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Dos Lobos, Una Luna

Dos Lobos, Una Luna

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Mujer poderosa / Amor eterno / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: clau21

Elena una chica humana, se ve atrapada entre dos alfas: Kael, Príncipe de los lobos de Luna Plateada, y Roran, Alfa Supremo de la manada de Ceniza que todos daban por muerta/extinta. Ambos la reclaman, se enfrentan por ella, pero Elena se niega a elegir.

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capitulo 6

...Guerra de Manadas...

...****************...

Las 48 horas pasaron demasiado rápido.

El consejo de Luna Plateada no esperó. No negoció. No envió emisarios. Mandó lobos.

Elena lo supo a las 4:17 a.m. cuando el vínculo le clavó una aguja de hielo en el pecho. No era dolor. Era alerta. Kael se despertó al mismo segundo, a 20 metros de distancia, en la habitación de huéspedes. Roran ya estaba de pie en el pasillo, con los ojos plateados brillando en la oscuridad.

“Están aquí”, dijo Roran. No era pregunta.

Kael asintió mientras se ponía la chaqueta. “Doce. Quizás quince. Vienen del este, por el río seco”.

Elena se puso las botas que le habían dejado junto a la cama. No preguntó cómo lo sabían. Ya lo sentía ella también. El vínculo funcionaba en ambos sentidos. Ahora sentía su tensión, su ira contenida, su necesidad de ponerla a salvo.

“¿Qué hacemos?”, preguntó.

Roran la miró. Por primera vez no había ironía en su cara.

“Te quedas aquí. Dentro de la casa. El círculo de piedra del sótano es antiguo. Fue hecho para proteger a una Luna. Ni el consejo puede entrar si no la dejas”.

“No”, dijo Elena. “No me voy a esconder mientras ustedes pelean por mí”.

Kael cerró los ojos un segundo. “Elena, si te pasa algo…”

“Si me escondo, me pasa algo igual”, cortó ella. “Ustedes me dijeron que aprenda a defenderme. Bueno, es ahora o nunca”.

Roran maldijo en un idioma que no era español. “Eres igualita a tu madre”.

Eso, al parecer, no era un cumplido ligero.

Bajaron al armero. Sí, tenían un armero. Roran no era el tipo de alfa que confiaba solo en garras y colmillos. Elena eligió un cuchillo de caza con la hoja de 20 cm. Pesaba. Le daba seguridad.

“¿Sabes usar eso?”, preguntó Kael.

“No”, dijo Elena. “Pero sé apuñalar si me tocan”.

Kael no se rió. Solo asintió y le puso una daga más pequeña en el muslo, con una correa. “Para emergencias”.

Salieron a la oscuridad.

El bosque estaba en silencio. Un silencio antinatural. Ni grillos, ni búhos, ni viento. Solo el olor a pino mojado y a lobo. Mucho lobo.

“Se separaron”, susurró Roran. “Cuatro por el norte, seis por el sur, el resto viene directo. Quieren entrar por la fuerza y sacarte”.

“¿Líder?”, preguntó Kael.

“El viejo Márquez”, dijo Roran con desprecio. “El que ordenó la masacre de Ceniza. Sigue vivo. Sigue cobarde”.

Elena apretó el cuchillo. “Entonces empecemos”.

Kael la miró como si no supiera si abrazarla o encerrarla en el sótano. “Quédate detrás de mí. Si digo corre, corres”.

“Trato hecho”, dijo Elena. “Pero solo si yo digo lo mismo”.

Roran soltó un bufido que casi sonó a risa.

Los primeros cuatro llegaron a los 5 minutos.

No eran sigilosos. Querían que los vieran. Querían miedo.

Eran lobos de Luna Plateada, pero en forma humana. Ropa táctica negra, marcas de la manada en el antebrazo. El que iba al frente tenía la cara de Márquez. Sesenta años, pero se movía como si tuviera treinta.

