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Sangre De Dragones Y Corona De Guerra

Sangre De Dragones Y Corona De Guerra

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Amor-odio / Dragones
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

un libro con personajes de ficción, dragones, ogros, un enemies to lovers y demás. ¿será que conseguirán enamorarse mutuamente? o solo seguirán en guerra. quién sabe depende de como ellos se traten a sí mismos

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

III. el pacto del lodo.

El silencio que siguió a mis palabras fue interrumpido por un crujido frenético entre los arbustos de bayas silvestres. Vharok giró el cuello con la velocidad de un látigo y soltó un bufido de advertencia.

De la espesura brotó una figura pequeña, rechoncha y envuelta en ropajes de cuero endurecido. Era un **enano**. Tenía la barba trenzada con hilos de cobre y cargaba un cesto de mimbre rebosante de unas pequeñas frutas azules que brillaban con una tenue luz fosforescente. Al ver la escena —dos dragones colosales, un Wyvern salvaje y dos humanos armados hasta los dientes—, sus ojos se abrieron tanto que creí que se le saldrían de las órbitas.

—¡Por las barbas de mis ancestros! —chilló con una voz chillona y aterrada.

Dio media vuelta para huir, pero sus piernas cortas no fueron rivales para las raíces traicioneras del bosque. Tropezó con un estruendo metálico, cayendo de bruces contra el fango. El cesto voló por los aires y las frutas azules rodaron por todas partes, perdiéndose entre las hojas muertas.

El pequeño ser no intentó levantarse. Se encogió sobre sí mismo, cubriéndose la cabeza con las manos, y comenzó a sollozar con un hipido lastimero que me resultó extrañamente irritante, pero no por maldad, sino por lo patético de su miedo.

—¡No me coman! —suplicaba entre lágrimas—. ¡Soy duro de roer, lo juro! ¡Tengo mal sabor! ¡Piedad, grandes señores de las alas!

Escuché a Kaelthoryn envainar su espada con un suspiro de alivio mal disimulado.

—Vaya, un enano —dijo él, recuperando su tono arrogante mientras se acercaba—. Valerius tenía razón, son escurridizos. Y parece que este ha perdido su botín. Déjalo, Zhaeryntha, vámonos de aquí antes de que el ruido atraiga a algo más grande que un recolector de bayas.

Lo miré de reojo, el desdén fluyendo por mis venas.

—Siempre tan pragmático y cobarde, Dravenkael —mascullé.

Me alejé del Wyvern, que permaneció observando la escena con una calma sobrenatural, y caminé hacia el enano. Me agaché a su lado, mi armadura oscura crujiendo con el movimiento. El pobre diablo temblaba tanto que sus dientes castañeteaban.

—Levántate —le dije. Mi voz no era dulce, pero tampoco era la de una verduga. Era firme, la voz de alguien que no tolera el desperdicio de vida—. No vamos a comerte. Mi dragón tiene estándares más altos que un enano cubierto de lodo.

Extendí mi mano enguantada. Él levantó la vista, encontrándose con mis ojos grises. Tardó unos segundos en procesar que no estaba muerta. Con dedos temblorosos, tomó mi mano y lo ayudé a ponerse en pie. Era tan bajo que apenas me llegaba a la cintura.

Sin decir una palabra más, me arrodillé en el fango. Comencé a recoger las pequeñas frutas azules, una por una, metiéndolas de nuevo en el cesto de mimbre.

—¿Qué haces? —preguntó Kaelthoryn, genuinamente desconcertado, deteniéndose a unos pasos—. Es solo un enano, Zhaeryntha. Tenemos cosas más importantes que hacer que recoger fruta del suelo.

—Estas frutas no son comunes, idiota —respondí sin mirarlo, señalando el brillo azulino—. Son bayas de luna. Solo crecen en lugares donde la magia antigua es fuerte. Si este pequeño ha arriesgado su vida para recolectarlas, es porque valen más que toda la teoría que Valerius te metió en esa cabeza hueca.

El enano, al ver que lo ayudaba, dejó de llorar y comenzó a hipar con menos fuerza. Se unió a mí, recogiendo las frutas con rapidez, mirándome con una mezcla de pavor y una gratitud infinita que me hizo sentir una punzada de incomodidad.

