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Secreto bajo la luna
La noche continuó, pero para mí el tiempo parecía haberse detenido mientras bailaba en los brazos de Kaelen. Sentía las miradas de todos, los susurros y las envidias, pero nada de eso importaba. Solo importaba el calor de sus manos en mi cintura y la forma en que esos ojos grises me miraban, como si quisiera descubrir cada rincón de mi alma.
Cuando la música terminó, él no me soltó de inmediato. Se inclinó levemente y besó el dorso de mi mano, un gesto protocolario pero que hizo que un escalofrío me recorriera toda la espalda.
—Bien hecho, esposa —murmuró—. Has silenciado a todos.
Regresamos al carruaje poco después. El viaje de vuelta fue diferente. Ya no había silencio incómodo. Kaelen se veía relajado, casi... alegre. Se quitó el saco y lo dejó a un lado, aflojándose el cuello de la camisa.
—Valeria no te volverá a molestar —dijo de repente, mirando por la ventana—. Nadie lo hará ahora que saben que no eres débil.
—No soy débil porque no tengo nada que perder, Su Excelencia —respondí sinceramente—. Ya estuve muerta una vez, el miedo se quedó atrás.
Él se giró y me miró fijamente. Sus ojos brillaban con intensidad en la penumbra del carruaje.
—A veces me pregunto... ¿quién eres realmente? —susurró, acercándose poco a poco a mí—. La mujer que conocía era de cristal, se rompía con solo mirarla. Tú... tú eres de fuego.
Su rostro estaba tan cerca que podía sentir su aliento. Mi corazón latía con fuerza, un miedo mezclado con una emoción que no entendía.
—Soy la misma persona, solo que... despierta —susurré, sin apartar la mirada.
Kaelen levantó una mano y con sus dedos recorrió suavemente mi mejilla, bajando hasta mi mandíbula. Era un gesto tierno, completamente opuesto a su dureza habitual.
—Me gusta... —murmuró, y sus labios estuvieron a punto de tocar los míos.
Pero justo en ese momento, el carruaje se detuvo bruscamente. Habíamos llegado al castillo. El momento se rompió como cristal.
Kaelen suspiró y se apartó rápidamente, volviendo a ponerse su máscara de Duque serio y distante.
—Llegamos —dijo con sequedad, bajando primero.
Subimos a nuestras habitaciones. Al llegar a la puerta de mi cuarto, me detuve. Él también se detuvo.
—Buenas noches, Elena —dijo, pero su voz ya no era tan fría.
—Buenas noches, Kaelen —respondí, y por primera vez lo llamé por su nombre sin el "Señor" ni el "Duque".
Vi cómo sus ojos se abrían un poco por la sorpresa, pero no dijo nada. Solo asintió y se fue hacia sus aposentos.
Esa noche, no podía dormir. Mi mente iba a mil por hora. ¿Qué había pasado ahí? ¿Realmente él sentía algo por mí o solo era juego?
Me levanté de la cama y me acerqué al balcón. La noche era hermosa, llena de estrellas y una luna enorme. El aire fresco me golpeó el rostro.
De repente, escuché un ruido abajo, en el jardín. Alguien caminaba entre las sombras. No parecía un guardia, su forma de moverse era sigilosa, sospechosa.
Fruncí el ceño. ¿Quién sería a esta hora?
Sin pensarlo mucho, bajé las escaleras de servicio. Mi curiosidad era más fuerte que mi miedo. Me escondí detrás de un gran arbusto de rosas y observé.
La figura se detuvo bajo la luz de la luna. Era una mujer. Y no era cualquier mujer... era Lila.
Pero no estaba sola. Hablaba con un hombre encapuchado que no lograba ver bien.
—Todo va según el plan —decía Lila, y su voz ya no era dulce ni sumisa, sino fría y calculadora—. Ella cambió, se comporta extraño, pero el Duque está cada vez más interesado en ella.
—Perfecto —respondió el hombre con voz grave—. Mantenla vigilada. Necesitamos saber qué sabe y cómo despertó. Si ella recuerda... o si realmente es quien dice ser, tenemos que eliminarla antes de que sea tarde.
Sentí como si me hubieran dado un golpe en el estómago. ¡Lila! ¡Mi doncella! ¡La única persona en la que confiaba! Me estaba traicionando. Y no solo eso... ellos sabían que algo raro pasaba conmigo.
—¿Y la orden final? —preguntó Lila.
—Cuando llegue el momento... la matarás tú misma —dijo el hombre—. El Duque no debe sospechar nada hasta que sea demasiado tarde.
Las piernas me temblaron. Sin querer, pisé una rama seca.
CRAC.
—¿Quién está ahí? —gritó el hombre, girándose bruscamente hacia mi escondite.