Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!
- ¡Pero si yo no fui!
Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!
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Capítulo 6: Las olas y las espadas
Viollet
La finca de los acantilados era un lugar que la primera vez nunca llegué a conocer. Rubén había partido a las islas del norte tres días después de la boda, y yo había permanecido en el palacio de Dubrey, sola entre criados que me observaban con lástima y enemigos que afilaban sus cuchillos a mis espaldas. Ahora, en cambio, el carruaje nos había depositado al atardecer frente a una mansión de piedra gris asomada al mar, con torres redondas que desafiaban al viento y jardines que caían en terrazas hasta los acantilados.
El aire olía a sal, a algas y a libertad.
—¿Te gusta? —preguntó Rubén a mi espalda, y en su voz había algo que casi parecía incertidumbre.
Me volví hacia él con una sonrisa genuina, la primera que no necesitaba ensayar.
—Es el lugar más hermoso que he visto en mi vida.
Algo se suavizó en sus facciones. Apenas un instante, tan breve que si no hubiera estado observando con la atención de quien ha aprendido a leer cada gesto de sus enemigos, lo habría perdido.
—Mi madre la mandó construir —dijo, caminando hacia el acantilado con las manos enlazadas a la espalda—. Decía que el mar la ayudaba a pensar. Yo venía aquí cuando era niño, antes de que la corte y las guerras me robaran el tiempo.
—¿Y ahora? —pregunté, acercándome con cuidado, manteniendo la distancia justa para no invadir su espacio.
—Ahora la uso para escapar.
La palabra escapó flotó entre nosotros como un secreto compartido. No pregunté de qué escapaba. Sabía que las respuestas llegarían con el tiempo, y que presionarlo ahora solo haría que se cerrara como una ostra.
Los primeros días en la finca fueron un baile de aproximaciones cautelosas.
Rubén se levantaba antes del alba para recorrer los acantilados a caballo. Yo lo veía desde la ventana de mi habitación, una figura oscura contra el cielo encendido, y me preguntaba qué demonios lo impulsaba a castigarse con esas caminatas solitarias. Cuando regresaba, desayunábamos en silencio en el gran comedor, él con sus informes militares, yo con un libro que tomaba de la biblioteca y cuyas páginas fingía leer mientras lo observaba por encima del lomo.
Era un hombre de gestos contenidos. Cortaba el pan con la precisión de quien empuña una espada, bebía el café negro sin azúcar, y cuando sus ojos grises se alzaban para encontrarse con los míos, había en ellos una intensidad que me desarmaba cada vez.
—¿Qué lees? —me preguntó al tercer día, rompiendo por fin el silencio que se había instalado entre nosotros.
—Historia de las guerras del norte —respondí, mostrándole el lomo—. Me pareció apropiado, dado que casi voy a parar a ellas.
Rubén dejó la taza con cuidado.
—¿Te refieres a la misión que cancelé?
—Me refiero a la misión que mi hermano no sobrevivió —corregí con suavidad, pero con un filo que no pasó desapercibido.
El silencio que siguió fue de otra naturaleza. No era la distancia cortés de los primeros días, sino una pausa cargada de algo que no supe nombrar.
—Darell me salvó la vida —dijo Rubén al fin, y su voz era más grave de lo habitual—. No una vez, sino muchas. La última, pagó con la suya. Yo estaba herido, no podía moverme, y él me cubrió con su cuerpo mientras los arqueros del rey nos acribillaban desde las colinas. Cuando los refuerzos llegaron, él ya había perdido demasiada sangre. Me dijo… —hizo una pausa, y vi cómo sus dedos se tensaban sobre la mesa—. Me dijo que te cuidara.
El corazón me dio un vuelco. No porque no supiera la historia —la primera vez la había escuchado de labios de otros, fragmentada, distorsionada—, sino porque escucharla de él, con esa voz que parecía desgarrarse en cada palabra, era como tocar la herida abierta de mi hermano por primera vez.
—Y por eso te casaste conmigo —dije, y no fue una pregunta.
—Por eso —confirmó, y por un instante, sus ojos grises se encontraron con los míos con una honestidad que me dejó sin aliento—. Pero no solo por eso.
—¿Entonces?
Rubén se puso de pie con un movimiento brusco, como si la cercanía de la confesión lo incomodara.