—Gracias... gracias, Gran Dama —susurró, limpiándose los ojos con el dorso de una mano sucia—. Me llamo Grog, y estas bayas son para mi pueblo... estamos pasando hambre desde que los orcos cerraron los túneles del este.

Miré a Kaelthoryn, quien se quedó callado por una vez, observando cómo la "heredera de la tormenta" se manchaba las manos de tierra por una criatura que él consideraba insignificante.

—Orcos en los túneles, ¿eh? —repetí, poniéndome de pie y entregándole el cesto lleno al enano—. Parece que los secretos antiguos no son lo único que se esconde en este bosque, Dravenkael.

El Wyvern verde esmeralda soltó un siseo bajo, como si estuviera de acuerdo. La tormenta rugía arriba, pero aquí abajo, el tablero de juego acababa de volverse mucho más complicado.

El enano, Grog, abrazó su cesto de mimbre como si fuera el tesoro más grande del mundo. Sus manos cortas y callosas temblaban levemente mientras me miraba, alternando su vista entre mis ojos y la mole oscura de Vharok, que resoplaba vapor caliente sobre nuestras cabezas. El desprecio que sentía por la debilidad de Kaelthoryn seguía ahí, pero frente a este ser diminuto, mi carácter se suavizó por una necesidad puramente estratégica.

—Los túneles del este están a tres días de vuelo si se conoce el camino —dije, más para mí que para los demás, mientras me ponía de pie y me sacudía el lodo de la armadura—. Si los orcos están allí, significa que la frontera de mi padre es un colador de cuero viejo.

Miré a Grog. El miedo en sus ojos era real, pero la determinación de alimentar a los suyos lo hacía más valioso que cualquier cadete de la academia.

—Escúchame bien, enano —mi voz bajó de tono, perdiendo parte de su frialdad pero manteniendo su autoridad—. Mañana, cuando el sol esté en su punto más alto, volveré a este claro. No estaré sola; Vharok me traerá.

Grog parpadeó, confundido por mi repentino cambio de actitud. Detrás de mí, escuché a Kaelthoryn soltar una risita incrédula.

—¿Ahora eres la protectora de los desamparados, Zhaeryntha? —se burló, cruzando los brazos sobre su armadura gris—. ¿Vas a montar una misión de caridad en medio de una tormenta política?

Lo ignoré por completo, manteniendo mi atención en Grog.

—Traeré raciones de carne seca, agua limpia y mantas de lana gruesa —continué, señalando el cesto—. Y más de esas bayas si las encuentro. Tus túneles no se abrirán solos, pero al menos tu gente no morirá de frío mientras pensamos en una solución.

El enano se quedó mudo. Una lágrima solitaria rodó por su barba trenzada antes de que lograra articular palabra.

—¿Haría eso por nosotros, Gran Dama? ¿A cambio de qué? —preguntó con desconfianza natural.

—A cambio de información —respondí con una sonrisa gélida—. Quiero saber exactamente qué tipo de orcos están en esos túneles y qué es lo que buscan. Nadie cierra una mina solo por hambre.

Grog asintió frenéticamente, haciendo una reverencia tan profunda que casi vuelve a caerse de narices.

—Estaré aquí, lo prometo. Grog no olvida una mano extendida.

Me giré hacia Vharok, que ya desplegaba sus alas negras preparándose para el ascenso. Kaelthoryn seguía allí, parado junto a Rhyx, observándome con una mezcla de fastidio y una curiosidad que intentaba ocultar tras su máscara de arrogancia.

—Vámonos, Dravenkael —le espeté mientras subía al lomo de mi dragón—. Tienes mucha teoría que repasar si crees que un ejército orco en nuestras puertas es algo que se puede ignorar por "cosas más importantes".

Sin esperar su respuesta, insté a Vharok a elevarse. El Wyvern verde esmeralda soltó un último rugido de despedida antes de fundirse con las sombras del bosque. Mientras ascendíamos hacia el cielo gris, sentí la mirada de Kaelthoryn clavada en mi espalda. Sabía que me seguiría; su orgullo no le permitiría dejarme sola en esto, y mi desdén por él era el combustible perfecto para nuestra próxima competencia.