“Kael Vardren”, dijo Márquez. Su voz era veneno. “Entrega a la hembra y esto termina ahora. No muere nadie más”.

Kael se puso delante de Elena. “Ella no es tuya para entregar”.

“Es ley antigua”, escupió Márquez. “La Luna de Ceniza pertenece a Luna Plateada. Para evitar la guerra que tú estás provocando”.

“No hay guerra si te vas”, dijo Roran. Salió de entre los árboles al lado de Elena. No se escondía. Nunca se escondía.

Márquez sonrió. No era bonita la sonrisa.

“Roran de Ceniza. Pensé que estabas muerto. Lástima”.

Levantó la mano.

Los doce lobos atacaron.

Kael se movió primero. Un borrón marrón y músculo. Se llevó a dos de un golpe y los estrelló contra un árbol. Roran no corrió. Caminó hacia el centro del grupo como si fuera a una reunión aburrida, y empezó a desarmarlos uno por uno. Sin gritos. Sin exceso. Solo eficiencia brutal.

Elena no se quedó quieta.

Un lobo se separó del grupo y fue por ella. Joven. Nervioso. Le habían dicho que era solo una humana asustada.

Se equivocó.

Elena esperó hasta el último segundo. Cuando el lobo se abalanzó, ella giró, usó su peso contra él, y le clavó el cuchillo en el hombro. No profundo. Lo suficiente para que soltara un aullido de dolor y retrocediera.

“¡No te acerques!”, gritó.

El lobo la miró con odio y con algo más. Sorpresa. No esperaba que peleara.

Kael lo vio de reojo y casi pierde la concentración. “¡Elena, atrás!”

“No”, respondió ella. “Yo también peleo”.

El vínculo entre los tres se encendió como un cable de alta tensión.

De golpe, Elena sintió el dolor de Kael cuando un lobo le abrió el costado. Sintió la furia fría de Roran cuando otro intentó apuñalarlo por la espalda. Y sintió su propia adrenalina, su miedo, su determinación.

Y no la rompió. La hizo más fuerte.

“¡Ahora!”, gritó Roran.

Kael entendió. Se lanzó hacia Márquez mientras Roran contenía a los otros cuatro que quedaban en pie.

Márquez era viejo, pero era rápido. Bloqueó el primer golpe de Kael y le dio una patada en la rodilla. Kael gruñó, pero no cayó.

“Vas a morir igual que tu padre”, escupió Márquez. “Traidor”.

Kael no respondió con palabras. Respondió con un golpe que le partió la nariz.

Elena no podía quedarse mirando. Otro lobo iba hacia ella, cojeando pero decidido. Ella retrocedió hasta un árbol, se apoyó, y esperó.

Cuando estuvo a dos metros, sacó la daga del muslo y la lanzó.

No le dio en el corazón. Le dio en el muslo. El lobo cayó de rodillas.

Elena se acercó. “Quédate ahí”.

El lobo la miró y escupió sangre. “Eres un monstruo”.

Elena se agachó a su altura. “No. Solo estoy cansada de que me digan qué hacer”.

Un grito desgarrador cortó el aire.

Márquez.

Kael lo tenía contra el suelo, antebrazo en la garganta.

“Retira a tus hombres”, dijo Kael. “Ahora”.

Márquez se rió. Sangre en los dientes. “No puedes matarme. Si muero, la guerra es total. Luna Plateada te va a cazar hasta que mueras tú también”.

“Ya me están cazando”, dijo Kael. “Así que hazlo fácil”.

Roran terminó con los últimos dos. Los dejó inconscientes, no muertos. Estaba aprendiendo contención. Por Elena.

“Kael”, dijo Roran. “Basta. Si lo matas, perdemos el punto moral”.

Kael cerró los ojos. Su mano temblaba.

Elena se acercó. El vínculo le decía que si Kael mataba ahora, algo en él se rompería. Algo que no volvería.

