Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.
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EL REFUGIO.
La noche estaba por caer cuando Lauro se levantó la vista de los papeles. Desde los amplios ventanales de su oficina, vio a Cora cruzar por delante de su oficina. Caminaba sin voltear a ningún lado.
—¿Cora? —murmuró, sorprendido.
Esteban, su asistente, revisaba unos documentos junto a el. Lauro ni lo miró cuando preguntó:
—¿A dónde va tan temprano?
—No lo sé —respondió Esteban con cautela, levantando apenas la mirada.
—Averígualo —ordenó Lauro sin titubeos.
Esteban lo miró, confundido. Todo el día habían presenciado los gritos, las frases llenas de veneno, la tensión acumulada entre Lauro y su esposa. Cualquiera pensaría que el último deseo de su jefe sería seguirle el rastro a Cora… al menos por una semana.
—¿Qué haces ahí parado? ¡Apúrate!
—Sí, señor —respondió Esteban, sacudiéndose el desconcierto y saliendo del despacho.
— No vuelvas a hasta que lo sepas.
Esteban alcanzó a ver a Alina caminando un poco detrás de Cora. La secretaria de Cora siempre iba un paso atrás.
Cuando Cora subió a su auto y se marchó, Esteban se acercó a Alina, Justo cuando ella se giró para volver.
—¿A dónde va tu jefa?
—A… —Alina se detuvo en seco, casi le decía —. ¿Para qué quieres saberlo? —frunció el ceño, observándolo con sospecha
—Solo por curiosidad —contestó Esteban, dibujando su sonrisa más encantadora.
Alina le sonrio incrédula.
—Ay, Estebancito… —Le puso una mano en el hombro—. No —dijo borrando la sonrisa de sus labios. Y sin agregar más, comenzó a caminar al interior.
Esteban fue tras ella.
—Por favor, necesito saberlo. ¿No es ese el trato que tenemos? Tú me ayudas, yo te ayudo.
—Sí, pero en este caso no —respondió sin detenerse—. Soy la única que lo sabe, y si mi jefa se entera que tu jefe lo supo por mí, me corre. No pienso arriesgar mi trabajo.
Llegaron al elevador. Alina presionó el botón y cruzó los brazos con firmeza.
—Por favor, Alina. Mi jefe no me va a aceptar volver sin esa información.
El elevador llegó con un timbre suave. Entraron.
—Dije que no —repitió segura—. Además, ¿para qué quiere tu jefe saber a dónde va mi jefa? Estuvieron peleando todo el día. ¡Y él es su esposo! Debería preguntarle directamente, ¿no?
Esteban, desesperado, la tomó con suavidad de los hombros y la acercó apenas contra la pared de acero del ascensor. No fue violento, pero se notaba su desesperación.
—Te lo ruego, Alina. Haré lo que quieras, pero por favor dime.
Ella lo miró con sorpresa. Por un instante, sus rostros estaban demasiado cerca. Así que entrecerró los ojos a maliciosa.
—Oye… yo tengo novia —dijo Esteban, alejándose torpemente.
—¡Ay, no seas idiota! —rió Alina con una sacudida de hombros—. No voy por ahí, Einstein.
Él se rió también, aliviado, y volvió a respirar. En ese momento ella chasqueó la lengua y dijo:
—Quiero el lugar de estacionamiento que tienes en el segundo nivel. El techado. Estoy harta de que el sol me funda la cara cada vez que me subo al coche.
Esteban abrió mucho los ojos.
—¡Ese lugar me lo gané a pulso.
—Tú te lo robaste, no te hagas. Haz el cambio mañana.
Esteban soltó un suspiro.
—Está bien. ¡Pero me costó conseguirlo!
—Pues ahora me cuesta a mí conseguirte esta información, así que estamos a mano. — Alina levantó sus cejas .
Las puertas del ascensor se abrieron.
—¿Y bien? —preguntó él.
—Fue a un bar.
Esteban arqueó una ceja.
—¿A un bar? ¿Cuál?
—El Carmina, el que está por Álamos.
—¿Y a qué fue?
—Ah, no. Ese no era el trato. Solo dijimos que te diría a dónde, no por qué.
—Está bien, está bien…
—Y más te vale que mañana el lugar de estacionamiento sea mío, Estebancito —le dijo justo antes de salir.
—Sí, señora —respondió él con exageración.
Ya en la oficina, Esteban empujó la puerta del despacho de Lauro con cautela. Su jefe no había cambiado de posición: seguía revisando papeles, los ojos fijos, la mandíbula tensa.
