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Dos Mundos Diferentes

Dos Mundos Diferentes

Status: En proceso
Genre:Demonios / Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía
Popularitas:145
Nilai: 5
nombre de autor: liz Ramirez

“Dicen los viejos textos…
que al principio… solo había un mundo.
Un mundo… donde humanos y demonios caminaban bajo el mismo cielo.
No como enemigos… sino como hermanos.
Los humanos moldeaban la tierra con sus manos…
y los demonios le daban vida con su aliento.
Era la Era del Equilibrio.
Durante siglos, no hubo guerra. Humanos y demonios compartían la tierra, hasta que la traición surgió.
Un rey humano, cegado por el miedo, traicionó a los demonios. Y esa traición, como una grieta, abrió paso a la guerra.
Los demonios, impulsados por la furia, comenzaron a ganar. Los humanos, viendo su mundo desmoronarse, estaban al borde de la derrota.
Fue entonces cuando Kaeli, viendo la destrucción, tomó una decisión. Vio que si no actuaba, ambos serían aniquilados. Y fue ella quien, con un acto de sacrificio, dividió los mundos. Separó a los humanos y a los demonios, cerrando el portal entre ambos.
Desde entonces, los humanos habitan su propio mundo, separados de los demonios.Y el portal, oculto

NovelToon tiene autorización de liz Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La clase que no fue normal

*Capítulo 4: La clase que no fue normal*

 

La primera hora era Historia.

El profesor Tanaka escribía fechas en el pizarrón: _Guerras del Periodo Edo. Shogunato Tokugawa. 1603-1868._

Kasumi intentaba copiar. La tiza chirriaba. No había dormido nada. Tenía la cabeza pesada y el pecho apretado, como si le faltara aire.

“¡Kasumi!”

El gis rebotó en el pizarrón. Todos voltearon.

El profesor Tanaka la señalaba con el marcador rojo. “¿Cuántas veces te tengo que decir lo mismo? ¡El reglamento es claro! ¡Nada de sudaderas en clase y ese cabello suelto no es presentable!”

Kasumi se hundió más en la silla. Se subió la capucha sin querer. Era su armadura. “Lo siento, señor…”

“¡No es ‘lo siento’, es el reglamento!” escupió él. “¡Todos los días lo mismo contigo! ¿Acaso quieres un reporte? ¡Recógete ese cabello y quítate eso ahora mismo!”

Aoi apretó los puños bajo el pupitre. Mika y sus amigas se rieron bajito desde la segunda fila.

“Señor”, dijo Mika con voz melosa. “A Kasumi siempre le da frío. Pobrecita. Seguro por eso no se peina, para taparse.”

Más risas. Kasumi sintió que la cara le ardía. Empezó a quitarse la sudadera, lento. Los dedos le temblaban. No por frío. Por rabia. Por cansancio. Por todo.

Aoi le pasó una nota doblada. _Ignóralos. Idiotas. ¿Dormiste algo? Te ves peor que ayer :/_

Kasumi no alcanzó a contestar.

“¡Aiko-kun, siéntate!” gritó el profesor de repente.

Aiko se había puesto de pie tan rápido que su silla rechinó. No dijo nada. Solo miraba a Kasumi, luego a Mika, con el ceño fruncido. Tenía la mano metida en el bolsillo de la chaqueta.

“¡Esto es un salón, no un circo!” siguió Tanaka. “¡Y tú, Kasumi, todavía traes esa sudadera! ¡Te dije que—!”

Aoi ya no se aguantó. Se levantó también. “¡Ya déjela en paz! ¿No ve que está—?”

“¡Suficiente las dos!” El profesor Tanaka azotó el marcador contra el escritorio. “¡A la dirección, ahora! ¡Las tres si quieren!”

El salón quedó en silencio. Incómodo. Mika sonreía, victoriosa.

Kasumi se quedó quieta. Con la sudadera a medio quitar. Con el cabello en la cara. Con las miradas de todos encima.

