los pulgares, y me susurró al oído, bajito, solo para mí: “Estoy aquí, Jiwoo-ya. Nadie te va a hacer daño. Ni los muertos, ni nadie. Yo te cuido. Siempre”.
Nadie me había llamado así desde que mi mamá se murió los primeros días de la niebla. Nadie me había cuidado así nunca.
Faltaban 3 días para cumplir dos meses juntos cuando pasó lo que lo cambió todo. Una noche, se oyó un ruido muy fuerte allá arriba: gritos de gente, golpes, la horda entera de Gangnam corriendo hacia un lado. Dohyun se levantó de un salto, agarró su porra, y me miró serio, con los ojos oscuros de preocupación:
—Un grupo de supervivientes malos llegó. Tienen armas de fuego. Están matando a todo el que se cruza para robar. Se van a dar cuenta de que el metro está abierto. Nos tenemos que ir. Ahora.
Recogimos todo en 5 minutos: la comida, las medicinas, la manta gris, el bate, la porra, una foto pequeña de mi mamá que guardaba en la cartera. Salimos por las vías del metro, corriendo en la oscuridad, Dohyun delante de mí, agarrado de mi mano con toda su fuerza, sin soltarme ni un segundo, guiándome para que no me tropezara con los rieles. Escuchábamos los disparos cada vez más cerca, los gritos de la gente que mataban, los gemidos de los zombis que se acercaban por detrás.
Llegamos a una salida de emergencia que daba al lado del Hangang, el río que cruza toda Seúl. Afuera era de noche, la niebla gris cubría todo, las luces de la ciudad estaban todas apagadas, solo se veía la silueta negra de la N Seoul Tower allá arriba en el monte Namsan. Dohyun me empujó detrás de un contenedor de basura, se puso delante de mí con el cuchillo listo, y susurró a mi oído, con el aliento caliente en mi piel:
—No te muevas. No hagas ruido. Pase lo que pase… no salgas de aquí, aunque yo te grite. ¿Me oyes?
Yo agarré su chaqueta con fuerza, los ojos llenos de lágrimas, temblando de miedo a que se fuera, a que no volviera.
—No te vayas —le dije, la voz quebrada—. No te quiero perder. No aguanto estar solo otra vez.
Él se giró, me miró a los ojos, y por primera vez, no hubo dudas. Se acercó la cara muy despacio, como si tuviera miedo de asustarme, y me dio un beso suave en los labios. Un beso corto, tierno, que sabía a ramyeon picante y a chocolate, que borró todo el miedo, todos los gemidos, todos los disparos, todo el apocalipsis de un solo golpe. Cuando nos separamos, me acarició la mejilla con el pulgar, y sonrió esa sonrisa pequeña que solo me daba a mí:
—No me voy a ir a ningún lado. Vivo o muerta… me quedo contigo. Espera aquí. Ya vuelvo.