La perdida de un ser amado es difícil de superar; pero al final siempre llega una pequeña luz que comienza a iluminar nuestras vidas hasta cambiarlo todo.
NovelToon tiene autorización de Luna stars para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Una casa con olor a galletas.
El cielo estaba teñido de naranja cuando Amelie junto a Violet salieron de la oficina. Emiliano se había quedado un poco más, resolviendo algunos temas con Mateo, situación que Amelie aprovechó para charlar un poco más con ella, como si la conociera de toda la vida. Lo que Violet ignoraba era que esa niña de apariencia tan dulce iba a idear constantemente una manera de acercarse a ella cada vez que la viera.
— ¿Tienes algo que hacer esta tarde? — Preguntó con una inocencia fingida que no engañaba a nadie.
— Trabajo, y trato de evitar encuentros innecesarios. — Respondió Violet sin mirarla mientras continuaban caminando.
— ¿Entonces podrías venir a merendar a mi casa?
Violet giró su rostro y la miró por primera vez con un profundo desconcierto. ¿Cómo era posible que una niña tan pequeña fuera tan hábil para salirse con la suya?
— ¿Eso fue una trampa? — Preguntó admirada por su habilidad.
— Sí. — Admitió Amelie. — Pero con buenas intenciones.
Violet se detuvo y la observó con atención. Una pequeña entrometida era lo último que necesitaba en ese momento. Pero, al parecer, esa buscaría la manera de salirse con la suya.
— Lo siento. Pero no acostumbro a hacer visitas sociales. Mucho menos con… niños.
— Yo tampoco suelo invitar a mi casa a personas con cara de tormenta. Pero te elegí igual.
La respuesta desconcertó a Violet momentáneamente. Las palabras de la niña la hicieron fruncir el ceño y estuvo a punto de negarse, de decir que aquello no era para ella, que no le interesaba, que tenía otros asuntos pendientes. Sin embargo, la niña ya había continuado con su marcha, tarareando una melodía, con la certeza de que Violet la seguiría. Y Violet, yendo en contra de todo sentido común, terminó siguiendo sus pasos.
Media hora después, ambas llegaron a la casa de Emiliano. Aunque a Violet le sorprendió que esta no fuera ostentosa, siendo él un gran empresario; sin embargo, lo que más llamó su atención, era que tenía olor a hogar, el lugar emanaba una calidez que Violet no recordaba haber experimentado en mucho tiempo. No se trataba de la temperatura, sino de la armonía en cada detalle; una manta doblada sobre el sillón, una estantería abarrotada de libros leídos, dibujos infantiles sujetos con pinzas de madera y un inconfundible aroma a galletas recién horneadas.
Violet se quedó de pie junto a la entrada, incómoda, como si sus tacones no pudieran pisar tierra firme.
— ¿Galletas o bizcocho? — Preguntó Amelie al llegar a la cocina. — ¡Ah! Y esta mañana hice limonada de verdad. Con limones de los de verdad, no de caja.
— No estoy aquí para… — Empezó Violet.
— Ya lo sé. — Interrumpió Amelie. — Pero ya estás aquí, así que puedes elegir.
Violet dejó escapar un suspiro. Se quitó el blazer con calma, pero ese gesto parecía como si se estuviera despojando de una armadura, y finalmente aceptó una galleta que le estaba ofreciendo Amelie. Al no tener nada más que hacer, se sentó. Era la primera vez en años que se permitía sentarse sin tener una agenda en la mano.
Poco tiempo después, Emiliano apareció en el umbral de la puerta. Este se mostró sorprendido al ver a Violet allí, sentada en su mesa, sosteniendo una taza con los dedos junto a una expresión relajada o, al menos, mucho menos tensa que la que siempre tenía.
— ¿Le ofreciste nuestras galletas estrella? — Preguntó Emiliano a Amelie.
— Claro, le di la del corazón roto. Como es la más fuerte, pensé que la entendería.
Violeta casi se ahogó al escucharlo, pero optó por el silencio. La llegada de Emiliano la había tomado por sorpresa, causándole una ligera incomodidad, pero no de la mala. Esto era una clara señal de que, sin proponérselo, Violet ya estaba empezando a ceder.
— ¿Y cómo es que la convenciste de venir? — Preguntó él nuevamente mientras se sentaba a su lado.