Mañana empezaría la verdadera guerra, y yo no pensaba perderla por culpa de un idiota con ojos verdes y una sonrisa bonita.

Kaelthoryn Dravenkael:

Vi cómo Zhaeryntha se acomodaba sobre las escamas de Vharok con esa suficiencia que siempre me daban ganas de gritar... o de aplaudir, todavía no me decidía. Me miró por encima del hombro, con esos ojos grises convertidos en dos dagas de hielo que parecían atravesar mi armadura como si fuera de papel.

—Ya escuchaste, Dravenkael —escupió con ese desdén que manejaba como un arma—. Vuelve a tus palacios a lustrar tu corona. Esto es un asunto de los Vaelkríass y no necesito a un estratega de salón estorbando en mi camino. Vete.

Algo dentro de mí hizo cortocircuito. Quizás fue el golpe que me dio antes, o el hecho de verla arrodillada en el lodo ayudando a un enano, o simplemente esa manía suya de creer que puede cargar con el peso del mundo ella sola sin mirar a los lados.

—No me voy —solté de golpe, dando un paso adelante mientras Rhyx soltaba un gruñido de aprobación—. Tú eres mi mujer y, además, no pienso dejarte sola en esto.

El silencio que siguió fue absoluto. El viento dejó de silbar, el enano se quedó congelado con una baya a medio camino de la boca y hasta Vharok dejó de rugir para ladear la cabeza, mirándome como si fuera un bicho raro.

*¿Qué acabas de decir, idiota?*, gritó una voz en mi cabeza.

Sentí el calor subirme por el cuello como si Rhyx me hubiera lanzado una bocanada de fuego directamente a la nuca. El término "mi mujer" resonó en mis oídos como una campana de bronce. En la cultura de los jinetes de alto linaje, decir eso era prácticamente una declaración de propiedad y compromiso eterno, un vínculo que no se rompía ni con la muerte. Y yo lo había soltado así, entre el barro y los mocos de un enano, frente a mi peor enemiga.

Zhaeryntha se quedó petrificada sobre su dragón. Por primera vez en diecinueve años, la vi parpadear más de lo necesario, completamente descolocada.

—¿Tu... qué? —susurró ella, y juraría que su voz tembló un milímetro.

—Yo... lo que quise decir... —empecé a tartamudear, sintiendo que mi rostro se transformaba en un tomate maduro. El rojo de mis mejillas debía ser visible incluso a través de la bruma de la tormenta—. Quise decir que... que nuestras casas están aliadas, ¡maldita sea! Que por contrato y estrategia eres... parte de mi responsabilidad política. ¡Eso!

Traté de recuperar mi postura de galán arrogante, pero era demasiado tarde. Me ardían hasta las orejas. Me llevé una mano a la nuca, evitando desesperadamente su mirada, mientras deseaba que la tierra se abriera y un orco me tragara entero para ahorrarme la humillación.

—No te voy a dejar sola porque... porque eres demasiado impulsiva y vas a causar una guerra internacional antes del almuerzo —añadí, tratando de sonar sarcástico, aunque mi voz salió un octavo más aguda de lo normal—. Solo por eso. No te hagas ilusiones, Vaelkríass.

Rhyx soltó un sonido que juraría que era una risotada dracónica. Maldito dragón traidor.

Zhaeryntha recuperó la compostura, aunque todavía había una sombra de confusión en su rostro. Se ajustó los guanteletes y apretó las riendas de Vharok con una fuerza innecesaria.

—Si vuelves a decir algo tan estúpido, Dravenkael —dijo ella, aunque esta vez no parecía tan enojada, solo... extrañada—, te cortaré la lengua y se la daré de comer a los Wyverns.

Instó a su dragón a elevarse sin decir nada más. Yo me quedé allí parado, con el corazón martilleando contra las costillas y la cara ardiendo, viendo cómo su silueta negra se perdía entre las nubes.

—Soy un imbécil —le dije a Rhyx, que me miraba con sus ojos verdes e inteligentes—. No digas ni una palabra de esto a nadie o te juro que te pongo a dieta de pescado podrido un mes entero.

