Hace seis años, Tania era la esposa perfecta: dulce, paciente y profundamente enamorada. Sin embargo, en el nido de víboras que es la familia Durantt, su bondad fue tomada por debilidad. Manipulada por su suegra y víctima de una elaborada trampa orquestada por el primer amor de Nicolás, Tania fue acusada de una traición que jamás cometió. Nicolás, cegado por su arrogancia y posesividad, le entregó los papeles del divorcio y la expulsó de su vida sin darle el beneficio de la duda.
Hoy, la mujer que regresa no guarda rastro de aquella chica sumisa. Tania vuelve como una empresaria de éxito, con una mirada gélida y una fuerza física y mental capaz de derribar imperios. Su único objetivo es proteger el legado de su hijo, Nico, el heredero secreto que Nicolás nunca supo que existía. Cuando sus mundos vuelven a colisionar, Nicolás descubre que la "fiera" que él mismo despertó no está dispuesta a perdonar fácilmente, y que recuperar su amor será la batalla más difícil de su vida
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capitulo 8
El aire entre ellos vibraba con una tensión estática, de esa que precede a los desastres naturales. Nicolás dio un paso más, invadiendo el espacio personal de Tania con la misma prepotencia con la que solía adueñarse de las juntas directivas. Su altura y su presencia física siempre habían sido sus armas para intimidar, y en ese momento, su rostro era una tormenta de incredulidad y posesividad mal herida.
—¿Pintoresca? —repitió Nicolás, con la voz cargada de un veneno que apenas podía contener—. No juegues conmigo, Tania. Te di una orden hace seis años. Te advertí que no quería volver a ver tu cara en esta ciudad. ¿De dónde sacaste este disfraz? ¿Quién te está pagando esta farsa?
Nicolás buscó en los ojos de ella ese destello de miedo que conocía tan bien, esa chispa de sumisión que siempre terminaba cediendo ante su voluntad. Pero se encontró con un muro de hielo.
Tania sostuvo la copa de champaña con una mano firme, sus dedos adornados con rubíes brillando bajo la luz de los candelabros. Lo miró de arriba abajo, deteniéndose apenas un segundo en su rostro, como quien intenta recordar el nombre de un mozo que le dio un mal servicio hace una década. Luego, soltó una risa pequeña, cristalina y carente de cualquier calor humano.
—Disculpe, caballero —dijo ella, con una voz de seda que recorrió el salón, asegurándose de que los socios que los rodeaban escucharan cada sílaba—. ¿Nos conocemos?
Nicolás se quedó lívido. Sus facciones se tensaron tanto que un pequeño tic apareció en su mandíbula. El silencio de los espectadores, entre ellos los directivos de las principales navieras del país, se volvió sepulcral.
—No seas ridícula —siseó él, bajando el tono, pero con los ojos inyectados en sangre—. Soy tu marido. Soy el hombre que te dio todo y que te lo quitó. No intentes este juego de amnesia conmigo frente a mis invitados.
Tania arqueó una ceja, un gesto de absoluta indiferencia que le dolió a Nicolás más que un golpe físico. Giró levemente el cuerpo para dirigirse al grupo de empresarios que observaba la escena con una mezcla de morbo y confusión.
—Señores —dijo Tania, ignorando la presencia de Nicolás como si fuera un mueble estorboso—, ¿es este el tipo de comportamiento que se estila en sus recepciones? No sabía que los Durantt permitían que desconocidos interrumpieran conversaciones de negocios con delirios de familiaridad.
—¡Tania! —rugió Nicolás, dando un paso agresivo hacia ella.
De inmediato, dos hombres corpulentos en trajes oscuros, los guardaespaldas de Tania, se materializaron a sus costados, bloqueando el avance de Nicolás. El contraste era humillante: el "Rey de la Ciudad" estaba siendo retenido por la seguridad de una mujer a la que él consideraba nada.
Tania tomó un sorbo lento de su champaña y luego dejó la copa en la bandeja de un camarero sin apartar la vista del grupo de socios.
