La noche envolvía el bosque con un silencio antiguo. Aiko caminó entre los árboles sosteniendo una pequeña flor roja, la única que florecía cada cien años bajo la luz de la luna.
—Dicen que puede traer de vuelta aquello que más anhelas —susurró.
Al llegar al santuario en ruinas, colocó la flor sobre la piedra y cerró los ojos. Esperó una voz, un milagro, una señal.
Entonces, el viento agitó las hojas y una figura de cabello plateado apareció entre las sombras.
—He tardado demasiado en encontrarte.
Aiko abrió los ojos. La flor se había marchitado, pero, por alguna razón, ya no sentía haber perdido nada.