Me subí a Rhyx de un salto, instándolo a despegar con una brusquedad que casi nos hace chocar contra una rama de roble. Necesitaba aire, y lo necesitaba lejos de ese claro, lejos del enano y, sobre todo, lejos de la mirada desconcertada de Zhaeryntha.

El ascenso fue un borrón de nubes grises y relámpagos. El viento azotaba mi rostro, pero no lograba enfriar el calor que todavía sentía en las mejillas. "Tu mujer". ¿En qué estaba pensando? Llevábamos diez años compitiendo por ver quién era más letal, quién era más rápido, quién humillaba más al otro frente a los instructores... y en un segundo de estupidez absoluta, solté las palabras que un caballero solo le dice a su prometida ante el altar de los dragones.

—Cállate —le gruñí a Rhyx cuando sentí una vibración burlona en sus escamas. El dragón soltó un bufido de humo gris, claramente disfrutando de mi miseria.

A medida que las torres de mi palacio, el Bastión de Dravenkael, aparecían entre la bruma, traté de recomponer mi máscara de arrogancia. El bastión era una mole de piedra gris oscuro, tan severa y estratégica como mi propia estirpe. Aquí no había lugar para el sentimentalismo ni para los deslices verbales que ponían en riesgo siglos de rivalidad política.

Aterrizamos en la plataforma superior con un impacto seco. Los mozos de cuadra corrieron a recibirnos, pero les hice un gesto impaciente para que se mantuvieran alejados. Desmonté de un salto, sintiendo el peso de mi armadura y el peso de mi propia estupidez.

—Señor, su padre lo espera en el ala táctica —anunció un sirviente, inclinándose con respeto—. Dice que hay noticias urgentes sobre los movimientos orcos en las fronteras orientales.

—Dile que iré en un momento —respondí con voz cortante, caminando a grandes zancadas hacia mis aposentos privados.

Necesitaba lavarme la cara, quitarme el olor a lodo y a bayas de luna, y sobre todo, necesitaba convencerme de que lo que dije fue un error táctico y nada más. Al entrar en mi habitación, me detuve frente al gran espejo de bronce. Mi rostro seguía ligeramente encendido y el labio donde ella me había golpeado estaba empezando a hincharse.

Me toqué la herida con cuidado.

—Es mi enemiga, Rhyx —dije en voz alta, aunque el dragón estaba afuera en las caballerizas—. Es una Vaelkríass. Es una mujer insoportable, violenta y desconfiada que me daría de comer a su dragón si pudiera.

Pero mientras lo decía, recordé cómo sus dedos pálidos habían acariciado al Wyvern salvaje con una calma que yo no poseía. Recordé cómo se arrodilló en el fango para ayudar a un enano insignificante, manchando su linaje real solo por una corazonada.

Ella no era solo "la chica que me golpeaba". Era algo mucho más peligroso. Y yo, el gran estratega de los Dravenkael, acababa de darle el arma definitiva contra mí: la verdad.

Me eché agua fría en la cara y apreté los dientes. Mañana volveríamos al claro. Mañana tendría que enfrentarla de nuevo después de mi declaración de idiota. Me aseguraría de llevar las mejores provisiones, no por el enano, sino porque no pensaba dejar que ella fuera la única "heroína" de esta historia. Si ella iba a jugar a salvar el mundo, yo lo haría mejor que ella.

Porque si era "mi mujer", aunque solo fuera en mi boca traicionera, no iba a permitir que me superara en nada. Ni siquiera en ser amable.

Zhaeryntha Vaelkríass :

Entré en mis aposentos con la fuerza de un vendaval, empujando las puertas de roble con un estruendo que hizo vibrar las lámparas de aceite. Todavía podía sentir el eco de las palabras de Kaelthoryn en mis oídos: *"Tu mujer"*. El muy imbécil. El muy... atrevido. Tenía los nervios a flor de piel y el barro del bosque secándose en mis botas, formando una costra que ensuciaba la alfombra de seda.

Pero lo que vi al cruzar el umbral me hizo detener de golpe, y mi furia cambió de objetivo en un parpadeo.

