Valentina descubre que su novio no solo le es infiel, sino que forma parte de la mafia. Lo que no esperaba era cruzarse con Dante Moretti, un hombre tan peligroso como irresistible, que decide convertirla en su obsesión. Atrapada entre traición, poder y deseo, Valentina deberá sobrevivir en un mundo donde amar puede ser la peor condena.
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6
El sonido del motor llenaba el silencio.
No era un ruido fuerte.
Pero se sentía.
Constante.
Como un latido.
Como un recordatorio.
Valentina estaba sentada en el asiento del acompañante, con las manos apretadas sobre sus piernas y la mirada fija en la ventana. Las luces de la ciudad pasaban frente a sus ojos como manchas difusas, borrosas, irreales.
Todo se sentía así.
Irreal.
Como si no fuera su vida.
Como si estuviera viendo la historia de alguien más.
Pero no lo era.
Era suya.
Y lo sabía.
Porque lo sentía.
En el pecho.
En la garganta.
En cada respiración pesada.
No miraba a Dante.
No podía.
Sabía que si lo hacía…
Algo dentro de ella iba a quebrarse.
Otra vez.
—Dejá de tensarte.
La voz de Dante rompió el silencio.
Calma.
Baja.
Como si todo estuviera bajo control.
Como si nada de esto fuera fuera de lo normal.
Valentina no respondió.
Siguió mirando hacia afuera.
—No te voy a hacer daño —continuó él.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
—Eso no me tranquiliza —respondió ella finalmente.
Su voz fue baja.
Pero firme.
Dante soltó una leve exhalación.
¿Risa?
¿Molestia?
Era difícil de distinguir.
—Tiene sentido.
El auto giró en una esquina, alejándose del centro de la ciudad. Las calles se volvieron más oscuras, más silenciosas.
Más peligrosas.
Valentina sintió un nudo en el estómago.
—¿A dónde me llevás?
Dante no respondió de inmediato.
—A un lugar donde podamos hablar.
—Podíamos hablar en el café.
—No.
Una sola palabra.
Y bastó.
—Ahí había demasiada gente.
Valentina apretó los labios.
—Y eso es un problema para vos.
—Para vos.
El silencio volvió.
Pesado.
Incómodo.
—Todo lo que pasó ahí… —continuó él— no era necesario.
—¿No era necesario? —repitió ella, girando finalmente la cabeza hacia él—. Le pegaste.
—Se lo ganó.
El tono fue tan simple…
Tan directo…
Que la descolocó.
—No podés resolver todo así.
Dante la miró apenas de reojo.
—Sí puedo.
—No.
—Sí.
Silencio.
—Y lo voy a seguir haciendo.
El aire se volvió más pesado.
Valentina volvió a mirar hacia adelante.
Pero ahora…
No podía ignorarlo.
No podía ignorar lo que era.
Lo que hacía.
Lo que representaba.
—Sos peligroso —murmuró.
Dante no negó.
No explicó.
No se defendió.
—Sí.
La sinceridad la desarmó más que cualquier mentira.
—Entonces… ¿por qué me trajiste con vos?
Silencio.
Un segundo.
Dos.
—Porque quiero entenderte.
El corazón de Valentina dio un vuelco.
—¿Entenderme?
—Sí.
Su tono era serio.
Real.
—No sos como las otras.
Valentina frunció el ceño.
—No me conocés.
—Lo suficiente.
—No.
—Sí.
El intercambio fue rápido.
Tenso.
—Entraste a un lugar donde cualquiera hubiera suplicado… y no lo hiciste.
—Estaba en shock.
—No —corrigió él—. Estabas asustada… pero no derrotada.
Sus palabras se clavaron.
Porque había algo de verdad en ellas.
Y eso la incomodó.
—No significa nada.
—Para mí sí.
Silencio.
—¿Por qué? —preguntó ella.
Dante no respondió de inmediato.
Sus manos firmes sobre el volante.
Su mirada fija al frente.
—Porque no me interesa lo fácil.
El aire se tensó.
Valentina sintió algo extraño en el pecho.
—¿Y yo soy difícil?
Dante giró apenas la cabeza hacia ella.
Sus ojos oscuros la atravesaron.
—Todavía no lo sé.
El auto finalmente se detuvo.
Valentina miró alrededor.
No reconocía el lugar.
Una casa.
Grande.
Moderna.
Aislada.
Las luces encendidas.
El silencio alrededor.
No había vecinos.
No había ruido.
Nada.
—¿Dónde estamos?
—En un lugar seguro.
Valentina soltó una risa seca.
—Para vos.
Dante apagó el motor.
—Para los dos.
El silencio volvió.
Ninguno se movió durante unos segundos.
