Un contrato de sangre. Un matrimonio obligado. Un pecado imposible de ocultar.
Para su padre, ella es solo una pieza de ajedrez en un juego de poder. Para Arturo Rial, el hombre con el que debe casarse por obligación, ella es un frío contrato de negocios.
Pero todo cambia cuando aparece el hermano mayor de Arturo, un hombre que no conoce la palabra "no". Él no quiere un acuerdo; la quiere a ella. Entre los rincones oscuros de la mansión, él la marca, la reclama y la convierte en su mundo, desatando una obsesión que amenaza con destruirlo todo.
En este juego de traiciones, ella es la niña dulce que se convertirá en la caída del hombre más peligroso de la mafia.
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Capitulo 4
La mañana del sábado comenzó con el sonido persistente de unos nudillos golpeando la puerta de roble de su habitación. Isabella se despertó sobresaltada, con el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. Apenas eran las siete de la mañana, y la luz grisácea que se filtraba por las cortinas indicaba que el mundo aún no había terminado de despertar.
—Señorita Isabella, el estilista y el sastre del señor Arturo la esperan en el salón de pruebas —anunció la voz monótona de la señora Vargas desde el otro lado.
Bella se frotó los ojos, sintiendo un peso en el pecho que no la abandonaba desde que cruzó el umbral de esa mansión. Se vistió rápidamente con un conjunto sencillo, tratando de ignorar el hecho de que su propia casa ahora se sentía como una estación de paso donde otros decidían qué debía usar y cómo debía lucir.
Al llegar al salón de pruebas, se encontró con una escena que parecía sacada de una película de terror estética. Arturo estaba sentado en un sillón de cuero, bebiendo café negro y observando una serie de percheros cargados con vestidos que oscilaban entre el blanco virginal y el crema más puro. A su lado, un hombre delgado con anteojos de pasta y expresión severa examinaba unas telas con un escrutinio casi clínico.
—Llegas tarde —dijo Arturo, sin mirar el reloj, pero con una certeza que hizo que Bella se detuviera en seco—. Tres minutos. En mi mundo, tres minutos son la diferencia entre un acuerdo cerrado y una pérdida millonaria.
—Lo siento, Arturo. No sabía que...
—No des explicaciones. Solo ponte ahí —la interrumpió él, señalando una pequeña plataforma circular en el centro de la habitación.
Durante las siguientes tres horas, Isabella fue tratada como un maniquí de escaparate. El estilista, un hombre llamado Julian, le movía los brazos, le giraba la cabeza y le tiraba del cabello con una brusquedad que rayaba en lo ofensivo. Arturo observaba cada movimiento, haciendo comentarios que cortaban más que cualquier cuchillo.
—Ese tono de crema la hace ver enferma. Necesitamos algo que resalte su juventud, pero que mantenga esa castidad necesaria para la imagen de la futura señora Rial —comentó Arturo, señalando un vestido de encaje que cubría desde el cuello hasta las muñecas.
—Es un poco pesado, ¿no crees? —se atrevió a decir Bella, sintiendo que el encaje le picaba en la piel—. Casi no puedo mover los brazos.
Arturo dejó la taza de café y se levantó. Caminó hacia ella con esa elegancia depredadora que lo caracterizaba. Se detuvo a pocos centímetros de su rostro y, con un gesto lento, le apretó la mandíbula con los dedos.
—No te pago para que tengas opiniones sobre moda, Isabella. Te pago —o mejor dicho, le pago a tu padre— para que seas la representación perfecta de mi éxito. El vestido no es para que te sientas cómoda. Es para que el mundo vea que Arturo Rial posee lo mejor de lo mejor. Si quiero que lleves una armadura de hierro, la llevarás con una sonrisa. ¿Ha quedado claro?
Bella sintió que las lágrimas amenazaban con salir, pero la presión de los dedos de Arturo la obligó a mantener la cabeza alta. Tragó saliva, asintiendo levemente.
