"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."
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CAPÍTULO 3: La Teoría del Refuerzo Intermitente
En psicología conductista hay un principio que explica por qué algunas personas se vuelven adictas a las máquinas tragaperras, por qué otras revisan el móvil cada cuarenta segundos y por qué, en general, los seres humanos somos tan absurdamente predecibles cuando se trata de desear lo que no tenemos seguro.
Se llama Refuerzo Intermitente.
En términos simples: si le das a una rata una bolita de comida cada vez que pulsa una palanca, la rata aprenderá rápido. Pero si solo le das la bolita a veces, de forma impredecible, la rata se volverá loca. Pulsará la palanca sin parar. Día y noche. Hasta el agotamiento. Porque la incertidumbre de la recompensa es más adictiva que la recompensa misma.
Yo, Valeria Núñez, doctora en Psicología Social, especialista en conducta humana, autora secreta de novelas románticas y rata de laboratorio emocional, llevaba exactamente doce días pulsando la palanca.
La palanca se llamaba Andrés Montenegro.
Y él, el muy bastardo, había leído mi libro.
Literalmente. "Veinte Maneras de Enamorarte (Sin Morir en el Intento)" incluía un capítulo entero —el capítulo siete— dedicado a explicar el Refuerzo Intermitente en las relaciones afectivas. Lo escribí después de que mi exnovio, Marcos el Filósofo Existencialista (así lo llamaba Clara), me aplicara sin saberlo el patrón de "te quiero, ahora no, ahora sí, ahora necesito espacio para pensar en el ser y la nada". Tres años de tesis doctoral sentimental que terminaron conmigo llorando en el baño de un congreso sobre apego adulto mientras comía galletas de la máquina expendedora.
El capítulo siete era mi venganza literaria. Una advertencia camuflada de autoayuda para que otras incautas no cayeran en la misma trampa.
Y Andrés se lo había leído.
Día 1 (Lunes): Café en El Psicoanálisis
—Hoy no puedo —me dijo por WhatsApp a las nueve de la mañana, justo cuando yo ya tenía el abrigo puesto—. Reunión de último minuto. ¿Te parece mañana?
—Claro —respondí, con la madurez emocional de una mujer adulta y funcional.
Luego pasé veinte minutos analizando el mensaje. "Hoy no puedo". Tres palabras. Sin emojis. Sin signos de exclamación. ¿Era una negativa genuina o una aplicación deliberada del principio de Refuerzo Intermitente? ¿Estaba jugando conmigo o simplemente tenía una reunión?
Schrödinger me miró desde el sofá con ese desprecio felino que significaba: "Estás analizando un mensaje de tres palabras. Has caído más bajo que yo cuando persigo el puntero láser."
Día 2 (Martes): Café en El Psicoanálisis
Apareció puntual. Traía un libro bajo el brazo. Mi libro. "El Corazón y sus Laberintos", primera edición digital que algún desalmado había imprimido y encuadernado artesanalmente.
—¿De dónde has sacado eso? —pregunté, horrorizada.
—Internet lo puede todo. ¿Me lo firmas?
—Eso es ilegal. Es una copia no autorizada. Viola los términos de Noveltoom.
—Lo sé. ¿Me lo firmas?
Se lo firmé. Escribí: "Para Andrés, el espécimen que viola los derechos de autor. Con cariño (y un poco de terror). V. Núñez."
Él sonrió. AU6 y AU12. Músculos cigomáticos. Mi sistema simpático otra vez haciendo de las suyas.
—Hoy invito yo —dijo—. Para compensar lo de ayer.
Refuerzo positivo. Maldita sea.
Día 3 (Miércoles): No hubo café
—Hoy tengo una presentación a un cliente —me escribió—. ¿Te parece si te debo una?
—Claro —respondí.
Esta vez solo pasé quince minutos analizando el mensaje. Progreso.
Esa noche, a las once y cuarto, recibí una notificación de Noveltoom. MrBrightside_Ads había comentado el último capítulo de mi novela en curso, "Veinte Maneras de Olvidarte (Y Otras Mentiras que Nos Contamos)":
"Capítulo excelente. La protagonista debería dejar de analizar tanto los mensajes de WhatsApp y simplemente disfrutar. P.D.: Yo tampoco puedo mañana. Tengo una videollamada con Frankfurt. P.D.2: Pero el viernes te debo dos cafés. Y una sorpresa."
