Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.
Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión
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capitulo 9
La boutique Maison Blanche era un templo de seda y minimalismo, un espacio de techos altos y espejos infinitos que, esa tarde, estaba reservado exclusivamente para Madelyn. El aire olía a gardenias frescas y almidón. Madelyn estaba de pie sobre un pedestal circular, rodeada por tres costureras que ajustaban con alfileres los metros de encaje francés de su vestido de novia.
El vestido era una obra de arte: ceñido al cuerpo, con mangas largas de encaje que subían hasta el cuello y una espalda descubierta que terminaba en una hilera de botones de perla. Pero para Madelyn, el peso de la tela se sentía como una armadura de plata. Se miraba en el espejo y no veía a una novia; veía a un general preparándose para la infiltración final.
—Un poco más ajustado en la cintura, por favor —dijo Madelyn, manteniendo la respiración.
En el reflejo, vio a Elías apostado junto a la entrada de cristal. Dos hombres más de Alan patrullaban la acera exterior. La vigilancia era impecable, rítmica, casi aburrida. Hasta que el silencio del taller fue desgarrado por el chirrido de unos neumáticos sobre el asfalto.
Madelyn vio el movimiento antes de escucharlo. Una furgoneta negra se detuvo en seco frente a la boutique. Elías reaccionó al instante, desenfundando su arma, pero no fue lo suficientemente rápido para detener la primera ráfaga de disparos que hizo añicos el escaparate principal.
El estallido del cristal fue ensordecedor. Las costureras gritaron, lanzándose al suelo entre telas blancas y esquirlas brillantes. Madelyn saltó del pedestal con una agilidad que el vestido intentó sabotear. El encaje se rasgó cuando ella rodó por el suelo, buscando refugio tras una columna de mármol.
—¡Abajo! ¡Quédense abajo! —rugió Elías, devolviendo el fuego mientras se cubría tras un mostrador.
Dos hombres vestidos de negro irrumpieron por el hueco del escaparate. No eran simples sicarios; se movían con la disciplina táctica de los mercenarios europeos de los Ivanov. Madelyn sintió una esquirla de cristal rozarle la mejilla, dejando un rastro de calor y sangre que goteó sobre el blanco inmaculado de su escote. La ironía no se le escapó: su "Sangre y Terciopelo" se estaba haciendo realidad antes de tiempo.
Madelyn estiró la mano hacia su muslo, pero recordó con una maldición que el vestido no permitía una funda de arma. Estaba desarmada. La vulnerabilidad la golpeó como una bofetada, despertando un instinto de supervivencia primario.
A diez manzanas de allí, Alan estaba en medio de una videoconferencia cuando el sistema de alerta de su teléfono emitió un sonido agudo y persistente. El monitor de signos vitales y ubicación de Madelyn —un rastreador que él había ocultado en el forro de su bolso y que ella no había detectado— mostraba una anomalía de frecuencia cardíaca y el aviso de "incidente violento".
Alan no dijo una palabra. Se levantó de la mesa, dejando a los directores de Londres hablando al vacío. Su rostro no mostraba miedo, sino una transformación aterradora. La máscara de cristal del hombre de negocios se rompió para revelar al heredero de un imperio de sombras.
—Prepara el coche. Ahora —dijo por el comunicador mientras bajaba hacia el estacionamiento—. Si algo le pasa, asegúrate de que no quede un solo rastro del apellido Ivanov en este continente.
El trayecto fue un borrón de velocidad y chirridos de neumáticos. Alan conducía él mismo, con las manos apretando el volante de cuero hasta que sus nudillos perdieron todo color. Por primera vez en su vida, el orden no importaba. La lógica de la fusión comercial se había evaporado, dejando solo una posesividad visceral que lo quemaba por dentro. Ella era suya. Su rival, su enemiga, su futura esposa... pero sobre todo, su propiedad. Y nadie tocaba lo que pertenecía a Alan Valerius.
Cuando Alan llegó a Maison Blanche, la calle era un caos de sirenas lejanas y humo. Elías estaba de rodillas en la acera, presionando una herida en su hombro, mientras los refuerzos de Valerius aseguraban el perímetro.
Alan bajó del coche antes de que este se detuviera por completo. Su traje de tres piezas estaba impecable, pero sus ojos eran dos pozos de furia pura. Entró en la boutique pisando sobre los cristales rotos, con un arma en la mano que manejaba con una familiaridad letal.