Como si ese momento fuera el último antes de cruzar otra línea.
—Bajá —dijo finalmente.
Valentina dudó.
Un segundo.
Dos.
Pero sabía que quedarse en el auto no cambiaba nada.
Abrió la puerta.
Bajó.
El aire frío le golpeó la piel.
La hizo reaccionar.
La hizo sentir.
Dante rodeó el auto.
Se acercó.
—No intentes escapar.
Valentina lo miró.
—No pensaba hacerlo.
Dante sostuvo su mirada un segundo más.
Como si evaluara si mentía.
—Bien.
Entraron.
El interior era tan imponente como él.
Limpio.
Ordenado.
Frío.
Todo en su lugar.
Sin errores.
Sin caos.
Como si el desorden no tuviera permitido existir ahí.
Como si las emociones tampoco.
Valentina avanzó despacio, mirando alrededor.
—Vivís acá.
—A veces.
—¿Y el resto del tiempo?
—Donde tenga que estar.
La respuesta no ayudó.
Pero tampoco esperaba que lo hiciera.
—Sentate.
Señaló un sillón.
Valentina dudó.
Pero finalmente lo hizo.
Dante no se sentó.
Se quedó de pie.
Observándola.
Como siempre.
Como si no pudiera dejar de hacerlo.
—¿Por qué yo? —preguntó ella de repente.
El silencio se hizo más profundo.
—¿Qué?
—Podías haberme hecho desaparecer.
Las palabras salieron más frías de lo que sentía.
Más duras.
—Pero no lo hiciste.
Dante no respondió de inmediato.
Se acercó.
Lento.
Controlado.
Se detuvo frente a ella.
—Porque no quise.
—No es una respuesta.
—Es la única que necesitás.
Valentina negó.
—No.
Se puso de pie.
Quedando frente a él.
Más cerca.
Demasiado cerca.
—Quiero la verdad.
Silencio.
Uno largo.
Tenso.
Y entonces…
Dante bajó la mirada hacia sus labios.
Un segundo.
Solo uno.
Pero suficiente.
—La verdad… —murmuró— es que me interesás.
El corazón de Valentina se descontroló.
—Eso no explica nada.
—Para mí sí.
—No soy un objeto que podés elegir.
—No.
Su voz bajó.
Más grave.
Más intensa.
—Sos alguien que quiero.
El aire se volvió fuego.
Valentina sintió el impacto en todo el cuerpo.
—No podés querer algo que no conocés.
—Puedo.
—No.
—Sí.
El choque fue inmediato.
—Esto no es normal.
—Nunca dije que lo fuera.
—Esto está mal.
Dante inclinó apenas la cabeza.
—Depende de cómo lo mires.
Valentina retrocedió un paso.
Necesitaba espacio.
Aire.
—No voy a ser parte de esto.
Silencio.
—Ya lo sos.
El golpe fue directo.
—No.
—Sí.
Su tono no dejaba lugar a discusión.
—Desde el momento en que entraste ahí… todo cambió.
Valentina sintió cómo algo dentro de ella se tensaba.
—No podés decidir eso por mí.
Dante dio un paso hacia adelante.
Recortando la distancia otra vez.
—Ya lo hice.
El aire desapareció.
—No.
—Sí.
Su mano se alzó.
Esta vez más lenta.
Más consciente.
Sus dedos rozaron su mejilla.
Y Valentina no se apartó.
No pudo.
—Podés pelearlo —murmuró él—. Podés negarlo.
Su pulgar se deslizó apenas.
—Pero no vas a poder salir.
El corazón le golpeó con fuerza.
—¿Por qué?
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Y entonces…
Dante se inclinó apenas.
Lo suficiente para que su voz fuera solo para ella.
—Porque ya lo sentís.
El mundo se detuvo.
Valentina lo miró.
Y en ese instante…
No pudo mentir.
No completamente.
Porque algo dentro de ella…
Había cambiado.
—No —susurró.
Pero no sonó convencida.
Dante lo vio.
Claro que lo vio.
Y sonrió.
Leve.
Oscuro.
Satisfecho.
—Sí.
El silencio explotó entre los dos.
Y por primera vez…
Valentina no supo si quería escapar.
O quedarse.
Y eso…
Eso fue lo más peligroso de todo.
Esa noche…
En esa casa…
En ese silencio cargado de tensión…
Algo empezó.
No fue amor.
No fue deseo.
No fue nada fácil de nombrar.
Pero fue real.
Intenso.
Oscuro.
Inevitable.
Y Dante Moretti lo sabía.
Porque ya no se trataba solo de control.
Se trataba de algo mucho más profundo.
Algo que recién empezaba a crecer.
Y que ninguno de los dos, iba a poder detener.