Del dolor al amor
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Esa noche, con el peso ligero de Gitta contra mi pecho en la penumbra de la mansión, algo terminó de romperse para dar paso a una determinación feroz. Lo entendí con la claridad de un rayo: mi vida ya no me pertenecía. Me dedicaría a ella en cuerpo y alma. Gitta sería mi norte, y el trabajo, mi armadura. No habría espacio para nada más. Ni para nuevos amores, ni para consuelos fatuos, ni para la felicidad propia. Solo ella, mi pequeña princesa, y el imperio que algún día heredaría.
A partir de entonces, los días, las semanas y los meses se fueron como agua entre los dedos. El tiempo, que antes se sentía como una losa de plomo, adquirió el ritmo frenético de mi propia urgencia por verla crecer y, al mismo tiempo, por enterrar mi dolor bajo montañas de expedientes. Cuando quise darme cuenta, el silencio de la casa se había llenado de nuevos sonidos. Gitta ya había probado su primera papilla, dejando manchas de color en su rostro que me arrancaban chispas de una alegría que creía muerta. Ya había dado sus primeros pasos, tambaleándose por los pasillos de mármol mientras yo la seguía de cerca, con el corazón en la garganta, temiendo que el mundo volviera a arrebatarme lo único que amaba.
Se convirtió en una pequeña zarina. No había otra forma de describirla. Tenía esa autoridad natural, ese magnetismo que hacía que todo el personal de la mansión se moviera a su ritmo. Incluso el mismo patriarca de la casa, mi padre, ese hombre de hierro que nunca había doblado la rodilla ante nadie, se rendía a sus pies con una sola sonrisa de la niña. Era fascinante y aterrador ver cómo una criatura tan pequeña gobernaba el destino de los Von Hardenberg con un simple gesto de sus manos diminutas.
De pronto, el calendario empezó a deshojarse con una velocidad vertiginosa. Un año se cumplió entre pasteles y la ausencia palpable de una madre que debería haber estado allí para apagar la vela. Luego dos, tres... y de repente, cuatro años habían pasado frente a mis ojos.
Gitta ahora corría por los jardines, su risa resonando como campanillas de cristal contra las estatuas de piedra. Tenía cuatro años de luz, de preguntas incesantes y de esa curiosidad que me desarmaba cada mañana. Ella era un milagro viviente, el retrato hablado de la mujer que perdí, pero con una chispa propia que me obligaba a mantenerme firme.
Yo, por mi parte, seguía muerto por dentro. Era un espectro elegante que vestía trajes a medida y cerraba tratos millonarios antes del almuerzo. Seguía siendo ese hombre que se quedó en el pasillo de un hospital, pero me mantenía de pie por ella. Mi amor por Gitta era el exoesqueleto que me permitía caminar, hablar y dirigir empresas sin desmoronarme. Por fuera, el mundo veía al exitoso Bruno Von Hardenberg, el viudo de oro, el estratega implacable. Por dentro, solo era un náufrago que había aprendido a construir una balsa con los restos de su naufragio.
Cada noche, después de leerle su cuento favorito y besar su frente, me quedaba observándola dormir. En la penumbra de su habitación, le contaba en susurros las cosas que su madre nunca pudo decirle. Le hablaba de la universidad, de cómo nos enamoramos entre libros de derecho y cafés baratos, y de cómo ella era el resultado de un amor tan puro que la muerte no pudo extinguirlo del todo.
Habían pasado cuatro años y el dolor no se había ido; simplemente nos habíamos hecho amigos. Yo le daba su espacio y él me permitía ser el padre que Gitta merecía. Estaba de pie, firme como un roble, protegiendo a mi pequeña zarina de cualquier viento fuerte, mientras esperaba, en secreto, que algún día el frío de mi alma finalmente encontrara un poco de tregua en el calor de su sonrisa.