Esa noche, nos sentamos en el suelo de mi cuarto chiquito, rodeados de cajas de ramyeon y de mis libros de poesía coreana, y nos contamos todo. Yo le conté lo que su abuela me había dicho, la amenaza con mi mamá, que me había ido para protegerlo, que nunca cobré el cheque, que lo amaba más que a mi propia vida. Él me contó que había renunciado a su cargo de CEO temporalmente, que le había dicho a su abuela que si no me aceptaba, él se iba del imperio, que se quedaba sin nada con tal de estar conmigo, que había pagado todo el tratamiento de mi mamá sin que nadie lo supiera, que me había buscado por todas las estaciones de metro, todos los barrios, todas las cafeterías donde alguna vez habíamos ido juntos.
Al día siguiente, fuimos juntos a ver a la señora Kang So-ja, de la mano, sin miedo. Do-hyun le puso las cartas sobre la mesa: o nos aceptaba como pareja, iguales, sin contratos, sin deudas, sin clases sociales, o él se iba de la empresa para siempre, se iba a vivir a un pueblo chiquito conmigo, y ella podía darle el imperio a quien quisiera. La abuela nos miró a los dos, miró las manos agarradas, miró los ojos de su nieto, que por primera vez en años estaban brillantes de felicidad, no de frío, y suspiró. No dijo que sí de inmediato, pero no dijo que no. Solo nos dijo: “Demuéstrenme que su amor es más fuerte que todo. Si lo logran en un año, los acepto”.
Y lo logramos.
Hoy, dos años después, estamos casados. Nos casamos en una ceremonia chiquita en el templo de Bulguksa, en Gyeongju, con solo mi mamá, la señora Park (que ahora es nuestra mejor amiga y nos cuida como una hija), y unos pocos amigos cercanos. No hubo 500 invitados, no hubo vestido caro, no hubo prensa. Solo nosotros dos, prometiéndonos ante los árboles de cerezo que nunca más nos separaríamos, nunca más nos mentiríamos, nunca más dejaríamos que nadie nos dijera lo que tenemos que hacer por dinero o por apellido.
Do-hyun volvió a ser el CEO de Kang Group, pero ahora es diferente: ya no es el hombre frío que todo el mundo temía. Ahora sonríe en las reuniones, ahora le pregunta a los empleados cómo están sus familias, ahora creó un fondo para ayudar a jóvenes que tienen deudas médicas como la mía, para que nunca más nadie tenga que firmar un contrato que le robe su libertad. Yo terminé mi carrera de literatura, y ahora soy la directora de la editorial que él creó para mí, donde publico libros de poetas jóvenes pobres que no tienen oportunidad de salir adelante.
Ya no hay contratos. Ya no hay deudas. Ya no hay “amo y esclava”. Ahora somos iguales. Ahora nos levantamos juntos todas las mañanas, yo le preparo su café americano a 83 grados, él me deja notas de amor en mi cuaderno de poemas, los domingos vamos a comer jajangmyeon al puesto callejero de Mapo donde yo iba de chica, y todas las noches dormimos abrazados, escuchando el corazón del otro latir al mismo ritmo.
Ayer, estábamos en el balcón de nuestra nueva casa, en las afueras de Seúl, mirando las luces de la ciudad que alguna vez nos separó, y él me abrazó por la cintura, me dio un beso en la nuca, y me dijo riendo bajito:
—¿Te acuerdas cuando te llamaban la esclava del jefe?
Yo me reí, me giré para mirarlo, le acaricié la cicatriz de la muñeca que ya no escondía más, y le dije:
—Sí. Pero al final… fuiste tú el que se convirtió en mi esclavo del corazón. Y no te quiero liberar nunca.
Él me apretó más fuerte contra su pecho, y yo cerré los ojos, escuchando su corazón latir al mismo ritmo que el mío. Sabía que era verdad. Habíamos salido de la niebla del dinero, del poder, de las reglas impuestas por los demás. Habíamos encontrado el uno en el otro lo que nadie más nos había dado: amor verdadero, libre, igual, para siempre.
FIN ✨ FINAL FELIZ