“No lo hagas”, dijo Elena. “No por él. Por ti”.

Kael la miró. En sus ojos había rabia, dolor, 20 años de odio. Y amor. Mucho amor. Por ella.

Soltó a Márquez.

El viejo se arrastró hacia atrás, tosiendo sangre. “Esto no termina aquí, Vardren. El consejo va a enviar a los cazadores. Y ellos no juegan”.

“Que vengan”, dijo Roran. “Esta vez estaremos listos”.

Márquez se levantó con ayuda de uno de sus hombres. Miró a Elena.

“Eres una abominación, niña. Ceniza debió morir hace 20 años”.

Elena dio un paso adelante. El vínculo latió en su muñeca. La marca brilló bajo la manga.

“Y sin embargo aquí estoy”, dijo. “Viva. Y no sola”.

Márquez se fue sin decir más. Los que quedaban en pie cargaron a los inconscientes y desaparecieron entre los árboles.

Silencio otra vez.

Kael se dejó caer de rodillas en el suelo. La herida del costado sangraba.

Roran estaba peor. Tenía un corte profundo en el brazo y cojeaba.

Elena corrió hacia ellos.

“¿Están bien?”

“Estoy bien”, dijo Kael. Mentira.

“Estoy bien”, dijo Roran. Mentira también.

Elena se arrodilló entre los dos. Puso una mano en el hombro de cada uno.

El vínculo se abrió de golpe.

Dolor. El dolor de Kael entrando en ella como una ola fría. Dolor de Roran, más antiguo, más profundo. Y su propio dolor, su cansancio, su miedo.

Pero también otra cosa.

Calor. Fuerza.

La marca en su muñeca brilló con fuerza. Y la luz salió de ella, recorriendo los hilos que la conectaban a los dos.

Las heridas de Kael dejaron de sangrar. El corte de Roran empezó a cerrarse.

Los dos la miraron con sorpresa.

“¿Qué hiciste?”, preguntó Kael.

“No sé”, dijo Elena. “Solo… no quería que les doliera”.

Roran la miró como si la viera por primera vez. No como Luna. Como algo más.

“Eres más que una Luna”, dijo. “Eres una sanadora. Ceniza no mencionó eso”.

Elena se encogió de hombros. “Yo tampoco lo sabía”.

Kael sonrió. Sangre en la comisura de la boca. “Perfecto. Ahora tenemos a la única Luna que puede patearte el trasero y curarte después”.

Roran bufó. “Ojalá no tenga que usarlo mucho”.

Se quedaron ahí cinco minutos. Respirando. Recuperándose. Juntos.

“Vienen más”, dijo Roran de repente. “No el consejo. Cazadores. Siento el olor a plata y pólvora”.

Kael se puso de pie con esfuerzo. “Entonces nos movemos. Ahora”.

“¿Adónde?”, preguntó Elena.

“A la montaña”, dijo Roran. “Al antiguo refugio de Ceniza. Si vamos a pelear una guerra, peleamos en terreno nuestro”.

Elena asintió.

Se fueron los tres, dejando el bosque lleno de cuerpos inconscientes y un mensaje claro: Ceniza no estaba muerta.

 

El viaje a la montaña tomó seis horas. Caminando, corriendo cuando el vínculo les decía que los cazadores estaban cerca.

El refugio de Ceniza estaba excavado en la ladera de un volcán muerto. Entrada oculta, túneles, habitaciones talladas en la piedra. Olía a ceniza, a hierro viejo, y a hogar.

Elena se quedó en la entrada por un minuto.

“Mi madre estuvo aquí”, susurró.

“Sí”, dijo Roran. “Aquí te tuvo. Aquí te escondió antes de sacarte del territorio”.

Elena tocó la pared. Fría. Antigua.

“Cuéntame”, dijo.

Roran asintió.

Se sentaron en la sala principal. Piedra, fuego bajo, y silencio.

Roran habló por dos horas. Sin parar.