Aoi le agarró la mano por debajo del pupitre. Estaba helada. “No les hagas caso”, susurró.

Aiko seguía de pie. No se iba a sentar. No se iba a ir a la dirección. No iba a dejar a Kasumi sola.

Sonó el timbre de cambio de hora.

Pero nadie se movió.

El profesor Tanaka seguía rojo de coraje, mirando a Kasumi. Ya ni se acordaba de la clase de historia.

Afuera, el cielo se había puesto gris.

Un trueno retumbó tan fuerte que las ventanas vibraron. Todos se encogieron en sus asientos.

El aire del salón se puso pesado. Olía a tierra mojada, como cuando va a caer un tormentón de esos que inundan todo.

Sonó el altavoz de la escuela. _Atención, alumnos. Por indicaciones de la dirección y debido a la alerta de tormenta, todas las clases quedan suspendidas. Recojan sus cosas y vayan directo a casa. Repito: vayan directo a casa._

El profesor Tanaka dejó caer los hombros. Toda la furia se le fue de golpe. Miró su mano, miró a Kasumi, y solo dijo: “Guarden sus cosas. Se acabó la clase.”

Mika chasqueó la lengua, molesta. Se le había arruinado la diversión. “Tsk. Qué suerte tienes, zombie”, le susurró a Kasumi al pasar.

Aoi se le puso enfrente otra vez, pero Kasumi la jaló de la manga. “Déjala. Vámonos.”

El pasillo era un caos. Todos empujando, sacando paraguas, corriendo. El cielo ya estaba negro. Las nubes bajitas, como si pudieran tocarlas con la mano.

Afuera caían las primeras gotas. Gordas. Pesadas. En dos minutos iba a ser un diluvio.

Aiko se les pegó sin decir nada. Se puso del lado de Kasumi que daba al patio, como cubriéndola de la lluvia que todavía no llegaba.

“¿Tienes paraguas?” preguntó Aoi, sacando uno diminuto de su mochila. Apenas le cabía a ella.

Kasumi negó. Se había subido la capucha otra vez. El profesor ya no estaba para regañarla.

“Compartimos”, dijo Aiko, y abrió uno negro, grande. Se lo puso encima a Kasumi sin preguntar.

Caminaron los tres bajo el mismo paraguas. Apretados. La lluvia empezó a caer en serio, golpeando la tela con fuerza.

Nadie hablaba de la dirección. Nadie hablaba del regaño. Nadie hablaba de Mika.

Solo se oía la tormenta.

Y los tres, caminando lento hacia ninguna parte, porque ninguno quería llegar a su casa todavía.

Pero los pies los llevaron solos.

Al mismo puente

El del canal. El de la promesa.

Llegaron empapados de las rodillas para abajo. La lluvia rebotaba en el concreto y hacía un ruido hueco debajo de ellos. Afuera diluviaba. Ahí abajo, solo goteaba.

Se sentaron en fila, igual que aquella noche. Kasumi en medio. Aoi pegada a su derecha. Aiko a la izquierda, cerrando el paraguas y sacudiendo el agua.

Por un rato nadie dijo nada. Solo miraban el canal. El agua bajaba marrón y rápido, arrastrando hojas y basura.

“Mi mamá me va a matar”, dijo Aoi al fin, rompiendo el silencio. Se quitó una trenza empapada del hombro. “Salí sin suéter. Y ahora llego como sopa.”

“No eres la única”, murmuró Kasumi. Tenía la sudadera calada. Pesaba el doble. Pero no se la quitaba. Seguía siendo su armadura.

Aiko sacó un pañuelo de su mochila. Viejo, pero limpio. Se lo dio a Kasumi sin mirarla. “Secate el cabello. Te vas a enfermar.”

Kasumi lo agarró. Olía a jabón de casa. A detergente barato. A normalidad.

“Gracias”, dijo bajito.

Se quedó frotándose el pelo, con la vista fija en el agua. El ruido de la lluvia lo tapaba todo. Los regaños de Tanaka. Las risas de Mika. El altavoz de la escuela.

