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Latidos Prestados

Latidos Prestados

Status: En proceso
Popularitas:971
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.

NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

UN DÍA ANTES DEL ADIÓS.

—¿Di…vorcio? —susurró apenas Cora.

La palabra resonó en su mente como un eco cruel, interminable. Golpeaba una y otra vez contra su pecho.

—Así es. Ya está decidido. —sentenció Lauro.

Cora no respondió. No podía. Sentía la garganta cerrada, seca.

Sus ojos no lo miraban. Estaban clavados en un punto invisible entre ambos. Inmóviles.

—Por favor no finjas que te sorprende. —continuó él, con la voz algo más baja, cansada—. En verdad creo que me tardé demasiado.

Pero ella seguía sin reaccionar.

Lauro se cruzó de brazos. Esperaba algo. Un grito, una cachetada, una súplica. Algo del fuego que le mostraba todos los días cada vez que lo miraba a la cara.

Pero nada. Ni un gritó. Ni una palabra.

—Supongo que no estás de acuerdo, y lo entiendo. Así que vas a querer alargarlo, sobre todo por lo que dijiste, ¿no? Eso de arrastrarme contigo al infierno. —dijo con sarcasmo, aunque en el fondo solo dolía—. Pero esto ya no doy para más. Hoy es mi última noche aquí. Mañana iré a la empresa a renunciarle a tu padre. No voy a pelear nada. No me interesa. Ya tienen mi firma… por si quieres cambiar de opinión y no llevar esto al juzgado.

Silencio.

Cora no parpadeaba. No respiraba siquiera. Solo lo miraba, o tal vez lo atravesaba.

Lauro la rodeo rumbo a las escaleras, dispuesto a subir y cerrar esa etapa de su vida. Un paso más… dos… y entonces:

—Lauro.

Su voz fue un murmullo apenas audible, pero bastó para que él se detuviera en seco. Cerró los ojos. Maldita sea. Ahí estaba. El momento que temía. Listo para que le gritaran en la cara. Giró lentamente, esperando cualquier cosa… menos lo que escuchó a continuación.

—Seis meses.

Él frunció el ceño, confundido.

—¿Seis meses qué?

Ella se giró bajó la mirada un instante, tragó saliva, y volvió a mirarlo.

—Dame seis meses más de tu tiempo.

Lauro parpadeó. Pensó que no había escuchado bien. Se rió, sin gracia.

—¿Estás bromeando? —preguntó con incredulidad.

El iba a darse la vuelta nuevamente.

Pero cuando ella se acercó y lo tomó del brazo, se le heló la sangre. Ella Llevaba tanto tiempo sin siquiera tocarlo que el contacto le pareció un recuerdo ajeno.

Miró su mano. Luego su rostro. Y lo que vio ahí lo hizo tragar saliva.

No había rabia. No había manipulación. Solo dolor. Desesperación.

—Por favor, Lauro. Seis meses. Nada más.

Él se soltó con suavidad. Negó con la cabeza.

—Si quieres alargar esto, llévalo a juicio. Pero no me pidas quedarme. No quiero seguir lastimándonos.

—No quiero pelear. No esta vez. Quiero estar bien contigo. Solo un poco más de tiempo.

—¿Para qué, Cora? — preguntó cansado. — ¿Para repetir lo mismo? ¿Para terminar peor? Tú no has podido perdonarme, y yo tampoco he podido perdonarme a mí mismo. Esto ya no tiene vuelta atrás.

—Será diferente. Te lo juro.

—No va a funcionar.

—Entonces… dos meses. O uno. No me importa cuánto, solo… solo dame la oportunidad de llevarme algo bueno de ti. De nosotros.

Lauro dudó, pero se sacudió la idea.

—Lo siento. Es mejor así.

—Una semana, Lauro. Una. Para que, cuando todo termine, al menos recordemos un día sin gritos. O tal vez un día con amor. Aunque sea fingido.

Él tragó saliva. La amaba. Dios, cuánto la amaba. Pero no podía permitirse caer otra vez. El corazón ya lo tenía hecho polvo.

Pero como si la razon no fuese suficiente cedió.

—¿Un día?

—Mañana. Haremos como que es nuestro aniversario. Podemos fingir que somos felices. Desayunar tranquilos, llegar juntos al trabajo, tomarnos de la mano, sonreír. Comernos el mundo como antes. Solo por un día. Y pasado mañana te firmo, sin discutir.

Lauro la miró largo rato. Tenía el ceño fruncido, los ojos rojos por dentro. Dudaba. Dios, cómo dudaba.

