cuando toda una manada está en un guerra con razas su única esperanza es alguien quien menos esperan..
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Tu carácter
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Llegada la tarde, Alex terminó de bañarse, se arregló y fue a buscar a Max.
–¡Hola, pulgoso… Ah, perdón!–
Vio que estaban los demás; los chicos sonrieron.
–¿Estás aburrida, verdad?– Dice Max burlón.
–Sí… ¿Qué hacen para divertirse? Hay carreras o algo ilegal por acá en este cuartel general de lobos?–
Sebastián soltó una risa, mirando a los hermanos que sonreían picarones. Mateo cerró la puerta para que nadie escuchara.
–Hay peleas… Podemos ir, pero Héctor no puede saberlo.–
–Suena bien.– Alex miró a Max, quien negaba con la cabeza.
–Llegas a hacer problemas y no te ayudaré; no pienso recibir el sermón de mi padre como la última vez, por tu culpa.–
–¡Ay, eres un aburrido! Además, siempre me porto bien.– Sonríe. –Vamos, ¿está muy lejos?–
–No, en el cruce. Será mejor que no nos reconozcan.– Decía Sebastián.
Alex asintió y pronto se prepararon. Se vistió con un short negro, un top marrón, una campera de jean y, claro, zapatillas.
–¡Vamos!–
–¿Adónde irán?–
Héctor estaba en la sala cuando los vio listos para salir.
–Daremos un paseo… No llegaremos tarde.– Decía Mateo sonriendo.
–Está bien, tengan cuidado… Sebastián.–
Pude ver cómo lo miró con tono serio, algo que no me gustó. Subí al auto con los chicos, sentí la mirada de Sebastián y solo sonreí ladina –esperaba no aburrirme.
–¿La manada no es segura?– Sebastián me miró del retrovisor, asintiendo.
–Héctor está preocupado por ustedes; muchos los buscan y no sabemos por qué razones.–
Max me miró, lo vi tenso; tomé su mano. “Tranquilo, no nos harán nada.” Balbuceé.
–Están seguros en la manada, pero es mejor que ocultes tus orejas y tu olor, Max.– Decía Lucas.
–Alex, no…–
–Claro que sí.– Sonreí burlona y lo abracé, haciendo que mi olor se pegara en él. Soltó un quejido: era demasiado dulce, casi empalagoso.
Los chicos sonrieron; Mateo hizo lo mismo con Max, quien se quejó –ya estaba mareado de tanta feromona.
–Abre la ventana, llorón.– Reí al verlo.
Llegamos al lugar: un galpón de chapa, con música y gritos que retumbaban en los oídos, mezclados con gruñidos de grandes lobos. Subimos a las gradas –me gustaban las cosas prohibidas, era como si me llamaran.
Me fui adelante mientras Lucas me contaba quiénes eran los peleadores, los que siempre ganaban, mientras los demás traían cervezas.
–Ese de ahí es Chuck; es uno de los que gana todas las batallas.–
–Es enorme… ¿Hoy peleará?–
Vi al gran hombre: su espalda era gigante, casi dos metros de altura y puro músculo. Su rostro era muy definido; apenas se veían sus ojos entre unas cejas gruesas y una gran barbilla.
“Está muy grandote a simple vista… ¿Cómo será ahí?”
–Ja, ja, ja, no te emociones; por ahí es solo músculo.–
“Eso no lo sabremos si no probamos. Si no fueran tan majarenos, ya estaríamos saciadas de esta lujuria.”
–Ya llegará alguien que nos vuelva locas, tranquila Nayla.–
Aunque fuera directa, aún era virgen. No iba a perder el tiempo con los idiotas del mundo humano –no me apreciaban como debían. Ahora entendía por qué los hombres lobos eran otro nivel… y mi cuerpo lo sabía.
–Sí… Es brutal.– Dijo Mateo pasándome una lata. –¿Tomas en serio? No quiero que nuestro padre nos regañe al verte ebria.– Entrecerró los ojos.
–Yo nunca me embriago.– Reí. Max asintió.
–Tiene mucha resistencia; yo apenas aguanto cuatro latas.– Se rascó el cuello. Los chicos rieron.
