Todos hemos sido villanos en la historia mal contada de alguien.
Ángela Martinelli Villalba, jamás imaginó que un día sería la antagonista en la vida del hombre al que más amaba. Durante cuatro años fue la esposa leal y profundamente enamorada de Iván Aristeguí, el temido capo de la mafia española, conocido en el bajo mundo como El Rey Rojo. Un hombre que no necesita levantar la voz para imponer respeto; su apellido y su sobrenombre bastan para infundir temor.
Pero una tarde de invierno, las promesas se quiebran.
Darío Aristeguí, primo de Iván, en complicidad con Marina Saldaña, urde una traición perfecta. Con pruebas fabricadas y mentiras cuidadosamente sembradas, acusan a Ángela de deslealtad frente a su esposo. Cegado por la ira y el orgullo, Iván no escucha, no pregunta, no duda. La sentencia sin juicio y la abandona en manos del hombre que más la odia.
Ángela suplica. Implora una oportunidad. Ruega que él la mire a los ojos y le diga de qué la acusa. Pero Iván le da la espalda
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La ira del capo italiano...
Darío ya no pensó; la rabia terminó de consumir cualquier resto de cordura que pudiera quedarle. Nuevamente la golpeó con brutalidad, descargando puños y bofetadas sobre ella hasta hacerle girar el rostro. Luego le arrancó el brasier y las bragas de un tirón violento que le dejó la piel ardiendo y varias marcas rojas sobre el cuerpo.
—¡Suéltame, maldito… suéltame!
Fue lo último que pudo decir. La sustancia que le había administrado terminó de recorrerle el organismo. Primero sintió un hormigueo helado en las extremidades, luego un peso insoportable en los músculos. Después, nada respondió. Quedó atrapada en un estado aterrador: conservaba la conciencia, escuchaba, sentía, entendía… pero no podía moverse, hablar ni defenderse.
Darío sonrió. Una sonrisa torcida, cruel, satisfecha.
Entonces hizo con ella lo que quiso. La liberó de sus ataduras no por compasión, sino para disponer de su cuerpo con mayor facilidad. La tomó con brutalidad, impulsado por el odio que le reverberaba en las venas. Frente a sus ojos no veía a una mujer indefensa, sino a la asesina de su padre, y en esa distorsión monstruosa se permitió no medirse.
Cuando terminó, la dejó deshecha sobre la cama, con la piel marcada, llena de golpes y moretones recientes. Después de ultrajarla a su antojo, entró al pequeño baño de la habitación. El sonido de la ducha llenó el silencio durante varios minutos.
Ángela permaneció inmóvil, con la mirada perdida y el cuerpo convertido en una prisión. Por dentro, sin embargo, hervía. En su mente planeaba mil maneras de matarlo a él… y a Iván, por haberla puesto en manos de ese infeliz. Todo le dolía. Se sentía desgarrada por dentro por la brutalidad con la que había sido usada. Pero no podía quejarse, no podía llorar en voz alta, no podía protestar. Su cuerpo no respondía.
Cuando pensó que todo había terminado, la puerta del baño volvió a abrirse. Darío salió vestido, secándose el cabello con una toalla, mirándola con un odio indescriptible. La observó con asco, con repudio, como si fuera basura.
Se acercó sin prisa. La giró boca abajo de un tirón, abrió su maletín, sacó un látigo de cuero negro y volvió a descargar su furia. El primer golpe abrió una línea ardiente sobre su espalda. El segundo le hizo estremecer cada nervio. El tercero cayó sobre las piernas. Y luego vinieron más. Uno tras otro. Sin pausa. Sin compasión.
Al ver que el cuerpo de ella apenas daba espasmos ante cada impacto y de su boca no salía ni un solo sonido, se puso aún más furioso. Quería oírla suplicar. Quería verla quebrarse. Quería arrancarle algo. Pero Ángela seguía atrapada en aquel silencio impuesto.
Ciego de rabia, la tiró de la cama. Su cuerpo cayó al suelo con un golpe seco. Entonces arremetió a patadas contra ella: en las costillas, en la espalda, en las piernas. Las lágrimas desbordaban los ojos de la italiana, pero no podía gritar ni defenderse.
El dolor agudo, insoportable, le atravesó el vientre como una cuchillada interna. Luego sintió algo tibio resbalando por entre sus piernas... Sangre.