—Fue al Carmina —soltó Esteban de inmediato.
Lauro frunció el ceño, cerró la carpeta frente a él y la metió en un cajón. Con movimientos secos, sacó la llave, la giró hasta el clic metálico del seguro, y se la guardó en el saco.
—Vete a tu casa. Es todo por hoy.
—¿Señor?
—Nos vemos mañana —repitió Lauro antes de salir.
Esteban se quedó ahí, mirándolo irse con pasos seguros. No lo entendía. Después de una discusión así con su esposa, cualquiera se refugiaría en el trabajo, se enterraría entre informes y auditorías hasta olvidar el mundo. Pero Lauro se iba. Solo pensó qie tal vez estaba loco y por eso tenía alguien como la señora Cora de esposa.
Esteban tomó sus cosas, y al salir del edificio, se topó con Alina, que se abrochaba el saco mientras bajaba las escaleras.
—Saliste temprano hoy, ¿eh?
—Milagro navideño —sonrió ella—. Y pienso aprovecharlo.
—¿Así? ¿Cómo?
—Vamos por unos tragos.
Esteban entrecerró los ojos.
—¿Eso fue una invitación?
—No te emociones —rió ella—. Solo es para que no vayas sola y digas cosas raras al barman.
—Llámale a Sonia, que nos alcance. Yo le marco a Daniel y a Ela.
—Por supuesto, jefa.
—Y recuerda, mañana me das ese lugar techado. O habrá consecuencias.
—El lugar será tuyo desde las ocho —aseguró él, sacando el teléfono.
—Perfecto. Anda, mueve esas piernitas, que ya tengo sed. — Ella movió sus dedos haciendo alusión a sus piernas.
—¿Me estás diciendo chaparro? — Fingió Esteban indignación.
—Te estoy diciendo lento.
Mientras tanto, en el bar Carmina, Lauro cruzó la entrada sin saber muy bien por qué. Lo había hecho por impulso, con la cabeza aún dándole vueltas por las discusiones del día, por el vacío extraño que le dejó verla marcharse tan temprano. Apenas entró, el aroma a cigarro le impregnó la nariz. A esas horas, el lugar estaba apenas a la mitad de su capacidad.
Eligió la mesa más alejada del escenario, casi oculta entre las luces que no alcanzaban a reflejar el final. Pidió una cerveza sin mirar al mesero, con el ceño fruncido, girando la cabeza discretamente en cada rincón, buscando a su esposa. Pero no la veía por ninguna parte. Tal vez ni siquiera vino aquí. ¿Qué carajos hacía él ahí, sentado como un adolescente celoso?
Estaba a punto de levantarse, frustrado, cuando las luces del escenario se encendieron con suavidad, iluminando el espacio con una tonalidad ámbar y azul. El murmullo del lugar se apaciguó, como si todos supieran que algo importante estaba por comenzar.
Y entonces la vio.
Cora.
El aire le salió del cuerpo como si lo hubieran golpeado en el pecho. Estaba ahí, de pie, como una aparición brillante que no tenía nada que ver con la mujer con la que había discutido todo el día.
Vestía un vestido negro ceñido con detalles de lentejuelas que atrapaban la luz como si tuviera el cielo estrellado sobre la piel. El escote era elegante, sin exagerar, que brillaba bajo la luz . El vestido se abría en una leve abertura sobre la pierna, y su cabello, suelto, ondulado, caía con libertad.
Lauro tragó saliva.
Se quedó quieto. Paralizado.
Ella se acercó al tripié, y cuando cerró los ojos y cantó la primera nota, algo se rompió dentro de él.
El recuerdo lo invadió.
—De verdad que tienes talento —elogió Lauro, mirándola de perfil mientras caminaban junto a la piscina, apartados de todos.
Cora sonrió, un poco halagada, pero aún más cómoda con él.
—La verdad es que cantar, actuar y bailar son mi verdadera pasión.
—¿Así que tengo frente a mí a una futura estrella?
Ella se rió, bajando la mirada con cierta timidez, pero lo corrigió:
—No, estoy en la Facultad de Derecho. Es por eso que estoy aquí. Provengo de una familia de abogados reconocida… y pues, ando siguiendo los pasos familiares. Nunca he tenido el valor de decirles lo que realmente quiero.
—Entiendo —dijo Lauro, la miro antes de continuar —. Creo que la vida es demasiado corta para no hacer lo que te gusta.
Ella le dedicó una sonrisa, más cálida, más sincera. Pero él continuó.
—Es decir… si te murieras mañana, ¿qué harías hoy?