Frente al gran espejo de plata, mi hermana menor, **Lyra**, de apenas quince años, se pavoneaba con uno de mis vestidos de gala más pesados: el de seda negra con bordados de escamas de dragón en hilo de plata. Le quedaba enorme; el dobladillo arrastraba por el suelo como una cola de lagarto herido y los hombros se le caían, revelando su figura aún infantil.

—¿Qué crees que estás haciendo, Lyra? —solté, mi voz cortante como una cuchilla de hielo.

Ella dio un salto, soltando un chillido ahogado mientras intentaba desesperadamente no enredarse con la tela y caer de bruces. Se giró hacia mí, con las mejillas encendidas y una joya de mi tocador colgando torpemente de su cuello.

—¡Zhaeryntha! No te esperaba tan pronto... —balbuceó, tratando de recuperar una dignidad que no tenía—. Yo solo... estaba comprobando la calidad de la costura. Ya sabes, para cuando yo tenga que heredar estas piezas.

Me acerqué a ella con pasos pesados, dejando un rastro de tierra a mi paso. El contraste entre mi armadura oscura, manchada de lodo y sudor, y la delicadeza del vestido que ella vestía, era casi cómico.

—Ese vestido es para una guerrera, no para una niña que todavía se esconde de los entrenamientos de vuelo —le espeté, agarrando el brazo del vestido para obligarla a mirarme—. Quítatelo. Ahora.

—¡No es justo! —protestó ella, inflando los mofletes con esa rebeldía inútil de los quince años—. Tú siempre tienes las mejores misiones, los mejores dragones y los mejores pretendientes. He oído que Dravenkael ha vuelto a la ciudad. ¿Es cierto que es tan apuesto como dicen las baladas?

Sentí un pinchazo de irritación pura al escuchar ese nombre. Me solté de su brazo y caminé hacia mi tocador, quitándome los guanteletes con brusquedad.

—Dravenkael es un idiota engreído con demasiadas palabras y muy poco cerebro —respondí, dándole la espalda—. Y si vuelves a tocar mis cosas, te juro que te encerraré en las caballerizas con los Wyverns jóvenes para que aprendas lo que es la verdadera "costura".

Lyra soltó un bufido, pero empezó a desabrocharse el vestido con dedos torpes.

—Estás de un humor peor que el de Vharok cuando tiene hambre —murmuró ella, mirándome a través del espejo—. ¿Ha pasado algo en el bosque? Tienes los ojos más plateados de lo normal... y estás roja. ¿Te ha dado el sol o es que alguien finalmente te ha dejado sin palabras?

—Fuera, Lyra —sentencié, señalando la puerta con un gesto imperioso.

Ella salió casi corriendo, arrastrando el vestido por el suelo en un último acto de desobediencia silenciosa. Cuando la puerta se cerró, me dejé caer en la silla frente al espejo. Me vi a mí misma: despeinada, sucia, con una cicatriz en la ceja que recordaba mi última batalla y un rubor extraño que no quería admitir.

*"Tu mujer"*.

Apreté los puños sobre la madera del tocador. Mañana vería a ese idiota otra vez. Y más le valía traer comida de calidad para el enano, porque si pensaba que un par de palabras bonitas me iban a ablandar, estaba a punto de descubrir por qué me llaman la Tormenta de los Vaelkríass.

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Cliente anónimo
hay pobreeee😔😭🥺
Cliente anónimo
🥺😔😭
Cliente anónimo
no, 🥺 😔 ese no es cansancio, niño... eso se llama dolor pero tú terquedad y orgullo no lo haces que se deje ver 🥺🥺🥺
Cliente anónimo
pobres! 🥹😭 sufren muchísimo 🥺
Cliente anónimo
me encantó /Drool//Drool/
Adeilis
Me fascina, más capítulo por favor
Adeilis
La historia es muy interesante
Uma campo
🤣🤣🤣🤣 AMO A LA NARRADORA
Cliente anónimo
me va encantando. donde narra la narradora me hizo reir mucho 🥹💗🐉 además, me encanta como se desarrolla la historia
Uma campo
😂😂😂😂
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