Daniela perdió a su madre a la edad de 3 años, su padre se vuelve a casar y le da una perversa madrastra que la maltrata y encierra en el sótano, sótano que guarda grandes secretos.
Acompáñame en mi nueva historia, que sé que será de su agrado.
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EN HONOR A MI BISABUELO
Era una noche de luna llena, de esas en las que la ciudad parecía dormir pero aún guardaba secretos en cada esquina. Daniela caminaba con paso ligero y silencioso, vestida con ropa sencilla pero de corte elegante, su figura esbelta y su porte distinguido destacaban incluso entre las sombras. A sus trece años, con apariencia de mujer de dieciocho, recorría las calles como una viajera que explora territorios desconocidos, atenta a cada detalle, a cada sonido, aprendiendo de la vida real tal como había aprendido de los libros antiguos en su refugio secreto.
Había llegado a una zona más alejada y oscura, donde las farolas parpadeaban y pocos se atrevían a pasar. Fue entonces cuando una sombra se desprendió de un rincón, y un hombre de mediana edad, de aspecto serio pero de mirada amable, se detuvo frente a ella. Vestía ropa sencilla pero llevaba en su porte esa rectitud y disciplina que solo se ve en quienes han dedicado su vida al servicio. La miró con sorpresa y preocupación, y con voz grave y educada le preguntó:
—¿Qué hace una joven tan linda y delicada en una calle tan solitaria y peligrosa cómo está?
Daniela se detuvo, inclinó levemente la cabeza en un gesto de cortesía antigua, tal como lo había leído en las crónicas de otros tiempos, y respondió con una voz clara, suave y cargada de una educación exquisita que sorprendió al hombre:
—Estoy conociéndola, honorable señor. Deseo saber y entender todo lo que este mundo ofrece, tanto lo hermoso como lo que parece difícil.
El hombre sonrió ampliamente, fascinado. Aquella joven no solo hablaba con palabras que ya casi nadie usaba, sino que lo hacía con la elegancia y la dignidad de una doncella de siglos pasados, como si el tiempo no hubiera pasado para ella.
—Señorita, con todo respeto —insistió él, acercándose un paso más sin invadir su espacio—, este lugar no es para alguien como usted. Permítame acompañarla y llevarla a un sitio seguro, donde no corra ningún riesgo.
Daniela lo miró a los ojos, serena y confiada, y volvió a responder con la misma amabilidad:
—Le agradezco profundamente su preocupación y su noble intención, señor. Pero no se angustie por mí; tengo la capacidad y el conocimiento para regresar sola y sin peligro. Le deseo una buena noche.
Hizo una pequeña reverencia y comenzó a caminar de regreso hacia el camino que la llevaría de vuelta a la mansión. Pero antes de perderse entre las sombras, miró por encima de su hombro y vio algo que le hizo detener el aliento: el hombre se dirigió hacia un vehículo estacionado no muy lejos, subió a él, y en el costado de la furgoneta, brillando bajo la luz de la luna, se veía claramente el emblema oficial del Ejército Nacional.
El corazón de Daniela dio un vuelco. En ese instante, su mente voló de inmediato hacia su bisabuelo, aquel valiente soldado de las fuerzas armadas que había construido su refugio, que había llenado aquel sótano de libros, de disciplina, de historia militar, y que había pasado toda su vida sirviendo, luchando y defendiendo lo que era justo. Ella había crecido aprendiendo sus enseñanzas, sus códigos de honor, sus tácticas, su fuerza.
Y de repente, como si una luz brillante iluminara todo su camino, la gran idea nació en su mente, clara y perfecta.
"El Ejército...", pensó, sintiendo cómo sus ojos brillaban con determinación. "Mi bisabuelo fue un gran hombre allí. Allí se forja la fuerza, la autoridad, el poder y el respeto. Si yo entro en el ejército, si me formo durante unos años, si estudio, entreno y asciendo hasta tener un alto cargo... tendré el poder, la influencia y la autoridad necesaria para hacer justicia."
Recordó el dolor de haber sido encerrada, el abandono de su padre César, la crueldad de su madrastra Renata, y la forma en que habían usurpado todo lo que pertenecía a su madre, Mariela. Recordó también a su padrino, Laureano, en Los Ángeles, cuidando millones y millones de dólares que eran suyos, sin saber la verdad.
—Sí —susurró para sí misma, con una sonrisa firme y decidida—. Iré al ejército. Me convertiré en una oficial respetada y poderosa. Aprenderé todo lo que ellos puedan enseñarme y más, porque ya llevo la disciplina y la sabiduría en la sangre. Y cuando regrese, con autoridad y justicia en mis manos, haré que paguen cada lágrima, cada día de oscuridad, cada acto de maldad. Nadie podrá ignorarme ni tratarme como a nada cuando sea yo quien tenga el mando.
Y para lograrlo, para tener los recursos y el respaldo que necesitaba, tomó otra decisión irrevocable:
—Antes de empezar este camino, escribiré a mi padrino Laureano. Le contaré toda la verdad. Le diré quién soy, dónde he estado, cómo he vivido, y le pediré que, cuando sea el momento, esté a mi lado para recuperar mi nombre, mi herencia y mi lugar. Él es leal a mi madre, y él será mi aliado más fuerte.
Con el plan ya trazado en su mente, más brillante y poderoso que cualquier otro sueño que hubiera tenido antes, Daniela continuó su camino hacia casa. Ya no era solo la niña que aprendía en secreto, ni la joven que salía a conocer el mundo. Ahora era la heredera de Mariela, la nieta de un soldado, y pronto sería una líder capaz de hacer temblar los cimientos de quienes le hicieron daño.
Esa noche, al entrar de nuevo al refugio secreto, no se sentía encerrada. Se sentía más libre y poderosa que nunca, sabiendo que su venganza no sería con maldad, sino con honor, fuerza y justicia, tal como lo hubiera hecho su bisabuelo.
Ella misma les puso la trampa y tanto Alvaro como Mirian cayeron
Pobre Javier, todo lo que sufrió, por suerte volvió Daniela
Ojalá Alvaro también pague