Los disparos chocaban contra la carrocería de un automóvil, haciendo vibrar el metal con un estruendo ensordecedor.
La gente gritaba a lo lejos.
Y yo...
Yo peleaba contra mi mejor amigo.
Disparaba una y otra vez desde el refugio de un muro de concreto, recargando aquella arma que, alguna vez, había servido para salvarle la vida.
Ahora contradecía su propósito.
Cada bala que abandonaba el cañón rogaba por fallar... y, al mismo tiempo, por encontrar su objetivo.
—¿Por qué lo hiciste...? —grité.
Mi voz se quebró.
—Eran inocentes.
Otra bala impactó contra el automóvil.
El metal volvió a rugir.
Me incorporé para responder al ataque hasta que escuché aquella voz.
La misma que antes reía conmigo.
La voz de quien alguna vez caminó a mi lado.
Ahora intentaba matarme.
—¿Y qué importa la razón...? Ya está hecho.
—¡La amabas! —grité.
Mis dedos se aferraron al arma.
—Los amabas a todos... A ella... A nuestros compañeros... Todos teníamos un futur...
—¿Un futuro? —me interrumpió—. ¿Cuál futuro? ¿El de depender de las sobras que nos daban en un restaurante donde nos miraban con desprecio, aun sabiendo que éramos nosotros quienes los protegíamos? ¿Ese futuro?
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mi rostro.
Los recuerdos regresaban como heridas abiertas.
Tan reales que, por un instante, casi dejé caer el arma.
—¿El futuro en el que nunca sabíamos si habría un mañana? ¿En el que cada paso significaba abandonar nuestros propios sueños para cumplir los deseos de otros?
—¡Cállate!
Mi voz se rompió.
—¡No sabes nada! Ellos... ellos... ¿Qué importábamos nosotros? ¿No se supone que así funciona? ¿Una vida por miles?
—¿A cambio de la nuestra?
El silencio cayó entre ambos.
Incluso el ruido de la ciudad pareció desaparecer.
Bajé la mirada hacia mis manos.
Estaban cubiertas de sangre.
Y recordé la sonrisa de aquella niña...
La misma que minutos después yacía inmóvil sobre el suelo.
—Nosotros nunca pedimos esto... Y aun así cargábamos el peso del mundo sobre nuestros hombros.
—Era necesa...
—¡Éramos niños! —lo interrumpí—. ¡Niños que no le debían nada a este maldito mundo!
Mi respiración temblaba.
Las lágrimas caían sobre mi ropa desgastada.
—Y aun así... lo hacíamos juntos.
Recordé las ventanas iluminadas de aquellas casas.
Las risas de las familias mientras nosotros caminábamos bajo la lluvia, sin un hogar al que regresar.
Aun así...
Éramos felices.
—Las risas de Max y Leti... Las veces que Lucas nos regañaba por no limpiar... Tú y yo jugando con aquellos carros viejos...
Esos eran los momentos en los que de verdad sonreíamos.
¿Por qué no pudimos seguir así?
Llevé una mano a mi abdomen.
La sangre seguía escurriendo entre mis dedos.
Mi visión comenzaba a desvanecerse.
Levanté la vista.
Frente a mí estaba el rostro que había visto reír y llorar durante toda mi vida.
Él levantó lentamente su arma.
El frío del cañón descansó sobre mi frente.
Su voz apenas fue un susurro.
—...Porque yo nunca pertenecía ahí.
Lo observé en silencio.
A pesar de todo...
Seguía viendo al niño que jugaba conmigo entre aquellas paredes viejas.
—...Alguna vez... —pregunté con la voz rota—. ¿Sonreíste de verdad?
Sus labios comenzaron a moverse.
No.
No quería escuchar la respuesta.
No quería que un "sí" destruyera todo aquello por lo que seguía luchando.
Ni que un "no" convirtiera nuestra infancia en una mentira.
Apreté el gatillo.
El disparo rompió el silencio.
Su cuerpo cayó lentamente sobre el pavimento.
Durante unos segundos, el mundo dejó de existir.
El arma resbaló de entre mis dedos.
Alcé la mirada hacia el cielo gris.
Y, con una sonrisa tan cansada como triste, murmuré:
—En esta vida... tal vez no...
»Pero en la otra...