Corro. Corro lo más rápido que puedo, pero siento que todo avanza más rápido que yo. Aunque dé zancadas largas, nunca logro alcanzar esa meta.
Siento que todos me dejan atrás. Veo cómo me rebasan una y otra vez. Tengo tanto miedo que, cada vez que lo pienso, no puedo evitar preguntarme si lo estoy haciendo mal, si este es el camino correcto, si los demás lo hacen mejor, o si me están mirando y juzgando. Siento el peso de sus miradas, de sus expectativas... tan lejos de donde yo creo que podré llegar.
Y me pregunto...
¿De verdad soy lo que dicen?
¿De verdad lo lograré?
¿Podré, al menos, llegar a donde quiero estar?
Entonces me detengo.
Solo un momento.
Los demás siguen corriendo a toda velocidad. Yo, en cambio, permanezco quieto, observando cómo se alejan. Y vuelvo a preguntarme...
¿Algún día los alcanzaré?
O tal vez...
¿Necesito ir a mi propio ritmo?
Sin prisas. Sin una voz que me diga que no puedo. Sin dudas.
Pero mientras pienso, los demás siguen avanzando, y yo permanezco inmóvil, sin saber por dónde empezar.
Quiero ser bueno en todo, para que nadie vuelva a decirme que no puedo.
Pero, al intentar hacerlo todo, no avanzo en nada.
Y al final...
Me quedo sentado a un lado del camino, viendo a los demás pasar.