Cora lo miró con atención. Se encogió de hombros.
—No lo sé… definitivamente cantaría frente a muchas personas, tal vez una obra de teatro… un musical donde pueda ser cualquiera menos yo.
—¿Y qué más?
Llegaron hasta una banca de madera que daba al jardíny se sentaron.
—Saltaría en paracaídas.
—Qué cliché —dijo él con una mueca burlona.
—¡Déjame! — se quejó ella riéndo —. Siempre he querido hacerlo. No solo el paracaídas. También una tirolesa en medio de la selva, bungee, algo extremo. Correr desnuda bajo la lluvia, cantar en un vagón del metro… cosas que no haría si tuviera miedo del ridículo.
Entonces Cora bajó la mirada, jugueteando con su vaso.
—Pero hay una que nunca he podido hacer —dijo más bajo.
—¿Cuál? — Pregunto el como si fuese a confiarle un secreto.
Ella levantó la mirada, dudando. La luz de la piscina reflejaba pequeñas ondas azules en su rostro. Se mordió el labio inferior.
—Necesita de… alguien más. Bueno, de un hombre. Y nunca he tenido la confianza de pedírselo a nadie.
Él ladeó un poco la cabeza, curioso.
—¿Y si me lo pidieras?
— Es estupido. — Dijó ella.
— Dime. — Insistió el.
Ella se acercó a su oido y se lo dijó.
Entonces, Lauro se levantó. Caminó hasta un borde del jardín, volvió hacia ella y, sin anunciarlo, la tomó de la mano. La ayudó a ponerse de pie, la colocó frente a él y, con un gesto cómplice, levantó sus brazos por encima de su cabeza.
—Confía en mí —dijo con voz grave, casi en un susurro.
Ella asintió.
Él la sostuvo de la cintura. Con un movimiento firme, la levantó y giró sobre sí mismo. Ella Rió, gritó un poco, sintiendo las su cabello volar con los giros. Él la bajó despacio, aún con las manos en su cintura.
Había magia ahí. Y algo que los hacía ambos más atrevidos.
—Eso… fue inesperado —dijo ella, aún con la sonrisa colgándole en los labios.
—Y divertido —añadió él, mirándola de cerca—. Podría acostumbrarme a hacer cosas inesperadas contigo.
Ella lo miró con una ceja arqueada
—¿Estas tratando de ligarme?
—Tal vez —respondió él, encogiéndose de hombros—.
Ella rió. El sonido le pareció bonito, claro, como si Cora se riera poco y sólo cuando valía la pena.
—Nunca te había visto en la universidad —comentó ella, frunciendo un poco el ceño.
Ambos se separaron para tomar asiento.
—Estudio Contabilidad y despues estudiare finanzas, busco ser analista fiscal.Fue mi mejor amigo, Oscar, quien me arrastró a esta fiesta. Él sí está en la Facultad de Derecho.
Ambos voltearon hacia donde estaba Oscar… y hibiesen querido no haber visto. Su amigo estaba devorando a una chica contra la pared. Las manos de él le apretaban el trasero, y ella tenía una pierna enredada en su cadera.
Lauro bajó la mirada con vergüenza.
—Dios… —soltó él, mientras ambos se reían.
—Tu amigo tiene… mucha energía —dijo Cora, intentando no mirar otra vez.
—Es una bestia. Literal.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Eres más como él o como… tú?
—No soy tan salvaje —respondió Lauro.
“Ya lo veremos” pensó Cora para sí misma. Como si fuese un reto. Él estaba a punto de terminarse el segundo vaso que ella le había servido. Ella también bebió. Luego lo miró.
Ya llevaban una hora platicando.
—Deberías tomártela más despacio —comentó con tono juguetón—. Aunque… no sé si le puse demasiado alcohol.
Lauro le devolvió una sonrisa torcida, arqueando una ceja.
—¿De verdad? ¿Acaso tratabas de embriagarme?
—No… —ella se inclinó hacia él, apenas a unos centímetros para susurrarle —. Si lo hiciera, ya no podría aprovecharme de ti. Y no soy una abusadora.
Lauro dejó de respirar por un momento. Su mirada bajó brevemente a sus labios. Luego regresó a sus ojos. Esa había sido una indirecta muy directa.
—Estás ebria —le dijo con voz más baja.
—No. Solo un poco tomada —aseguró ella, con ese brillo desafiante en la mirada—. Pero no estoy ebria, solo lo suficiente para tener el valor.
Silencio.
Cora dejó su vaso a un lado. Se inclinó un poco más, casi rozándolo.