La pelea comenzó: el lobo grandote sí que era bueno. Sebastián estaba a mi lado, contándome quiénes venían a veces por estos lados –muchos apostaban grandes sumas, era una tradición de la manada y muchos los conocían, pero claro, los jefes no podían saberlo.
–Cada tanto cambian de galpón, nunca se quedan en el mismo lugar.–
–Ya veo. ¿No hay carreras por acá?– Pregunté esperanzada.
–Sí, pero está en la zona del Rey; no creo que pidamos permiso para algo ilegal, ¿no crees?– Sebastián sonrió.
Solté un suspiro. –Ya me emocioné. En el mundo humano corría mucho.– Contaba.
–¿En serio? ¿Me enseñarías a conducir?– Dice Mateo animado. Asentí con gusto.
–Pensé que lo sabías…–
–Acá no se usan mucho las motos; todos van en auto.–
–Qué modestos los alfaítas…–
Los chicos rieron mientras nos concentráramos en la pelea, que se ponía cada vez mejor. No pude evitar levantarme, empecinada en que el grandote con “globos de mármol” ganara.
–¡¡Ay, vamos!! ¿A eso llamas golpe?!–
–Alex…–
Sentí cómo Max me dio un codazo para que mirara alrededor: muchos lobos nos miraban.
–Oye, muñeca… ¿Por qué no vuelves a tu casa a dormir? Ya es tarde para estar en lugares así.–
Los chicos lo miraron con odio inmediatamente; Sebastián se colocó a mi lado, mirándolo mientras tomaba su cerveza.
–Alex, no…–
Mi primo sabía que no me quedaría callada. Traté de hacerle caso y aguantar. “Solo intentan provocarte.” Dijo Sebastián a mi lado; podía sentir cómo mi aura salía poco a poco.
Siempre me sentí inquieta por cómo algo me enojaba demasiado y no podía controlarlo –mi madre decía que era por tener sangre de lobo alfa.
Solo volví a mirar la pelea. “¿En serio, hombre? Dobla la cadera y pega.” Grité entre el bullicio; pude sentir que Chuck me escuchó entre toda la multitud.
–¡Ay, mira la niña sabe de pelea! Cariño, ¿por qué no me enseñas? Yo también sé algunos giros muy buenos.–
La risa del lobo viejo borracho ya me molestaba. Solo lo miré de reojo, tomando otro sorbo de mi cerveza.
–Vamos a otro lado.– Dijo Sebastián.
Los chicos tomaron las latas y nos dirigimos a un lugar más cerca de las gradas.
–¡Ay, mira que tiene séquito! ¡Sí que eres toda una traviesa! ¿Por qué no juegas con nosotros? Seguro te divertirás, cariñito.–
Me di vuelta: Nayla ya brillaba en mis ojos. Max me tuvo de los hombros.
–No lo escuches… No hay que llamar la atención.– Dijo en mi oído.
–Mejor cállate, Sergio, o le diré a Talia que andas por estos lugares… No sería nada bueno para ti, ¿no?–
Sebastián se adelantó a mí; la cara del viejo mostraba molestia. Solo rechinó los dientes; Max me soltó y nos retiramos.
–Zorra.–
Dijo entre dientes. Max apretó los puños mientras negaba con la cabeza. Mi puño golpeó la mandíbula del viejo, haciéndolo volar hasta la esquina del lugar.
–!!Zorra tu madre¡¡–
Lucas me levantó como un saco de papas mientras Max me tapaba la boca. Todos los presentes quedaron mirando atentos –nunca fui de pasar desapercibida, lamentablemente.
Chuck sonrió ladino al ver mi derechazo y ver a Sergio escupir un diente.
Seguí pataleando hasta llegar al auto, aún como un saco de papas.
–“Sin llamar la atención”, eh.– Dijo Max.
Lucas me bajó; solté un gruñido para calmarme.
–Lo arruiné… Disculpen.–
Los chicos soltaron una risa. –“Qué derechazo, hermana!”– Dijo Mateo. –“Se lo merecía por idiota.”– Dijo Lucas.
–Hay que irnos.– Dijo Seba sonriendo ladino.