Su cuerpo no soportó más. Con el último golpe en el vientre —ese que le arrancó lo único que la hacía resistir— sintió que algo dentro de ella se quebraba para siempre.
Después todo se volvió negro y perdió el conocimiento...
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Adriel y varios aliados del capo italiano Audrey Monticello lograron por fin dar con el paradero de la italiana tras días de rastreo, sobornos, amenazas y hombres infiltrados siguiendo cada movimiento de Darío Aristegui.
Audrey Monticello llegó esa misma madrugada con un pequeño ejército a su lado, dispuesto a incendiar España entera si era necesario con tal de encontrar a su sobrina. La caravana de camionetas negras irrumpió en los caminos rurales como una estampida de guerra, con faros encendidos, motores rugiendo y hombres armados hasta los dientes preparados para matar.
En la cabaña, mientras tanto, yacía el cuerpo casi inerte de la italiana en un charco grotesco de sangre. Desnuda, desfigurada por los golpes, llena de hematomas y cubierta de heridas. Justo como en la pesadilla de Iván.
Darío la observó unos segundos, sintiendo que al fin su venganza se completaba. Al verla destruida, irreconocible, inmóvil y con varias fracturas, sonrió como una hiena al acorralar a su presa.
—Así te quería ver, maldita. Ahora ya no eres nada. Solo me falta deshacerme del imbécil de Iván y finalmente todo será mío.
Susurró en voz baja, como si ella pudiera escucharlo.
Luego tomó varias fotografías del cuerpo maltrecho y retiró las cintas de grabación de las cámaras instaladas en la habitación. No dejaría pruebas.
Guardó las tijeras y el látigo nuevamente en el maletín y salió de la pequeña habitación aislada al fondo de la cabaña.
—Monky, préndele fuego. Quiero incinerada a esa maldita. Que no quede rastro de ella.
Dos hombres llegaron corriendo hasta la entrada, jadeando.
—¡Jefe, jefe! Un ejército se acerca a la propiedad. Al parecer, es gente del capo italiano Audrey Monticello. Vienen armados hasta los dientes.
Darío giró el rostro y, lejos de alarmarse, sonrió.
—Perfecto. Entonces démosle un show de fuegos artificiales al capo italiano. Que cuando llegue encuentre a su sobrinita hecha carbón.
Monky asintió de inmediato. —Váyase, jefe. Yo me encargo de esto.
—No. Date prisa. Nos vamos los dos por el atajo. Quiero que cuando el capo llegue crea que esto es obra de Iván y no mía. Que todo su odio recaiga sobre él. Con suerte, lo destruye él y así me ahorra trabajo.
Mientras Monky regaba combustible alrededor de la habitación, Darío daba órdenes a toda velocidad. El personal de la cabaña evacuó apresuradamente, subiendo a los vehículos que salían por una ruta secundaria entre los árboles. Nadie debía quedarse. Nadie debía hablar.
Segundos después, el fuego comenzó a trepar por las paredes de madera y a rugir con violencia.
Para cuando Audrey Monticello llegó a la propiedad, las llamas ya se alzaban hacia el cielo nocturno. El corazón del capo dio un vuelco brutal.
Sin esperar órdenes, echó a correr junto a Adriel y varios de sus hombres hacia la habitación en llamas, mientras el resto rodeaba la zona y registraba la cabaña principal. No encontraron a nadie, solo platos aún tibios, puertas abiertas, cajones vaciados y huellas frescas de vehículos que acababan de marcharse.
—¡Extintores! ¡Agua! ¡Rápido! —rugió Adriel.
Los hombres corrieron hacia las camionetas y regresaron con extintores industriales. Otros mojaban grandes frazadas con bidones de agua.
Adriel tomó dos, dispuesto a entrar, pero Audrey se las arrebató. Se cubrió el cuerpo con ellas y avanzó sin dudar.
—¡Señor, es demasiado peligroso! —gritó uno de los hombres.
Él ni siquiera volteó.
Entró primero. El humo le arañó la garganta. El calor le golpeó el rostro. Las vigas crujían sobre su cabeza.
—¡Ángela! ¡Ángela, mi niña! ¿Estás aquí?
Su voz retumbó entre el incendio. No hubo respuesta. Solo el crepitar del fuego.
Entonces la vió, tendida en el suelo. Apagada como una flor marchita. Pequeña. Rota.
Su corazón se desgarró.