—Si esto es una estrategia, una trampa…

—No lo es. Pero si vas a irte, si vas a dejarme, creo que merezco un último recuerdo donde no te odie. Donde no me odies.

Y ahí, sin saberlo, lo había vencido.Por que el no la odiaba, nunca.

—Está bien. Un día. Pero si tú no te esfuerzas, si haces lo mismo de siempre, te juro que me voy antes de que termine la tarde.

—No lo haré. Me esforzaré. Y tu debes hacerlo tambien, quiero ver al Lauro que conoci.

Él suspiró y se giró para subir. Tomó los papeles del divorcio de la mesa y los apretó contra el pecho.

—Me voy a dormir.

Cora no lo detuvo. Solo lo siguió con la mirada, sin llorar, sin moverse.

Cuando él desapareció en las escaleras, soltó el aire que no sabía que contenía.

Se dejó caer sobre el sillón. Temblaba.

No iba a decirle la verdad. No quería que se quedara por lástima. Tarde lo entendió, demasiado tarde. Pero al menos… al menos le quedaba ese último día para volver a amarlo como la primera vez.

Lo recordó.

Recordó el primer beso, torpe y perfecto.

La primera vez que Lauro le dijo que no le tenía miedo a su carácter, sino al día en que ella dejara de luchar por el.

El matrimonio era un barco con fugas por todas partes, y los dos seguían achicando agua sin saber por qué aún no se rendían.

Hasta hoy.

Un día. Solo uno.

Le había pedido un día, como quien le ruega al universo una última puesta de sol antes del apagón.

Se preguntó si había dejado de lado la dignidad, pero en este punto, no le dio tanta importancia.

Porque ella sabía que no podía salvarlo, que no podía hacer que Lauro volviera a amarla como antes… Pero sí podía despedirse desde el amor. No desde el odio.

Y eso, aunque nadie lo entendiera, era lo único que aún podía regalarle.

Se levantó despacio. Caminó hasta la cocina. Su taza para café estaba sobre la barra de la cocina. La tocó con la yema de los dedos. La taza era vieja pero siempre oren fue la taza favorita de Lauro.

Esto la transporto directo al pasado.

La cafetería estaba casi vacía, y aun así, Cora no podía evitar sentirse nerviosa.

Tenía la mirada perdida en el fondo de su taza, con los dedos jugando en círculos sobre ella , como si el café pudiera decirle qué hacer. Lo sentía… ese brillo en los ojos de Lauro, esa forma de mirarla, como si fuese lo más bonito que había visto en la vida.

Habían estado conversando de cosas aparentemente banales —películas, música, sabores favoritos— pero cada palabra compartida le parecía un secreto, algo íntimo. Lauro incluso le confesó su taza favorita.

—Cuando tomas café en esa taza —dijo, con esa sonrisa suya que parecía esculpida para ella—, no hay nada que salga mal.

Ella sonrió, sintiendo un calor muy distinto al del café en el pecho.

—Creo que ya es algo tarde —añadió él, con ese tono que intentaba sonar casual pero escondía un dejo de preocupación—. Debería acompañarte a tu casa.

—Puedo irme sola, no te preocupes —respondió ella, casi por reflejo.

Y no mentía. Podía hacerlo. Bastaba con una llamada y alguno de los empleados de su familia llegaría en minutos. Pero Lauro negó con la cabeza, firme.

—Ya es de noche, y por ningún motivo te dejaré ir sola… aunque vivas del otro lado de la ciudad.

Y vivía lejos. Pero su terquedad le enterneció. Así que aceptó.

Subieron al autobús y, para Cora, fue toda una experiencia. Era su primera vez en uno, y no paraba de mirar todo con fascinación. El timbre, los anuncios, los pasamanos. Incluso preguntó si las monedas iban en esa ranura “de verdad” o si era opcional.

Lauro la miraba raro, divertido, pero no dijo nada. Sólo sonreía.

—¿Y tú? —preguntó ella al cabo de un rato, mientras el camión se sacudía bajo sus pies—. ¿Alguna vez te han roto el corazón?

Él se rio por lo bajo.

—Nunca he tenido novia, la verdad.

—¿Qué? —Cora lo miró con los ojos entrecerrados—. No te creo. ¿Nunca?

—No oficialmente —aclaró él—. Hubo una chica que me gustaba. Linda, simpática. Empezamos a platicar. Pero una vez, me invito a una fiesta, y cuando lo hice… cuando fui, me ignoró por completo. Creo que quería verse bien con otro chico. Me acerqué y le pregunté por qué me había invitado si me iba a tratar así, y me dijo que nunca saldría con alguien como yo… que cómo se me ocurría siquiera pensarlo. Enfrente de todos.