Aquí solo estaban ellos tres.

“¿Por qué no dormiste?” preguntó Aiko de repente. No la miraba a ella. Miraba al frente. Como si preguntara por el clima.

Kasumi se congeló con el pañuelo a medio camino.

Aoi la miró. Esperando. Sin presionarla. Solo… esperando.

La lluvia arreciaba afuera. Tenían tiempo.

Kasumi respiró hondo. El aire olía a mojado y a óxido del puente.

“Porque mi mamá lloró anoche”, dijo al fin. Su voz apenas se oía sobre la tormenta. “Después de que me dormí. La escuché. Lloraba bajito en la cocina.”

Aoi le agarró la mano. Fuerte.

“Me habló de mi papá”, siguió Kasumi. “Me dijo que… que él no volvió porque no quiso. Que yo tengo que ser más lista que él. Que tengo que quedarme aquí. Con ella.”

No mencionó el bosque. No mencionó el portal. No mencionó la voz.

Solo dijo la parte que dolía sin magia. La parte humana.

Aiko asintió lento. Entendía. Su familia también tenía silencios así.

Aoi se le recargó en el hombro. “Pues aquí estás. Con nosotras. Con nosotros. Y no te vas a ningún lado, ¿oíste zombie?”

Kasumi dejó salir el aire que tenía guardado desde ayer.

Afuera, la lluvia empezaba a calmarse. De diluvio a llovizna.

Pero ellos no se movieron todavía.

Bajo el puente, con la ropa empapada y los zapatos llenos de agua, los tres se quedaron un rato más.

Porque a veces el único lugar seguro no es tu casa.

Es donde están tus personas.

 

La llovizna ya casi paraba. El agua del canal bajaba más lenta.

Entonces se oyó.

Pasos. Rápidos. Chapoteando en los charcos de afuera.

“¡AIKO!”

La voz reventó el silencio bajo el puente. Gruesa. Enojada.

Los tres se tensaron.

Un hombre apareció en la entrada del puente. Alto. Empapado. Con el ceño tan fruncido que parecía dolerle. El papá de Aiko.

Kasumi lo había visto dos veces en la vida. En festivales. De lejos. Nunca hablando.

Aiko se puso de pie de golpe. Como si lo hubieran jalado con un hilo. “Papá—”

“¡Ni papá ni nada!” El hombre lo agarró del brazo. Fuerte. Los dedos se le marcaron blancos en la piel de Aiko. “¡Te estamos buscando desde hace una hora! ¡Tu madre está histérica! ¡La escuela llamó diciendo que te fuiste con el tormentón!”

“Estábamos bien”, murmuró Aiko, sin zafarse. Miraba al suelo. “Estábamos aquí, nada más.”

“¡¿Nada más?!” El papá lo sacudió una vez. “¡Te dije que no te juntaras en lugares así! ¡Te dije que después de clases, directo a casa! ¿¡Qué parte no entiendes!?”

Aoi se paró también, con las trenzas chorreando. “Señor, solo estábamos—”

“¡Ustedes no se metan!” la cortó él, sin siquiera verla. Tenía los ojos clavados en Aiko. “¡Nos vamos. Ahora!”

Empezó a arrastrarlo. Aiko no se resistió. Solo alcanzó a voltear hacia Kasumi y Aoi. No dijo nada. No hacía falta. _Lo siento_ estaba escrito en toda su cara.

El paraguas negro se quedó tirado en el concreto. Abierto. Olvidado.

Kasumi y Aoi se quedaron quietas. Estupefactas. Viendo cómo el papá de Aiko se lo llevaba a jalones bajo la llovizna, regañándolo sin parar. Su voz se fue apagando con la distancia.

Cuando desaparecieron calle arriba, el puente se sintió enorme. Vacío.

Aoi fue la primera en moverse. Recogió el paraguas de Aiko. Lo cerró. “Vámonos.”

