Hay amores que prometen quedarse para siempre. El suyo solo prometía estar un día más.
Cada amanecer, él dejaba una taza de café junto a la ventana; cada noche, ella la lavaba sin decir una palabra. Nunca hablaron de amor. No hizo falta.
Cuando ella faltó por primera vez, el café se enfrió intacto. Él comprendió entonces que el amor no era el latido acelerado de los comienzos, sino el silencio que duele cuando una costumbre desaparece.
Al día siguiente volvió a preparar dos tazas.
Porque algunas personas se van, pero el amor tarda mucho más en aprender el camino de regreso.