Cora se quedó callada, sorprendida.

—Eso es horrible.

—No dolió tanto —dijo él, encogiéndose de hombros—. Solo me decepcionó ver que hay gente tan superficial. Y desde entonces, evito… bueno, digamos que no pretendería a alguien de clase alta. No es que me den urticaria, pero ese día, nadie dijo nada, nadie se sorprendió por cómo me trató. Supongo que todos pensaban igual.

—No todas las personas son así —murmuró ella.

—Lo sé. Pero tampoco volvería a intentarlo con alguien así. Me cansé de fingir que encajaba.

Cora sintió un nudo en el estómago. Iban directo hacia su zona residencial, una de las más exclusivas de la ciudad. Y no quería que eso arruinara lo que apenas comenzaba. No podía revelarle su estatus. No todavía.

—Sabes… —dijo, titubeando—. Me equivoqué. No vivo por aquí.

Lauro frunció el ceño.

—¿No?

—Quiero decir… sí, pero no. Es que… quería pasar más tiempo contigo —improvisó, mientras con el pulgar enviaba un mensaje apresurado a su amiga. “Abre. Estoy afuera. Urgente. Te explico luego.”

Él sonrió, desconcertado pero halagado.

—¿Siempre dices mentiras así de bonitas?

—Solo cuando valen la pena —contestó ella, con una sonrisa nerviosa.

Siguieron caminando por calles tranquilas. La noche estaba templada, y el silencio entre ellos se sentía cómodo.

Cora lo miró de reojo. Tenía el cabello oscuro ligeramente alborotado por el pequeño aire que corría, las manos en los bolsillos del pantalón, y una expresión tranquila que a ella le parecía preciosa. Su cuerpo era atletico, ya el le comentó el la cafetería que practica artes marciales mixtas. ¿Cómo podía ese chico nunca haber tenido una novia?

—¿Entonces… así caminas con todas las chicas que llevas a casa?

—Es la primera vez que llevo a alguien hasta su… ¿no casa? —bromeó él.

Ella rió.

—Shh. Detalles.

Llegaron a la puerta de la casa de su amiga. Cora se giró hacia él.

—Mi cumpleaños es la próxima semana. Haré una pequeña fiesta. ¿Vendrías?

—Claro. No me la perdería por nada.

Se quedaron en silencio, a un paso de la despedida. Él se acercó, le dio un beso en la mejilla, con delicadeza, como si no supiera si podía más.

—¿Siempre eres tan respetuoso? —preguntó ella, levantando la mirada.

—Trato de serlo —respondió él con timidez.

Ella se mordió el labio. Había algo en su forma de mirarla que la empujaba, la impulsaba… y, no quiso contenerse. Sabía qie el no iba a besarla pero no por que no quisiera, si no por que era demasiado repetuso todo su lenguaje corporal emanaba eso.

Se acercó despacio, bajó un poco la mirada antes de atreverse. Sus labios ya se conocían, pero había algo en este momento —en la noche, en el silencio, en la confesión que aún le pesaba a él— que lo volvía distinto.

Cora rozó sus labios contra los de él primero, apenas un toque suave, como una pregunta sin palabras. Y él respondió. La besó con dulzura, con una calidez que le llenó el pecho de una ternura tibia. No había prisa, ni nervios. Solo la sensación de que por fin se encontraban en el mismo lugar.

Sus labios se buscaron con más certeza, con más ganas, pero sin perder la suavidad. Era un beso que no necesitaba fuego para quemar. Uno que hablaba de confianza, de complicidad. Uno que decía: te veo.

Al separarse, ella le susurró:

—No seas tan respetuoso conmigo, Lauro.

Él la miró, un poco aturdido, un poco sonriente, con las mejillas apenas enrojecidas.

—Okey —susurró también él.

—Nos vemos en la fiesta.

—Ahí estaré.

Y cuando él se marchó, Cora esperó a que diera la vuelta a la esquina antes de sacar el teléfono.

—Ya estoy afuera. Ábreme —le dijo a su amiga por llamada—. Y prepárate para que te cuente el mejor beso de mi vida.

Su mente volvio al presente.

Y pensó en todo lo que no le dijo. En todo lo que se tragó. En las veces que eligió el orgullo sobre la ternura.

En lo tarde que se había dado cuenta de que estaba perdiéndo. Perdiendo a quien mas ama. Pero no sólo a el, si no a sí misma. Y la versión de ambos que alguna vez supieron ser.

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