—¡Madelyn! —su voz no fue un grito, sino una orden que exigía una respuesta del universo.
La vio salir de detrás de la columna. El vestido de novia estaba arruinado: la seda blanca estaba manchada de sangre y hollín, el encaje desgarrado en el hombro. Ella estaba pálida, pero sus ojos estaban encendidos por la rabia.
Alan llegó hasta ella en tres zancadas. No se detuvo a preguntar si estaba bien; la agarró por los hombros y la atrajo hacia su pecho con una fuerza que le quitó el aliento. Fue un gesto protector, pero también posesivo, casi violento. Sus manos recorrieron los brazos de ella, buscando heridas, su respiración agitada golpeando la frente de Madelyn.
—Mírame —ordenó Alan, su voz temblando por la furia contenida—. ¿Quién ha sido?
—Eran tres —respondió ella, intentando recuperar su compostura, aunque el contacto de Alan la descolocaba—. Elías abatió a uno. Los otros huyeron cuando oyeron tus refuerzos.
Alan vio la pequeña herida en la mejilla de Madelyn. Extendió el pulgar y limpió la gota de sangre con un toque que pasó de la rudeza a una ternura retorcida en un segundo. Luego, miró el vestido destrozado.
—Han intentado marcarte —siseó Alan, volviéndose hacia sus hombres con una mirada que prometía el infierno—. Quiero a los que huyeron. Los quiero vivos. Quiero que entiendan lo que sucede cuando se interrumpe un trato de los Valerius.
—Alan, estoy bien —dijo Madelyn, intentando soltarse de su agarre. La intensidad de él la asfixiaba más que el ataque—. No necesito que te conviertas en mi guardián.
Alan la giró de nuevo hacia él, apretando el agarre en su cintura. La pegó a su cuerpo, ignorando a los guardias y a las costureras que sollozaban en el suelo.
—No eres libre de estar "bien" o "mal" por tu cuenta, Madelyn —le dijo al oído, y su voz era una promesa de hierro—. Cada gota de sangre que has dejado en este suelo es una afrenta directa a mi honor. Crees que este matrimonio es solo un papel, pero desde hoy, tu seguridad es mi única obsesión. Si alguien vuelve a ponerte un dedo encima, quemaré esta ciudad con ellos dentro. ¿Te queda claro?
Madelyn sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de un reconocimiento oscuro. Alan no estaba actuando por deber político. Lo que veía en sus ojos era la furia de un hombre al que le han intentado robar su posesión más preciada. Y, por un instante, la barrera de odio de Madelyn flaqueó ante la cruda realidad de esa protección absoluta.
—Me queda claro que eres un maníaco del control —respondió ella, aunque no volvió a intentar soltarse—. Pero ellos no venían a matarme, Alan. Venían a enviarte un mensaje. Querían demostrarte que tu cristal no es tan resistente como crees.
—Entonces les responderé con fuego —sentenció él.
Alan se quitó su chaqueta de traje y la colocó sobre los hombros de Madelyn, cubriendo la seda rasgada y la piel expuesta. El peso de la prenda y el calor de Alan la envolvieron. Él la condujo hacia el coche, protegiéndola con su propio cuerpo de cualquier ángulo posible de tiro, como si fuera el tesoro más frágil y letal de su colección.
Mientras el coche se alejaba del lugar del atentado, el silencio entre ellos era tenso, vibrante. Madelyn se miró en el espejo retrovisor: la sangre en su mejilla, la chaqueta de Alan sobre su vestido de novia destrozado. La guerra ya no estaba en las sombras; había llegado a su puerta.
Alan no soltó la mano de Madelyn en todo el trayecto. Sus dedos estaban entrelazados con tal fuerza que le dolía, pero ella no se quejó. Sabía que, tras ese ataque, Alan ya no la vigilaría por protocolo, sino por una necesidad posesiva que rozaba la locura. Y mientras ella planeaba cómo usar esa obsesión para su propia venganza, se dio cuenta de que el juego de ajedrez acababa de convertirse en una guerra de trincheras, donde el beso que sabía a traición estaba cada vez más cerca de ser el único refugio posible.
El imperio financiero y el imperio de la sangre acababan de recibir su bautismo de fuego. Y Alan Valerius acababa de demostrar que, por Madelyn Moral, estaba dispuesto a romper todas sus reglas de orden para imponer la ley del caos.