— No la convencí. — Explicó Amelie mientras servía limonada a su padre. — Solo no le di permiso de decir que no en voz alta.
Emiliano sonrió maravillado por esa sabiduría pura que su hija tenía. Amelie tenía una manera especial de hacer que las personas hicieran lo que ella quería sin darse cuenta.
— ¿Y te sientes cómoda, Violet? — Preguntó Emiliano observándola detenidamente.
— No lo sé. — Respondió con honestidad. — Creo que podría decir que sí.
Un poco después Amelie se fue a su cuarto a buscar un cuento para leerle a Nube, junto a su peluche de siempre. Emiliano y Violet quedaron solos por unos instantes.
Emiliano la observaba con gran atención. Sus gestos eran elegantes, pero ahora estaba viendo algo nuevo en ella.
— ¿Te cuesta recibir cariño? — Preguntó él sin rodeos.
— No. Solo me cuesta creer que alguien lo ofrezca sin condiciones. — Respondió ella con tranquilidad.
— Amelie no sabe poner condiciones. Solo ofrece lo que le nace, y tú no la espantaste, eso ya es decir mucho.
Violet lo observó sosteniendo la mirada. Y esta vez no lo esquivó, respondiendo en voz baja.
— No me acostumbro a que me miren como si no fuera un problema.
Emiliano se mantuvo en silencio. Era evidente que Violet cargaba con un pasado doloroso, y lo más probable era que, al igual que ellos, también había sufrido la pérdida de seres queridos. Sin embargo, Amelie ya lo había notado y, aparentemente, no tenía intención de dejarla en paz.
Esa noche, al llegar a su apartamento, Violet se quitó los zapatos en la entrada. Sobre la encimera, dejó la galleta de corazón sin terminar. Tras un momento de vacilación, la partió con cuidado y comió la mitad. Era un acto que no comprendía, pero lo hizo.
Quizás lo hizo porque por primera vez, algo comenzaba a doler menos. Aunque Violet no lo sabía, Amelie ya le había reservado un espacio en su vida, un lugar al que ella se resistía a entrar, pero al que, poco a poco, ya no podía evitar querer regresar.
A partir de aquella improvisada merienda en casa, Amelie no volvió a mencionar a Violet directamente. No preguntó si regresaría ni mostró el menor interés en volver a verla. Sin embargo, Emiliano percibió un sutil cambio; cada vez que su hija iba a la empresa, ingresaba a la oficina de Violet y salía casi al instante. Lo que él no sabía, era que ella siempre dejaba pequeños obsequios silenciosos, todos destinados a ella.
— ¿Esto es para ella? — Le preguntó Emiliano una mañana, al encontrar una nota doblada con un dibujo en forma de mariposa.
— Ah… — Respondió ella, con su sonrisa de medio lado. — Es para que no se olvide que alguien cree que puede volar.
Pero no era la primera vez que lo hacía. El primer acercamiento fue un sobre en el cual había guardado un dibujo; una mujer con traje, una espada en una mano, y en la otra llevaba un paraguas abierto cubriendo a una niña con trenzas. Debajo, con su caligrafía torcida, Amelie había dejado una nota.
“Las heroínas no siempre llevan capa. A veces usan zapatos altos y cara de ‘déjame en paz’.”
Emiliano dejó la carta sobre la mesa de reuniones, justo en el lugar donde Violet se sentaría más tarde. Cuando ella la vio, su reacción fue mínima, alzó una ceja, dobló el papel con una lentitud milimétrica y lo guardó en su bolso. No dijo nada, pero tampoco lo tiró.
El segundo acercamiento fue un pequeño frasco de vidrio decorado con estrellas de papel pegadas con cinta. Dentro, pequeños papelitos doblados con frases escritas por Amelie.
“Hoy me reí con mi amiga porque estornudó y sonó como un pato.”
“Vi una nube con forma de gato.”
“Pensé que la gente como tú no podía sonreír, pero creo que solo están muy escondidas.”
“Si algún día lloras, puedes usar esto como bote imaginario.”
Violet encontró el frasco en su escritorio. No lo abrió de inmediato, pero al día siguiente, uno de los papelitos estaba afuera. Otro, el siguiente día. Hasta que un viernes, sin darse cuenta, ya había leído todos.