Se arrodilló junto a ella y, al verle el rostro irreconocible, soltó un grito salvaje de dolor. —¡No… no… mi niña, no!
La cubrió de prisa con una de las frazadas, la tomó en brazos con una delicadeza que contrastaba con el caos y salió con ella entre las llamas como un hombre que carga lo más valioso que le queda en el mundo.
Afuera, todos se apartaron al verlo emerger cubierto de humo con la italiana en brazos. El silencio fue total. Hasta los hombres más duros bajaron la mirada.
Audrey la llevó directamente hacia la van blindada que usaban para guerra y emergencias médicas.
—¡Registren la cabaña! ¡Tomen todas las pruebas necesarias! ¡Y los demás sigan a esos malditos! ¡No regresen sin la cabeza del infeliz que le hizo esto a mi niña!
Su voz temblaba de furia.
Dentro de la van, Lorenzo Sforza, su médico de cabecera y el hombre más confiable del clan, ya preparaba instrumental, sueros y equipo de emergencia. Se apresuró a colocar a Ángela sobre la camilla, tomó signos, revisó pupilas y palpó fracturas. Su rostro se tensó.
—Lorenzo… mi niña está casi muerta. Revívela. Revívela… si no lo haces, te mataré.
Lo dijo sin apartar la mirada del rostro amoratado de su sobrina. No era una amenaza real. Era desesperación pura.
Lorenzo lo entendió. —Haré todo lo posible.
—Adriel, ordena que traigan el helicóptero de emergencia. Me llevaré a mi niña a un hospital decente.
Lo ordenó con un tono que no admitía desobediencia.
Mientras el médico trabajaba frenéticamente, Audrey sacó su teléfono, buscó el número de Iván Aristegui y grabó una nota de voz con cada palabra cargada de odio.
—Maldito Aristegui… mi cuñado y mi hermana te confiaron a su niña y tú la destruiste. Prepárate, Aristegui, porque así como destruiste lo único que me quedaba de mi hermana, yo destruiré a cada persona y cada cosa que te importe. Hoy, Iván Aristegui, me declaro tu enemigo a muerte… y no descansaré hasta destruirte por completo.
Envió la nota de voz, bloqueó el número y lo agregó a la lista negra.
Luego volvió la mirada hacia Ángela.
Y juró en silencio que España ardería por lo que le habían hecho.
El doctor Lorenzo atendió de urgencia a la italiana apenas la camilla fue asegurada dentro de la van médica. Las heridas eran horrorosas. Tenía marcas por todo el cuerpo, hematomas recientes y rasguños mezclados en la piel, cortes mal cerrados, señales de fracturas y la espalda convertida en un mapa de carne abierta por los latigazos.
Pero lo más devastador no fue eso... Lo más triste fue confirmar que había perdido a su bebé.
Lorenzo apretó la mandíbula con impotencia antes de mirar a Audrey Monticello. No necesitó decir una sola palabra; el capo entendió la noticia al ver la expresión del médico.
El italiano cerró los ojos apenas un segundo. Solo uno.
Porque si se permitiera sentir demasiado, incendiaría el mundo entero. —Haz lo que tengas que hacer… pero sálvala —ordenó con voz ronca.
—Haré todo lo posible —respondió Lorenzo sin perder tiempo.
Con ayuda de dos enfermeras, inició las curaciones de emergencia. Limpiaron la sangre seca y reciente, estabilizaron signos vitales, inmovilizaron zonas comprometidas y comenzaron el procedimiento irreversible para evitar una infección mayor tras la pérdida gestacional.
Ángela seguía inconsciente, pálida, frágil, suspendida entre la vida y el abismo.
Entre tanto, una lluvia de balas se desataba en el atajo por donde huían Darío y sus hombres. Los vehículos que iban detrás de él sirvieron de escudo cuando los hombres de Monticello lograron alcanzarlos. El camino rural se convirtió en un campo de guerra: cristales estallando, neumáticos reventados, motores humeando y cuerpos cayendo sobre la tierra húmeda.
Darío, siempre calculador, aprovechó el caos.
Tomó otro desvío previamente preparado y escapó con Monky hacia el hangar privado que tenía listo desde horas antes. Allí, con la pista iluminada y la tripulación esperando órdenes, subió al jet privado sin mirar atrás.
Minutos después, la aeronave despegó y abandonó el país.
Como una rata huyendo del incendio que él mismo provocó...