—Si muriera mañana… hay algo que me gustaría haber hecho. Y no me lo perdonaría.
Lauro tragó saliva.
—¿Qué?
Ella se mordió el labio, lo miró un segundo más… y lo besó.
Fue un segundo, luego dos y después ya no supo cuántos.
Fue un beso lento, con cuidado, ambos yendo lento como para no estropear el momento.
El sabor de su boca tenía una mezcla tenue de licor y algo dulce, como fresas o cereza artificial. Su piel olía a perfume caro y a noche templada. Lauro sintió su pecho latir tan fuerte que por un momento pensó que ella podría oírlo.
Cuando sus labios se rozaron, su mente se apagó. Literalmente. Solo podia pensar en su bocas, la textura, el leve temblor en su respiración, la presión exacta de sus labios contra los suyos.
Sus manos, inseguras al principio, tocaron su rostro, luego se perdieron en su cabello. No quería lastimarla. No quería asustarla. NO QUERÍA ESTROPEARLO. Pero también, por primera vez en mucho tiempo, deseaba… quedarse ahí.
Cora tenía los ojos cerrados, y su boca se movía con una seguridad suave, como si lo hubiera esperado, como si lo hubiera ensayado en su cabeza muchas veces.
Él no supo cuándo dejó de pensar en si estaba bien o mal. Solo supo que quería memorizar ese momento. La forma en que su respiración se mezclaba con la de ella. La forma en que sus labios se adaptaban como si hubieran estado hechos para encajar.
Y entonces…
—¡Cora! —gritó una voz femenina desde la entrada del jardín—. ¡Ya! Tu mamá me va a matar si no te llevo. ¡Nos vamos!
Ella se separó lentamente, como si le costara dejar el beso atrás. Volteó hacia su amiga, luego miró a Lauro.
—Es mi mejor amiga —murmuró, haciendo una mueca—. Si no me lleva ya, mi mamá la va a regañar por mi culpa.
Lauro asintió, aún con la respiración entrecortada.
—Okey.
Cora tomó su bolso, se incorporó, pero antes de irse, volvió hacia él. Se inclinó y, con total suavidad, le dio un beso en la comisura de los labios.
—Hasta pronto. —dijo con una sonrisa ladeada.
Y se fue.
Lauro se quedó ahí, con el vaso en la mano y una sensación tibia e inquietante en el pecho. No supo si sonreír o correr tras ella.
Su corazón latía desbordado… y poco se habia dado cuenta el, que desde ese intante sus latidos ya pertenecían a ella.
Pero sí supo una cosa, no iba a olvidarla.
La voz de Cora lo trajo de vuelta al presente, no era simplemente afinada; era profunda, cargada de emoción, de historia, de heridas. Sonaba como si hubiera estado guardada para alguien más y, sin embargo, era él quien la escuchaba en ese instante. No había pistas de la mujer contenida de la sala de juntas, ni de la esposa cansada del desayuno. Era otra. Una versión libre. Una diosa bajando de su altar por voluntad propia.
Y lo peor, o lo mejor, era que Lauro no podía dejar de mirarla.
El corazón le golpeó el pecho con fuerza. No sabía si era rabia, nostalgia, deseo o una mezcla de todo eso, pero sentía un nudo en el estomago.
Sintió calor abrumador. Las palmas le sudaron un poco. Se frotó las manos en los muslos. No porque tuviera frío. Todo lo contrario.
¿Cómo podía ella estar así, tan plena, tan segura, tan ella? ¿Y cómo era que él, que dormía a su lado, que conocía cada rutina, cada manía, no tenía idea de que seguía haciendo esto?
Ella estaba cantando como si la vida se le fuera en ello.
Y mientras la veía moverse con el ritmo, apasionada, entregada, Lauro sintió un ardor bajo que le abrumó el cuerpo. Su cuerpo reaccionó sin permiso. La deseaba. De una forma intensa, pura, carnal. La mirada le cambio, la lujuria se instalo y no se fue.
Él no había dejado de verla así. De admirarla. Pero no lo demostraba. Y sin embargo, en esa tarima, ella no necesitaba admiración. Ella se bastaba sola.
La gente empezó a aplaudir suavemente, pero él no oía más que la voz de ella, el ritmo de su respiración, la forma en que su pecho subía y bajaba entre verso y verso.
Ese era el refugio de ella, donde escapaba de la vida misirable que ambos llevaban juntos.
Eso lo lleno de coraje, por que el ya no era párte de su mundo ella no lo dejaba acercarse, y el no tenerla le generabaaba un sentimiento de rabia.