—Hay cosas que aún no puedo decirte. Pero quiero que sepas que no eres una carga, Viollet. No para mí.
Fue la primera vez que pronunciaba mi nombre sin el tratamiento de “duquesa”. Sonó en sus labios como un acorde que no sabía que necesitaba escuchar.
—Entonces —dije, levantándome también y enfrentándolo con una sonrisa que esta vez no escondía nada—, deja de tratarme como a una invitada y empieza a tratarme como a lo que soy: tu esposa. Eso significa compartir tus preocupaciones, no encerrarte en tu estudio con tus mapas mientras yo me entretengo con libros de historia.
Rubén me miró con una mezcla de sorpresa y algo que se parecía peligrosamente a la diversión.
—¿Siempre fuiste tan directa o es algo que has estado escondiendo?
—He estado escondiendo muchas cosas —dije, y dejé que la verdad brillara en mis ojos—. Pero contigo no quiero hacerlo.
No supe por qué dije eso. Era peligroso, demasiado peligroso, mostrarle incluso una parte de mi verdad cuando aún no sabía si podía confiar en él del todo. Pero había algo en su mirada, en la forma en que pronunciaba el nombre de Darell, que me decía que este hombre no era el enemigo. Que quizá, en otra vida que ya no existía, pudo haberlo sido por omisión, por distancia. Pero ahora estaba aquí, frente a mí, con sus demonios a cuestas y su espada siempre lista, y yo ya no era la mujer que esperaba en silencio a que alguien la salvara.
Rubén se acercó un paso. Solo uno, pero lo suficiente para que sintiera el calor de su cuerpo a través de la fina tela de mi vestido.
—Si vamos a hacer esto —dijo, y su voz era baja, apenas un susurro—, necesito saber una cosa.
—Dime.
—¿Por qué me miras como si ya me conocieras?
El aire se hizo espeso. Las olas rompían abajo, en los acantilados, con un estruendo que parecía el latido del mundo. Contuve la respiración y sostuve su mirada.
—Porque en cierto modo, sí —respondí, y era verdad, aunque no toda—. Darell me hablaba de ti en sus cartas. Decía que eras el hombre más honorable que había conocido, pero también el más solitario. Que llevabas el mundo sobre los hombros como si fuera tuya la culpa de todo lo que salía mal. Yo vi eso en ti desde el primer día, en el altar. Y no quiero que sigas cargando solo.
El silencio se alargó. Sus dedos se alzaron, lentos, como si fuera a tocar mi mejilla, pero se detuvieron a medio camino. Vi cómo la lucha interna se reflejaba en sus ojos: el hombre de hielo contra algo que empezaba a descongelarse.
—Eres muy parecida a él —dijo al fin, y su mano cayó—. Darell también decía siempre lo que pensaba. Sin miedo.
—Darell me enseñó que el silencio es el mejor aliado de los cobardes —respondí, y di un paso atrás para liberarlo de la tensión que lo atenazaba—. Pero también me enseñó que hay que saber cuándo hablar y cuándo callar. Así que no te preocupes, duque. No voy a asaltarte con confesiones todas las mañanas.
Algo que parecía alivio cruzó su rostro, pero también, si no me equivocaba, un destello de decepción.
—Rubén —dijo.
—¿Qué?
—Mi nombre. Si vamos a ser esposos, al menos de cara al mundo, puedes llamarme Rubén cuando no haya nadie delante.
Sonreí, y esta vez no tuve que forzar nada.
—Rubén —repetí, saboreando las sílabas—. Entonces tú me llamarás Viollet.
—Viollet —dijo, y la forma en que sus labios pronunciaron mi nombre hizo que algo se estremeciera en mi pecho.
Esa noche, cuando me retiré a mi habitación, encontré sobre la mesilla un libro diferente: no era la historia de las guerras del norte, sino un tratado de botánica marina, con anotaciones manuscritas en los márgenes que reconocí como la letra de Darell. En la primera página, una nota breve:
“Para que conozcas las flores de este mar que tanto amaba tu hermano. R.”
Apreté el libro contra mi pecho y sentí cómo los bordes de la armadura que había construido a mi alrededor comenzaban a desdibujarse.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Gracias por leer 😊 ❤️
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