—Sí, Arturo. Claro.
—Bien. Julian, cámbiale el peinado. Ese aire de niña buena ya no me sirve. Quiero algo más estructurado, más severo. Que aprenda que su infancia terminó en el momento en que firmé ese contrato de compromiso.
Las humillaciones no terminaron ahí. Arturo convocó al personal de servicio para que presenciaran "la transformación". Quería que todos en la casa entendieran que ella no era una invitada, sino un proyecto en construcción. La hizo caminar de un lado a otro del salón con libros sobre la cabeza mientras él criticaba su zancada, su postura y hasta la forma en que parpadeaba ante las luces de la sesión fotográfica improvisada.
—Pareces un ciervo asustado frente a los faros de un coche —se burló Arturo frente a los empleados, que bajaban la mirada con una mezcla de lástima y alivio de no ser el blanco de su ira—. Endereza la espalda. Si no puedes manejar un desfile privado, ¿cómo piensas comportarte cuando tengamos a los jefes de las cinco familias observando cada uno de tus movimientos?
Para el mediodía, Isabella estaba agotada, no físicamente, sino en su espíritu. Se sentía vacía, como si Arturo estuviera succionando cada rastro de la "Bella" que solía ser, reemplazándola por una carcasa de seda y diamantes.
—Puedes retirarte —dijo Arturo finalmente, volviendo a su tableta—. El almuerzo será servido en tus aposentos. Tengo una reunión importante y no quiero distracciones. Prepárate para mañana; vendrá el coreógrafo para el baile de gala. No quiero errores.
Bella salió del salón casi corriendo, tratando de mantener la compostura hasta llegar a la seguridad de su habitación. Al cerrar la puerta, se dejó caer en el suelo, sollozando en silencio. Se abrazó a sus propias piernas, sintiéndose más sola que nunca en medio de tanto lujo.
Sin embargo, el llanto se detuvo abruptamente cuando notó algo sobre su mesa de noche. No era una joya, ni una nota de Arturo. Era una pequeña pieza de ajedrez: un caballo negro tallado en madera, el mismo material que había visto en la biblioteca prohibida la noche anterior. Junto a la pieza, había una pequeña mancha roja en la madera, como si alguien hubiera dejado una marca de sangre seca de manera deliberada.
Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. ¿Quién había entrado en su cuarto? Arturo no jugaba con piezas de madera; él prefería el cristal y el oro. La imagen del lobo en su sueño regresó a su mente con una fuerza renovada.
Sintiéndose observada, Bella se levantó y caminó hacia el ventanal que daba al bosque. Por un segundo, creyó ver una silueta alta y oscura parada entre los cipreses, observando su ventana. El hombre no se movía, simplemente estaba allí, como una sombra que pertenecía a la mansión más que cualquier mueble de diseño. Cuando parpadeó, la figura había desaparecido, dejando solo el movimiento de las ramas movidas por el viento.
Isabella apretó la pieza de ajedrez en su mano. La madera estaba tibia, como si hubiera sido sostenida por alguien apenas unos segundos antes. Por primera vez desde que llegó, no sintió miedo, sino una extraña curiosidad mezclada con una premonición de peligro. Arturo la trataba como si no fuera nada, pero alguien más en esa casa la estaba observando como si fuera lo único que importaba.
Esa tarde, mientras el servicio limpiaba los restos de su humillación en el salón de pruebas, Bella se quedó mirando el caballo negro. Empezó a comprender que en la mansión Rial había dos tipos de monstruos: el que te gritaba a la cara para anularte, y el que te observaba desde las sombras esperando el momento exacto para reclamarte.
El tablero estaba listo. Arturo creía que tenía a su reina bajo control, pero no sabía que el caballero negro ya se estaba moviendo por los rincones, marcando el territorio que muy pronto estallaría en una guerra de obsesión y sangre.