"Luna murió en las calles para que Rose pudiera reinar en las sombras."
Mi madre me llamó Luna Mongoberry al nacer, esperando quizás que fuera una luz suave en medio de la miseria. Pero la luz no te alimenta cuando tienes hambre, ni te protege cuando el mundo decide convertir tu vida en un infierno. Mi infancia no fue un cuento; fue una guerra de supervivencia que consumió cada rastro de nobleza y amabilidad que alguna vez tuve.
Decidí dejar atrás a la niña débil. Me convertí en Rose Mongoberry, conservando el apellido que es sagrado para mí porque le perteneció a ella, pero transformando mi alma en algo mucho más letal. Rose tiene espinas, Rose quema, y Rose no perdona.
En el mundo de la mafia, donde los hombres creen que las mujeres son solo trofeos, yo he venido a demostrar que soy el verdugo.
Bienvenidos a mi reino. Aquí, las rosas no huelen a perfume; huelen a pólvora y victoria.
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CAPÍTULO 6: EL ÚLTIMO BESO DE LA LUNA
Han pasado cinco meses. Cinco meses limpiando la muerte de otros mientras la mía propia se cocina a fuego lento en casa. Es sábado, día de paga y de sangre. Mamá cree que sigo en la bodega, pero hoy el aire pesa distinto. Mi padre está en la sala, un muro de alcohol y odio que no me deja pasar.
—Ya me voy, mami —susurro en la cocina. Ella me señala la ventana de su cuarto.
Intento escapar, pero el destino tiene garras. Siento el tirón violento en mi cuero cabelludo.
—¿A dónde vas, perra? ¿Ahora te escapas? —ruge él mientras me estrella contra el suelo.
Me patea la cara, el estómago, las costillas. Me arrastra hasta la sala para que mamá vea mi humillación.
—¡Déjala ya, Pedro! —grita ella, pero solo recibe una cachetada que la silencia.
En un descuido, saco fuerzas de mi furia, abro la puerta y corro. Corro con el sabor de la sangre en la boca y el grito de mi padre persiguiéndome: "¡No vuelvas a esta casa!". Llego al club, adolorida, rota. La señora se espanta al verme.
—¿Quién te hizo esto? —pregunta mientras me trae hielo. No respondo. No hay palabras para describir al monstruo que me dio la vida.
Bajo al sótano. El "Pistolero", la mano derecha del viejo, se detiene al verme.
—¿Quién te golpeó así, niña? —pregunta, intentando tocar mi rostro. Desvío la cara.
—Estoy bien, señor. Solo déjeme trabajar.
Limpio el cadáver de una mujer. Mientras froto el suelo, solo pienso en mi madre. El Pistolero me observa en silencio, pero el viejo le ordena dejarme en paz. El trabajo termina, pero el terror apenas empieza.
—¡Luna! ¡Sé que estás ahí, maldita zorra! —los gritos de mi padre retumban afuera del club. Alguien lo vio entrar y fue con el chisme.
La señora lo saca a la fuerza, pero el miedo ya se instaló en mis huesos. Al salir, trato de llegar a casa en las sombras, pero él me espera en la esquina. El regreso a casa es un torbellino de golpes. Esta vez es peor. Me estrella la cabeza contra la pared y el mundo se apaga. Oscuridad total.
Cuando despierto, el silencio es lo que más me asusta. Me levanto tambaleante, agarrándome de las paredes.
—¿Mamá? —llamo con un hilo de voz.
Llego a la cocina y el alma se me cae a los pies. Mamá está en el suelo, sobre un charco rojo que no puedo limpiar con un cepillo. Tiene un cuchillo clavado en el pecho.
—¡Mami! ¡Mamita, resiste! —grito desesperada, intentando tapar la herida con mis manos.
Ella aún respira. Sus ojos se nublan mientras intenta hablar.
—Perdóname... por dejarte sola... —susurra.
Salgo a la calle gritando por ayuda. Una vecina llama a la ambulancia. Regreso al lado de mi madre, sellando su pecho con mis dedos, rezando a un Dios en el que ya no creo. Llegan los paramédicos, la suben a la camilla y me suben con ella.
—Estás sangrando mucho, niña, tenemos que curarte —me dice uno de ellos.
—¡Salven a mi mamá! ¡Es lo único que quiero! —grito fuera de mí.
Al llegar al hospital, la meten de urgencia tras unas puertas blancas que se cierran como una tumba. Me quedo sola en la sala de espera, con la ropa empapada en la sangre de la mujer que más amé. Un médico se acerca, me habla, pero su voz se escucha lejos, como si estuviera bajo el agua.
Intento levantarme, pero el suelo me reclama. Mis piernas fallan y siento cómo caigo al piso mientras la conciencia me abandona por última vez. Luna ha muerto con ese cuchillo. Lo que se levante de ese suelo no tendrá piedad.