Maldito. Me estaba aplicando el Refuerzo Intermitente. Y lo peor era que lo estaba haciendo citando mi propio libro.
Día 6 (Viernes): Dos cafés y una sorpresa
La sorpresa era un ejemplar original, legal y perfectamente editado de "El Corazón y sus Laberintos". Lo había encontrado en una librería de viejo en el Raval. Primera edición en papel, autoeditada por mí en 2020, de la que solo imprimí cincuenta copias para regalar a amigos y familiares. Mi madre tenía una. Clara tenía otra. Yo tenía tres en una caja bajo la cama.
Y ahora Andrés tenía la número cuarenta y siete.
—¿Cómo la has conseguido? —pregunté, acariciando la portada como si fuera una reliquia sagrada.
—Internet lo puede todo. Otra vez. ¿Me la firmas?
—Ya te firmé la copia pirata.
—Esa era pirata. Esta es legal. Merece su propia dedicatoria.
La firmé. Escribí: "Para Andrés, que ha leído mis libros, ha corregido mis besos y ahora tiene en su poder pruebas materiales de mi doble vida. Si esto sale mal, recuerda que sé dónde vives. V. Núñez."
—¿Esto es una amenaza o una promesa? —preguntó, leyendo la dedicatoria.
—Es un mecanismo de defensa con tendencia a la paranoia. Está en el DSM-V.
—Lo he leído. Página trescientos veintidós.
—Has leído el DSM-V.
—Solo las partes que mencionaste en "Bajo el Cielo de Tus Ojos". Hice anotaciones.
Dios mío. Estaba perdida.
Día 9 (Lunes): La Teoría se Desmorona
Para el noveno café, yo ya había abandonado cualquier pretensión de análisis científico. Había pasado de ser la observadora a ser la observada. De psicóloga a sujeto experimental. De Valeria la racional a Valeria la que revisaba el móvil cada tres minutos para ver si él había escrito.
Clara, mi mejor amiga y única confidente, me lo dijo claramente durante nuestra cena semanal de los jueves:
—Estás jodida.
—No estoy jodida. Estoy recopilando datos.
—Estás jodidísima. Has usado la palabra "datos" para describir tus sentimientos. Eso es el nivel cinco de negación. El siguiente nivel es comprar un gato más.
—Schrödinger no aceptaría un compañero.
—Schrödinger te está mirando ahora mismo con cara de "mi humana es idiota". Lo veo por videollamada.
Era cierto. Schrödinger, desde su cojín favorito, me observaba con el desprecio acumulado de siete vidas.
—Clara, ha leído mis libros. Todos. Sabe cómo funciona mi cerebro. Sabe qué mecanismos utilizo para protegerme. Sabe que escribo finales felices porque no me atrevo a vivirlos.
—Y aun así, ahí estás. Tomando café con él cada dos días. Contándole cosas que no le has contado a nadie. Dejando que te regale ediciones imposibles de tus propias novelas. Valeria, eso no es un experimento. Eso es una relación.
—No puede ser una relación. No hemos hablado de nada. No hay etiquetas. No hay expectativas.
—¿Y qué hay?
Silencio.
—Hay cafés —dije finalmente—. Y conversaciones. Y miradas que duran un segundo más de lo necesario. Y un tipo que corrige las inexactitudes anatómicas de mis escenas de besos.
—O sea, una relación.
—O sea, un desastre metodológico.
Clara suspiró con esa paciencia infinita que solo las mejores amigas poseen.
—Vale. Vamos a aplicar tu método. ¿Qué le dirías a una paciente que te describiera exactamente esta situación?
Odiaba cuando Clara usaba mis propias armas contra mí.
—Le diría que está experimentando los síntomas clásicos del enamoramiento incipiente. Activación del sistema de recompensa dopaminérgico. Idealización del objeto de deseo. Ansiedad anticipatoria ante la separación. Y un marcado descenso en la capacidad de juicio crítico.
—¿Y qué le recomendarías?
—Que huyera. Que bloqueara el contacto. Que se centrara en su carrera y en su gato.
—¿Y por qué no lo haces tú?
Porque no quiero. Porque cada vez que veo su nombre en la pantalla del móvil, mi estómago da un vuelco que ninguna teoría psicológica puede explicar del todo. Porque cuando me mira con esos ojos color avellana, no veo a un espécimen ni a un sujeto experimental. Veo a Andrés. Solo a Andrés.
