Humillada, abandona, perdida y con el corazón completamente destrozado, Lucina se reencuentra con su familia para sanar y recuperar su vida. Su sentimiento de venganza esta latente en ella, pero no contaba con que su corazón fuera cautivado por el hombre que la salvo de la muerte. Ahora, lucha contra sus propios sentimientos y la intensa cercanía de Franco, quien no esta dispuesto a dejarla escapar de sus manos.
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¡No tienes derecho a decidir sobre mì!
Tras el incidente en la oficina de su padre, Franco había intentado concentrarse en su trabajo, pero le fue imposible. Sabía que sus padres le estaban ocultando algo, y probablemente tenía que ver con él. A esto también le sumaba la revolución de sus emociones cada vez que pensaba en ella. Y gracias a todo eso, los documentos que tenía en sus manos, perdían toda importancia.
Muchas veces su mente divagaba en la manera como la encontró tirada en la carretera, la sangre que la rodeaba, y aquel débil susurro: "Mi bebé..." Apretó la mandíbula ligeramente al recordar lo que había descubierto.
— No fue un accidente…
Cada vez tenía más certeza sobre eso. ¿Estaba huyendo de alguien? ¿De verdad la habían abandonado? ¿Por qué intentaron asesinarla?
Demasiados interrogantes sin ninguna respuesta. Exhaló con frustración por su incapacidad para encontrar una explicación. Ahora, a eso le sumaba el misterio y la actitud sospechosa de sus padres, lo que confirmaba que algo andaba mal.
En ese momento fue sacado de sus pensamientos cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Franco levantó la mirada, molesto por la intromisión. Pero se sintió más irritado al ver quien era. Su secretaria entró con una sonrisa que ya le resultaba insoportable.
— Jefe… ¿Le traigo algo de tomar? — Dijo con tono insinuante. — ¿O prefiere relajarse un poco?
Franco se quedó en silencio, observándola con una frialdad ya habitual. Estaba harto; no era la primera vez que se encontraban en una situación similar. Cuando ella intentó acortar la distancia, él la detuvo de inmediato, sujetándola de la muñeca con firmeza.
— ¿Vienes aquí a trabajar… o a venderte a tus jefes? — Dijo mientras volvía la vista a los documentos en mano.
Ella por su parte, solo sonrió, creyendo que su actitud fría era solo parte del juego. Pero lastimosamente, ese había sido un grave error.
— Puedo hacer ambas cosas si usted así…
Ella no pudo terminar de hablar porque Franco se levantó bruscamente tomándola del brazo, y la arrastró hasta sacarla de la oficina, provocando que ésta cayera al suelo.
— Recoge tus cosas... — Dijo con desdén. — …y lárgate.
— P-Pero señor…
— ¡Ahora!
El tono de su voz cerró toda posibilidad de réplica. Ella se levantó del suelo, completamente humillada, aunque intentando conservar la dignidad perdida ante los ojos de toda la oficina, que había presenciado la escena. Estos se burlaban de ella debido a que había resultado igual que las demás. Ante esto, no le quedó más remedio que abandonar el lugar.
Franco azotó la puerta. Volviendo a su sitio tras el escritorio, frotándose la sien para mitigar la furia.
— Cuarta… — Susurro para sí mismo.
Esa ya era la cuarta secretaria que despedía por lo mismo. Por supuesto que él no tenía ningún problema con las mujeres. Pero no toleraba ese tipo de comportamientos, donde las mujeres eran capaces de hacer cualquier cosa solo por escalar en la sociedad.
Sus relaciones siempre habían sido claras, directas, y sin intereses ocultos. O al menos eso creía, porque desde hacía días que su mente no dejaba de regresar a alguien que no encajaba en nada de eso, y eso solo lo irritaba más de lo que quería admitir.
Esa misma noche, Franco decidió ir a la casa familiar. Apenas llegó, notó otro auto en la entrada, y este era el de su abuelo. Un mal presentimiento se instaló de inmediato en su pecho, y al entrar, el tono de las voces lo confirmaron.
— No obligarás a mi hijo a casarse con una desconocida. — La voz de Andrew resonó con fuerza.
— Lo hicimos contigo. — Respondió el hombre mayor con frialdad. — No veo la diferencia.
— Yo sí.
Hablo Franco desde el umbral de la entrada a la sala. El silencio cayó de inmediato, generando mucha más tensión.
— ¿Puedo opinar sobre lo que hablan? — Continuo èl con tranquilidad.
— Tu futuro lo deciden los mayores. — Dijo su abuelo observando con detenimiento.
— Es curioso… — Soltó Franco mientras sonreía sin ánimo. — Porque yo no recuerdo haberte dado autoridad sobre mi futuro.
— Franco, déjanos… — Trato de intervenir Samara con suavidad.
— No, mamá. — La interrumpió observándola por un instante. — Quiero escuchar esto.
Volvió a mirar a su abuelo con seriedad, consciente de su tendencia a imponer su voluntad. Lo había hecho con su padre, y por suerte su madre había sido la elegida. Sin embargo, no podía permitir que intentara hacer lo mismo con él.
— ¿Qué prometiste?
— Ya estás en edad de casarte, y necesitas herederos. Por eso me tomé la molestia de buscar a la candidata adecuada. — Dijo su abuelo con orgullo. — En un mes será el compromiso.
El silencio fue absoluto. Franco le sostuvo la mirada por unos segundos, y luego sonrió. Pero su sonrisa no tenía nada de amable.
— Entiendo su preocupación. — Dijo con calma. — Pero creo que olvida algo. — Se acercó dando un paso. — Ya no estamos en una época donde se negocian matrimonios como si fueran contratos comerciales.
La voz de Franco no subió de tono, pero estaba impregnada de una furia reprimida. Si algo detestaba era que intentaran inmiscuirse en su vida, doblegarlo o imponerle su voluntad.
— No tengo prisa por casarme, abuelo. Y mucho menos con alguien que no elegí. — El ambiente se tensó. — No soy un niño, y aunque sea su nieto… — Continuó. — …eso no le da derecho a decidir por mí.
Se giró, dispuesto a irse. No estaba dispuesto a ceder ante el absurdo de su abuelo, pero la advertencia de este lo detuvo.
— Si no lo haces le quitaré la empresa a tu padre.
Franco se giró lentamente, y volvió a mirarlo. Pero esta vez no había ni un solo rastro de paciencia.
— Adelante. — Respondió con seguridad. — Hágalo. — Hizo una pausa y volvió a hablar. — Pero estoy completamente seguro de que mis padres sabrán vivir perfectamente sin ella.
El silencio que se produjo después fue distinto, marcado por el hecho de que por primera vez nadie estaba dispuesto a obedecer. A pesar de las posibles consecuencias, porque a Franco eso era lo que menos le importaba.