Kasumi asintió. No tenía voz.

Salieron de bajo del puente. Ya casi no llovía. Solo caía esa brisa que te moja lento.

Caminaron sin el paraguas. Sin hablar. Cada una a su casa.

Porque de repente, sin Aiko en medio, el frío calaba más.

Y la promesa de “los tres” sonaba hueca.

*Parte DE: Aoi*

La puerta de la casa de Aoi se azotó contra la pared.

“¡Aoi Yamaguchi!”

Su mamá estaba en la sala. De pie. Con los brazos cruzados y los ojos rojos. No de llorar. De coraje.

Aoi se congeló en la entrada, chorreando agua. El paraguas de Aiko en la mano. “Mamá, yo—”

“¡¿Dónde estabas?!” Su mamá se le fue encima, pero no la abrazó. La agarró de los hombros y la sacudió. “¡La escuela llamó hace una hora! ¡Dijeron que salieron todos por la tormenta y tú no contestabas el teléfono! ¡Tu padre y yo pensamos lo peor!”

“Se me mojó el celular”, murmuró Aoi. “Estábamos bajo el puente, nada más. Esperando a que pasara la—”

“¡¿Bajo el puente?! ¡¿Con este diluvio?!” Su mamá le quitó el paraguas de golpe. “¡¿Tú estás loca?! ¡¿Qué te pasa por la cabeza?! ¡Podrían haberse ahogado, podría haberse caído un árbol, podría—!”

Aoi agachó la cabeza. El agua de sus trenzas le corría por la cara. Parecía que lloraba, pero no. “Estábamos bien, mamá. Estaba con Kasumi y Aiko.”

“¡No me importa con quién estabas!” Su mamá le señaló las escaleras. “¡A bañarte! ¡Ahora! ¡Y después hablamos de tu castigo! ¡Y ese paraguas no es tuyo, lo devuelves mañana!”

Aoi no contestó. Subió las escaleras dejando un rastro de charcos.

Cuando cerró la puerta de su cuarto, recién ahí se dejó caer en la cama.

Y ahí sí lloró. Poquito. De coraje. De impotencia. De frío.

*Parte De : Kasumi*

Kasumi abrió la puerta de su casa despacio.

Su mamá estaba en la sala también. Sentada en la orilla del sillón. Con el teléfono en la mano. Con la cara pálida.

Cuando vio a Kasumi, se le cortó la respiración.

Soltó el teléfono. Corrió.

Y la abrazó.

Fuerte. Empapándose ella también con la sudadera de Kasumi. Hundiéndole la cara en el cabello mojado.

“Mi niña”, susurró, temblando. “Mi niña, mi niña, mi niña.”

Kasumi se quedó quieta. No esperaba eso. Esperaba gritos. Esperaba el _¿dónde estabas?_ Esperaba otro regaño.

Pero su mamá solo la abrazaba. Y temblaba.

“La escuela llamó”, dijo su mamá contra su pelo. “Dijeron que hubo una tormenta. Que todos salieron. Que tú no contestabas. Pensé… pensé que…”

No terminó la frase. La apretó más fuerte.

Kasumi sintió algo caliente en el cuello. Su mamá estaba llorando. Otra vez.

“Kasumi”, dijo su mamá, separándose poquito para verle la cara. Le acomodó el cabello mojado detrás de las orejas. “Tienes que prometerme algo.”

Kasumi asintió, muda.

“Pase lo que pase. Estés con quien estés. Si hay tormenta, si hay… si pasa cualquier cosa…” Su mamá le agarró la cara con las dos manos. “Tienes que venir a casa. Directo a casa. Conmigo. ¿Me lo prometes?”

Kasumi vio el miedo en los ojos de su mamá. El mismo miedo de anoche. El miedo de perderla como perdió a su papá.

“Lo prometo”, susurró.

Su mamá la volvió a abrazar.

Afuera ya no llovía.

Pero adentro de las dos, la tormenta seguía.

 

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