—Porque soy una hipócrita —dije en voz alta.
—Bienvenida al club —respondió Clara—. Tenemos camisetas.
Día 12 (Jueves): El Punto de Inflexión
El decimosegundo café fue diferente.
Andrés llegó tarde. Quince minutos. No me importó porque yo también había llegado tarde. Nos encontramos en la puerta de El Psicoanálisis, bajo el neón rosa del diván de Freud, con las manos en los bolsillos y una sonrisa tonta en la cara.
—Hoy no traigo sorpresas —dijo.
—Hoy no necesito sorpresas.
Pedimos lo de siempre. Complejo de Edipo para él. Ello, Yo y Súper Café para mí. Nos sentamos en nuestra mesa de siempre, junto a la ventana. El barista nos saludó con un gesto de cabeza. Ya éramos clientes habituales. Ya teníamos "lo de siempre".
—Valeria —dijo Andrés, y su tono era distinto. Más grave. Más lento. Como si estuviera eligiendo las palabras con el cuidado de quien camina sobre hielo fino—. Tengo que confesarte algo.
Mi estómago se contrajo. Mi cerebro analítico se puso en alerta máxima. Esto es. El golpe. La retirada. El "necesito espacio". El refuerzo intermitente llega a su fin.
—Te escucho.
—He estado aplicando el Refuerzo Intermitente.
—Lo sé.
—Lo sabías.
—Soy psicóloga. Y escribí el capítulo siete.
—Ya. Bueno. Pues quería decirte que... dejo de aplicarlo.
Parpadeé.
—¿Cómo?
—Que no quiero jugar. No quiero ser el publicista que crea necesidades artificiales. No quiero ser el espécimen que analizas desde detrás de tus gafas. Quiero ser... —respiró hondo—. Quiero ser Andrés. Solo Andrés. El que te lee cada noche. El que llora en los aeropuertos con tus finales. El que quiere tomar café contigo todos los días, no solo cuando toca refuerzo positivo.
—Andrés...
—Déjame terminar. Lo he ensayado. En el espejo del baño. Tres veces.
Solté una risa. Él también. La tensión se rompió como una pompa de jabón.
—No sé qué es esto —continuó—. No sé si es el principio de algo o solo una anécdota bonita para contar en Noveltoom. Pero sé que quiero averiguarlo. Sin juegos. Sin teorías. Sin ANOVA.
—Sin ANOVA es mucho pedir.
—Sin ANOVA por ahora. ¿Te parece?
Miré por la ventana. La calle estaba llena de gente normal con vidas normales. Gente que se enamoraba sin analizar los neurotransmisores implicados. Gente que se besaba sin comprobar la plausibilidad anatómica. Gente que, sencillamente, sentía.
Yo quería ser esa gente. Aunque fuera por una vez. Aunque fuera solo por un café.
—Trato hecho —dije—. Pero con una condición.
—Usted dirá.
—Si esto sale mal, el próximo libro se llama "Veinte Maneras de Superar a un Publicista que Leyó Todos Mis Libros y Aun Así Me Rompió el Corazón". Y te dedico un capítulo entero. El más triste.
Andrés sonrió. La sonrisa completa. La que yo ya no podía clasificar en unidades de acción facial porque simplemente era su sonrisa.
—Trato hecho —dijo—. Pero no lo necesitarás.
—¿Ah, no? ¿Y cómo lo sabes?
—Porque ya tengo el título del próximo. Se llama "Veintiuna Maneras de Enamorarte (Sin Morir en el Intento)". Y lo escribiremos juntos.
Alargó la mano sobre la mesa. La palma hacia arriba. Una invitación. Un puente.
Yo puse mi mano sobre la suya. Su piel estaba caliente. Su pulso, acelerado. El mío también.
El barista, desde la barra, puso una canción de los Beatles. "Here Comes the Sun". Por supuesto. Porque el universo, a veces, también sabe ser cursi.
Schrödinger, en casa, probablemente me estaba mirando a través de la cámara de seguridad que no tenía, con su desprecio felino habitual.
Pero yo, Valeria Núñez, doctora en Psicología Social y autora secreta de novelas románticas, acababa de decidir que algunos experimentos merecen la pena. Incluso sin grupo de control.