Hoy es el día 37 desde que cayó la niebla gris sobre Seúl. Yo, Park Jiwoo, de 24 años, estudiante de medicina que no alcanzó a graduarse, llevo 37 días encerrado en los andenes abandonados de la estación de metro de Gangnam. Comemos lo que queda en las máquinas expendedoras: ramyeon de kimchi caducado, latas de Bacchus que calientan entre las manos para no congelarse, y 14 frascos de kimchi que encontré en el depósito de una tienda cerrada. Dormimos sobre bancos de plástico frío, con mascarillas KF94 puestas las 24 horas, y escuchamos los gemidos de los infectados allá arriba, en la superficie, que no dejan de sonar ni de día ni de noche.
Sobrevivía solo. Hasta que él llegó.
Era la madrugada del día 37, las 2:14 exactas, cuando escuché pasos pesados tambaleándose por las escaleras mecánicas rotas. Agarré el bate de béisbol que había encontrado en una taquilla abandonada, temblando de pies a cabeza, pensando que era un grupo de infectados que por fin habían encontrado el camino abajo. Pero no era un zombi. Era un chico. Alto, más de 1,85, chaqueta negra de la policía de operaciones especiales rota por la espalda, pantalones llenos de barro y sangre seca, una herida profunda en el costado izquierdo que chorreaba sangre roja fresca —no negra, como la de los muertos—. Se apoyó en la pared, levantó la mirada, y vi sus ojos: oscuros, duros como el acero, pero con un brillo de desesperación que me partió el pecho de solo verlo. Antes de que yo pudiera decir nada, se desplomó de rodillas, y susurró con la voz ronca, casi sin aliento:
—Por favor… no me mates. No estoy infectado. Solo… necesito ayuda.
Se desmayó antes de que yo pudiera contestar.
Me acerqué temblando, con el bate todavía en alto, y le revisé el cuello, las muñecas, la frente: no tenía marcas de mordedura, no tenía las venas negras que salen en los infectados, la fiebre era alta pero normal para una herida abierta. Era Kang Dohyun, decía su placa en el pecho, 28 años, policía. Había sobrevivido 37 días solo por las calles de Gangnam, peleando contra zombis y contra grupos de supervivientes malos que robaban y mataban por una lata de comida. Se había caído por las escaleras huyendo de una horda, y la herida se la había hecho un trozo de hierro oxidado del techo.
Yo era el único que sabía algo de curaciones. Así que rompí mi regla de oro de no dejar entrar a nadie: lo arrastré hasta mi rincón del andén, le quité la chaqueta, le limpié la herida con alcohol que robé de una farmacia, le puse puntos con hilo de pescar que encontré en una tienda de deportes, y me quedé sentado a su lado toda la noche, con el bate en la mano, esperando a que despertara, esperando a que no se convirtiera en uno de ellos.
Cuando amaneció, abrió los ojos. Lo primero que hizo no fue agarrar su arma, no fue gritar, no fue amenazarme. Se sentó muy despacio, miró la herida curada, me miró a mí, que estaba agotado, con ojeras negras, y dijo bajito, con esa voz ronca que me hizo erizar la piel de la espalda:
—¿Te arriesgaste por un extraño? En este mundo… todo el mundo mata por menos.
—En este mundo todavía hay que ser humano, o no vale la pena sobrevivir —le dije yo, bajando la mirada, tímido, como siempre.
Él no dijo nada más. Pero se giró, agarró su mochila, sacó dos latas de atún y una barra de chocolate —lo más valioso que había en el apocalipsis— y me las puso en las manos. Sus dedos rozaron los míos por un segundo, y sentí un calor que no sentía desde antes de la niebla, un calor que no tenía nada que ver con el frío del metro.
—Me llamo Dohyun —dijo, mirándome a los ojos por primera vez, sin dureza ya, solo con una suavidad que no esperaba—. A partir de hoy… no estás solo. Yo te protejo de los de arriba. Tú me curas si me rompo algo. Trato hecho, ¿sí?
Yo asentí con la cabeza, tan fuerte que me dolió el cuello, y sentí que por primera vez en 37 días, no tenía miedo de dormir. Porque ahora, en el infierno de Seúl, tenía a alguien que me cubría la espalda. Alguien que no me iba a dejar solo.
Algo me dijo que ese día, el apocalipsis había dejado de ser solo una condena. Había empezado a ser el lugar donde encontraría a la persona que me salvaría, no de los zombis… sino de la soledad.