—Díganme, señores de Logística Continental —continuó ella, ignorando los bufidos de rabia de Nicolás—, ¿están disfrutando de la velada? Supongo que es una de sus últimas celebraciones antes de la reestructuración.
El Director Ejecutivo de Continental, un hombre mayor que siempre había sido leal a los Durantt, tragó saliva con dificultad.
—Madame... Madame Atlas, nosotros... no sabíamos que estaría aquí —balbuceó el hombre.
—Madame Atlas —repitió Nicolás, sintiendo que el suelo se hundía bajo sus pies—. ¿De qué estás hablando? ¿Qué tiene que ver ella con Continental?
Tania finalmente le dedicó una mirada directa, pero no era la mirada de una exesposa. Era la mirada de un tiburón frente a una presa herida.
—Caballero, ya que insiste en participar en esta charla, se lo explicaré de forma sencilla para que su... entusiasmo no le nuble el juicio —Tania dio un paso hacia él, obligando a Nicolás a retroceder instintivamente—. Mi corporación, Atlas Global, firmó esta tarde la adquisición del 51% de las acciones de Logística Continental.
Nicolás sintió que el aire se volvía ácido. Continental no era solo una empresa; era el esqueleto que sostenía el imperio de los Durantt. Sin sus rutas terrestres, la mercancía de Nicolás se quedaría pudriéndose en los almacenes.
—Eso es imposible —balbuceó Nicolás, su arrogancia desmoronándose en vivo frente a sus iguales—. Esas acciones no estaban en venta.
—Todo está en venta si sabes cómo presionar las grietas adecuadas —respondió Tania con una sonrisa gélida—. Y resulta que los Durantt dejaron muchas grietas abiertas estos últimos seis años. A partir de mañana, cada camión que salga de sus fábricas, cada ruta que utilicen para exportar y cada puerto que toquen, me pertenece. Usted ya no es el dueño de los caminos, señor Durantt. Solo es un inquilino... y yo soy una propietaria muy poco paciente.
Nicolás la miró con una mezcla de horror y fascinación prohibida. No podía reconocer a la mujer que tenía enfrente. Aquella Tania que él conocía lloraba cuando él levantaba la voz; esta Tania lo estaba castrando profesionalmente frente a toda la sociedad de la ciudad con una elegancia aterradora.
—Me echaste a la calle sin nada más que lo puesto, bajo la lluvia —le susurró ella, acercándose tanto que él pudo oler su perfume, un aroma que ya no olía a hogar, sino a poder—. Me dijiste que mi sangre era humilde y que nunca encajaría aquí. Tienes razón. No encajo... porque ahora soy la dueña del lugar.
Tania se alejó de él, recuperando su postura de reina.
—Señores, continúen con la fiesta —dijo a los socios, quienes ahora la miraban con un respeto rayano en el pánico—. Mañana a las ocho de la mañana espero a la junta directiva en mi despacho. El que llegue tarde, que no se moleste en traer sus pertenencias personales.
Nicolás intentó decir algo, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Vio a Tania alejarse, su vestido rojo moviéndose como una llama que consumía todo a su paso. Ella no le dio ni una mirada más. No era odio lo que sentía emanar de ella, era algo mucho peor: una absoluta y soberana indiferencia.
Nicolás se quedó allí, en medio del salón, rodeado de gente pero más solo que nunca. El silencio que lo rodeaba era la tumba de su propia arrogancia. La "chica gentil" no solo no lo conocía; ella lo había borrado del mapa para rediseñarlo a su imagen y semejanza.
—Nicolás... —susurró Elisa, intentando tocar su brazo.
—No me toques —gruñó él, apartándola con violencia.
Sus ojos seguían fijos en la espalda de Tania. Por primera vez en su vida, Nicolás Durantt entendió que el pasado no se había ido. Había vuelto, se había puesto un vestido rojo y acababa de arrebatarle la corona. Y lo peor de todo es que, a pesar de la ruina que ella prometía, él nunca la había deseado tanto como en ese momento de humillación total.