Un viejo estaba sentado frente a una lápida, apoyando su espalda contra ella. Sus débiles extremidades caían con tristeza hacia su lado, junto a su desgastado bastón, mientras decía con una voz lenta y melancólica:
—Catie... no sé si podré seguir sin ti.
Aquel anciano había perdido a su compañero, al amor de toda su vida y a su mejor amigo, de quien nunca imaginó enamorarse. Terminaron casándose y compartiendo una vida llena de pequeños momentos: comiendo, riendo y bailando bajo la luz de la luna.
Pero ellos eran solo mortales.
Envejecieron juntos, contemplando cómo el sol pintaba el cielo al atardecer y observando a los jóvenes que les recordaban a ellos mismos cuando aún disfrutaban de la juventud.
Sin embargo, su amado murió, dejándolo solo en un mundo donde ya no podía ver ni escuchar su sonrisa. Él también era viejo y sabía que pronto partiría, pero habría preferido no soportar la angustia ni el terror de contemplar cómo el amor de su vida exhalaba su último aliento.
Solo había una pregunta que aún permanecía en su corazón:
"Aunque nuestras vidas no hayan sido las mejores, y aunque no pude darte todo lo que merecías... ¿podría estar a tu lado en la otra vida?"
Un poema para mi amado, Catie.