Asentimos y subimos al auto, cuando vimos a Chuck delante –golpeó el capó apuntándome.
–Genial, Alex. Si te mata, espero que le rompas unas costillas aunque sea.–
–Cállate, tonto…–
Nos bajamos del auto; Chuck habló con Sebastián. Me acerqué intrigada.
–Alex… Él quiere hablar contigo.–
Note que estaba alerta; solo caminé unos pasos. Su cara era de enojo, pero me miró sonriendo.
–Qué buena presentación diste, niña… ¿Dónde aprendiste a pelear así?–
Su voz era gruesa, muy gruesa, como si fumara muchas cajetillas.
–Por ahí… Tú no peleas nada mal, solo eres muy lento en los giros.– Le tendí la mano. –Alex.–
Él sonrió ladino. –Nadie me critica mis movimientos… Me gustaría conocerte, niña.– Me dio la suya. –Cristian Krifert.– Completó el saludo.
–Dudo que aguantes quererme conocer… Cristian.–
–No me rindo fácil.–
–Yo tampoco…–
Sonreí ladina. Él soltó una risa corta, me dio su celular y claro, anoté mi número –no pensaba dejar escapar esos músculos después de todo.
Volví al auto; Max me miraba con cara de juicio. Solo rodé los ojos.
–¿Te invito a salir?– Preguntó Lucas. Seba me miró de reojo mientras prendía el auto.
–Podría ser. ¿Lo conocen?–
–Es el alfa de la manada vecina.– Dijo Sebastián. –No es un tipo fácil; ten cuidado, Alex…–
Asentí. Aún había riesgo de que nadie supiera de nosotros.
–Eso explica su arrogancia.– Reí.
–Mujerzuela.– Susurró Max en mi oído.
–Mujerzuela es Fernanda. No me hagas enojar, Max; tus críticas machistas no me importan.–
Mateo reía. –¿Fernanda?–
–La tonta que le usa a mi primo.– Balbuceé. Max me pellizcó; solo reí.
Les conté sobre Fernanda mientras les decía que no estaba solo con él, cosa que hizo reír a los hermanos al vernos pelear como verdaderos hermanos.
Llegamos a la casa; Héctor aún seguía despierto con mi madre –se veía la luz en la oficina.
–¡Llegamos!– Gritó Mateo feliz.
–La cena está lista, vengan a comer.– Dice Héctor. –¿Pasaron bien?–
–Sí.–
–Nuestra hermanita sí que tiene carácter, padre.– Dice Mateo. Lucas lo empujó para que se callara.
–Ni que lo digas; es igual a ti o peor, Héctor.– Dice Sebastián. Rodé los ojos y me senté en la mesa.
–Hola, Alex.– Sentí una voz conocida detrás de mí. La voz de Mario me llevó a recuerdos cálidos y tristes: cuando me cuidaba y después me despreciaba.
–Mario…–
Los demás se pusieron serios, mirándose de reojo. Mi abuelo miró a mi madre, quien bajó la mirada y ajustó sus anteojos.
–Yo me disculpo por todo. Sé que seguro estarás furiosa, pero eres mi nieta y…–
–Está bien.– Dije sin importancia. Sentí cómo me abrazó de golpe.
–En serio, lo lamento. No sabes cuánto te extrañé.– Miré a mis abuelos con una mueca de sonrisa; tenía los brazos inmóviles. No era culpa suya tener a una mujer como Carla a su lado. Solo le correspondí el abrazo.
–Está bien, abuelo… Deja de llorar.–
Palme su espalda mientras sentí que me levantaba en sus brazos. Para ser viejo tenía mucha fuerza y era alto; la única bajita de la familia era mi madre y yo. Los demás rieron al ver lo cariñoso que era Mario –no dudó en pellizcarme las mejillas como antes.
–La dejarás sin cara, abuelo.– Dice Mateo.
La cena fue tranquila; Mario no dejó de preguntarme qué hacía y qué me gustaba.
–Mañana llegará tu moto.– Dijo Héctor. Salté emocionada.
–Gracias, Héctor…– Dije aclarando mi garganta. César soltó una risa al verme. “Shh” Hice, mirándolo amenazante. Mi tío solo me sacó la lengua burlón.
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