Habló de cómo su padre y el padre de Kael eran amigos antes. Cómo la política los separó. Cómo el miedo a Ceniza hizo que Luna Plateada atacara primero. Habló de los niños que murieron. De las mujeres que lucharon hasta el final. Habló de su madre, que murió defendiéndolo a él.

Kael no interrumpió. Solo escuchó. Con la cabeza baja.

Cuando Roran terminó, Kael habló.

Habló de su padre. De cómo se volvió paranoico después de la muerte de su pareja. De cómo el consejo lo manipuló. De cómo Kael intentó detener la masacre cuando tenía 15 años y no pudo.

“Por eso me fui”, dijo Kael. “No podía vivir en Luna Plateada sabiendo lo que hicieron. Me convertí en Príncipe solo para cambiar las leyes desde dentro. Pero los viejos son más fuertes”.

Elena escuchó todo. Sin llorar. Sin gritar.

Cuando terminaron, se quedó callada mucho tiempo.

“¿Y ahora?”, preguntó al final.

“Ahora”, dijo Roran, “preparamos la defensa. Los cazadores llegarán en dos días. Son 30. Mercenarios. No les importa quién vive o muere”.

“¿Y nosotros?”, preguntó Elena.

“Somos tres”, dijo Kael. “Pero tenemos el círculo. Y tenemos el vínculo. Juntos, somos más fuertes que 30”.

Elena se puso de pie.

“Entonces enseñenme a pelear. De verdad. No quiero ser una carga”.

Roran sonrió. La primera sonrisa de verdad en días.

“Eso haremos, Luna”.

 

El entrenamiento fue brutal.

Tres días sin parar. Combate cuerpo a cuerpo, manejo de cuchillo, control del vínculo en situaciones de estrés. Kael le enseñó defensa. Roran le enseñó ataque.

Elena vomitó dos veces. Se durmió de pie una. Pero no se rindió.

Al tercer día, pudo bloquear un ataque de Roran sin que él la contuviera.

“Bien”, dijo Roran. Sudor en la frente. “Muy bien”.

Kael la miró y asintió. Orgullo puro.

“Estás lista”, dijo.

Elena no se sintió lista. Pero asintió igual.

La noche del cuarto día llegaron los cazadores.

Treinta. Armados con plata, con redes, con jaulas. No venían a matar. Venían a capturar. El consejo quería a Elena viva.

“No les den lo que quieren”, dijo Roran.

“No lo harán”, dijo Elena.

La batalla duró 47 minutos.

Fue caos. Fuego, plata, gritos, aullidos. Kael y Roran en forma lupina por momentos, destrozando a los cazadores que se acercaban demasiado. Elena en el centro del círculo de piedra, controlando el vínculo, sanando a los dos cuando caían, desviando balas con una barrera de energía que no sabía que tenía.

Al final, 12 cazadores muertos. 18 huyendo.

Kael y Roran estaban heridos, pero vivos.

Elena estaba de pie en el centro del círculo, con la marca brillando como un sol pequeño.

“Se acabó”, dijo.

Kael se acercó a ella. Transformado. Humano. Sangrando.

“Sí”, dijo. “Se acabó por ahora”.

Roran se acercó también.

“Ganamos”, dijo. “Pero el consejo no se va a rendir”.

Elena asintió.

“Lo sé. Pero ahora no estoy sola. Y ahora sé pelear”.

Se acercó a los dos. Puso una mano en el pecho de cada uno.

“Gracias”, dijo. “Por no rendirse. Por mí”.

Kael tomó su mano.

“Siempre, Luna”.

Roran hizo lo mismo.

“Siempre, Elena”.

El vínculo latió entre los tres. Fuerte. Estable. Inquebrantable.

Fuera del refugio, la noche estaba en silencio otra vez.

Pero esta vez, no era el silencio del miedo.

Era el silencio de los que ganaron.

1
Rosa Pandui
Que suerte tiene
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