Valentina Ruiz, de 29 años, se casa con Alejandro Montesinos en una ceremonia de ensueño, pero apenas después del matrimonio, él tiene que viajar a Estados Unidos por un largo viaje de negocios. Mientras él está ausente, la familia de Alejandro – su madre doña Elena, su hermana Carolina y su tío Javier – la trata con indiferencia, desprecio y hasta humillaciones.
Cuando Valentina descubre que Alejandro le es infiel con su antigua novia, decide callarlo todo para proteger el matrimonio que tanto soñó y porque cree que su amor puede cambiar las cosas.
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Capitulo 8
Doña Elena le había pedido que ordenara el despacho de Alejandro – "para que esté impecable cuando regrese", había dicho – y Valentina se había puesto manos a la obra con entusiasmo. Sentía que era una forma de estar cerca de él, de cuidar las cosas que eran suyas mientras él estaba lejos.
El despacho era un espacio amplio con paredes de madera oscura y estanterías llenas de libros y carpetas. Valentina comenzó por ordenar los papeles que estaban sobre el escritorio, separando facturas de negocios, contratos y correos electrónicos impresos. Mientras metía unas facturas en una carpeta etiquetada como "Nueva York – Viaje 2023", se dio cuenta de que algunas fechas no encajaban con lo que Alejandro le había contado.
Él le había dicho que del 15 al 20 de julio estaría en reuniones en el centro de la ciudad, hospedado en el hotel donde se había cerrado el contrato principal. Pero una de las facturas era de un hotel boutique en el distrito de SoHo, fechada el 17 de julio – justo en medio del período que él dijo estar en otro lugar. Además, había facturas de restaurantes románticos en el mismo área, con menús para dos personas.
Valentina se detuvo, sosteniendo las facturas entre los dedos con mano temblorosa. Intentó calmarse: quizás había cambiado de hotel por algún problema, o quizás las reuniones habían sido en diferentes lugares. Pero entonces encontró otro sobre, con facturas de tiendas de ropa femenina de lujo – diseñadores que ella ni siquiera se atrevía a mirar en las vitrinas. Había comprado vestidos, zapatos y joyas, con importes muy elevados.
Se sentó en la silla de Alejandro, dejando los papeles sobre el escritorio, y cerró los ojos. ¿Por qué compraría ropa femenina en Nueva York? ¿Sería un regalo para ella? Pero él nunca había sido muy bueno eligiendo ropa – siempre le preguntaba qué le gustaba. ¿O sería para su madre, o para Carolina? Pero doña Elena prefería comprar sus cosas en Madrid, y Carolina siempre elegía sus propios vestidos.
La duda se instaló en su mente como una semilla que comenzaba a germinar. Pensó en las llamadas cortas y distantes, en cómo a veces no contestaba el teléfono durante horas, en los mensajes de texto que tardaba en responder. ¿Qué pasaría si no era un regalo para nadie de la familia? ¿Qué pasaría si esas compras eran para otra mujer?
Sacó su teléfono y buscó el número de Alejandro, con los dedos temblando sobre la pantalla. Quería llamarlo, preguntarle directamente qué eran esas facturas, por qué estaba en otro hotel, por qué había comprado ropa femenina. Pero luego recordó cómo la había interrumpido la última vez que intentó hablar de algo que no fuera el trabajo, cómo le había dicho que debía ser paciente con la familia. ¿Y si él se enojara? ¿Y si pensara que ella no le confiaba?
Se guardó el teléfono en el bolsillo y comenzó a guardar los papeles de nuevo, ordenándolos con más cuidado que antes. Decidió guardar las facturas en la carpeta como si nada hubiera pasado, sin hacer ninguna marca ni comentario. Quizás era solo un regalo sorpresa para ella – después de todo, él sabía que le gustaban esas marcas, aunque nunca se lo había dicho en voz alta. O quizás era para alguna cliente importante, un regalo de negocios que no le había contado.
No quería pensar en las otras posibilidades. No quería destruir la ilusión que aún mantenía de que su matrimonio era fuerte, de que Alejandro la amaba y que cuando regresara, todo sería como en los primeros días. Así que decidió no preguntarle nada, guardar las dudas para sí misma y seguir esperando. Por él, estaría dispuesta a callar incluso las sospechas que comenzaban a hacerle daño por dentro.
Terminó de ordenar el despacho y salió con la cabeza alta, aunque el peso en su pecho era cada vez más difícil de llevar. Cerró la puerta con suavidad y se fue a la cocina a preparar la cena, intentando pensar en cualquier cosa menos en las facturas de Nueva York.
Mientras cortaba las verduras para la tortilla, Valentina se encontró mirando el reloj una y otra vez. Eran las ocho de la noche – la hora en que Alejandro solía llamar algunos días a la semana. ¿Sería hoy el día en que le contaría sobre el regalo? ¿O quizás le diría que había cambiado de planes en Nueva York?
El teléfono no sonó.
Se sirvió la cena en un plato pequeño y se sentó en la cocina a comer sola, como hacía todas las noches. La casa estaba en un silencio sepulcral, solo roto por el crujir de los árboles en el jardín y el tic-tac del reloj antiguo en la sala de estar. Se acordó de las facturas de los restaurantes para dos personas, imaginándolo a él sentado en una mesa con velas, riendo y hablando con otra mujer. Se mordió el labio hasta sentir dolor, tratando de ahogar la imagen.
Después de cenar, subió a su habitación y cogió el pequeño cofre donde guardaba las cartas que Alejandro le había escrito antes del matrimonio. Las leyó una por una, acurrucada en la cama con la luz de la lámpara tenue:
"Mi amor Valentina, cada día que pasa sin verte es un día vacío. No puedo esperar a tenerte cerca para siempre..."
"Sé que dejarás todo por venir conmigo, y te prometo que nunca te arrepentirás. Serás la mujer más feliz del mundo..."
Las palabras que antes le llenaban el corazón de alegría ahora le dolían. ¿Había sido todo mentira? ¿O simplemente las cosas habían cambiado desde que se casaron?
Miró el anillo en su dedo, frío contra su piel, y se preguntó si debería llamarlo de todos modos. Pero luego pensó en cómo podría reaccionar – quizás se sentiría acusado, quizás se enojaría, quizás le diría que no tenía derecho a revisar sus papeles. Y ella no quería perderlo. Aún después de todo lo que había pasado con su familia, aún después de las dudas que ahora la atormentaban, Alejandro seguía siendo el centro de su mundo.
Así que guardó las cartas de nuevo en el cofre, se apagó la luz y se acostó a mirar el techo en la oscuridad. La duda seguía ahí, plantada en su mente como una sombra que no se iba. Pero Valentina decidió seguir callando, seguir esperando y seguir creyendo en el amor que había compartido con él. Porque creía que el amor podía superar cualquier cosa – incluso las mentiras que comenzaban a entreverarse en su matrimonio.
Al día siguiente, cuando entró en el despacho para limpiar el polvo de los estantes, evitó mirar la carpeta donde había guardado las facturas. Pero su mano se detuvo por un instante sobre ella, antes de seguir adelante con su trabajo. El secreto ya estaba guardado en su corazón, y aunque le dolía, estaba dispuesta a llevarlo con ella por él.