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ENTRE MAREAS

ENTRE MAREAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa

Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.

Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.

Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.

Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.

Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:

Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20 — El rugido del motor y el eco del pasado

El lunes amaneció con un cielo de color plomo y un viento que traía el olor de la lluvia lejana.

Puerto Sereno estaba en vilo. El ruido del helicóptero se escuchó antes de verse, un zumbido rítmico que rompió la paz del amanecer y atrajo a medio pueblo hacia el muelle principal. El helicóptero médico, blanco y naranja, aterrizó en el espacio despejado cerca de la capitanía.

Andrés estaba ahí, con la cara lavada por el frío de la mañana y los ojos azules más oscuros que nunca. A su lado, Elena sostenía un rosario entre las manos, apretándolo tanto que los nudillos se le veían blancos.

Rafael fue trasladado en camilla. Se veía pequeño, rodeado de máquinas y paramédicos. Al pasar frente a Andrés, levantó una mano débil. Andrés la tomó. Fue un apretón rápido, de hombre a hombre, cargado de todo lo que aún no habían resuelto.

—Vuelve — dijo Andrés. Fue una orden, no un deseo.

Rafael asintió apenas y luego miró a Elena. No hicieron falta palabras; la mirada de ella era el ancla que lo obligaba a regresar.

El helicóptero despegó, levantando una nube de arena y salitre, y se perdió en dirección a Caracas.

Marcela, la abogada, se quedó en el muelle mirando el horizonte con una expresión de impaciencia. Se ajustó las gafas de sol y se giró hacia Andrés.

—Estará en las mejores manos, Andrés. Ahora, tenemos que ir a la oficina de la capitanía. Hay documentos que firmar en caso de que... bueno, ya sabes.

Andrés no la miró. Sus ojos estaban fijos en el punto donde el helicóptero había desaparecido.

—Ahora no, Marcela.

—Es urgente.

—Nada es más urgente que mi familia — dijo Andrés, y se alejó para abrazar a su madre.

Fue en ese momento, cuando la arena aún no se había asentado, que un Jeep de lujo, color gris metalizado, se estacionó justo al final del muelle.

De él bajó un hombre que parecía haber salido de una revista de moda. Alto, con el pelo castaño perfectamente peinado hacia atrás, una camisa de lino impecable y esa seguridad arrogante de quien sabe que su presencia lo cambia todo.

Se llamaba Ricardo.

Ricardo no buscó a Rafael, ni a Andrés, ni a la abogada. Sus ojos recorrieron el grupo de gente hasta que se clavaron en una sola persona.

—¿Sofía? — su voz era profunda, educada, con ese tono caraqueño refinado que contrastaba violentamente con el acento rudo del puerto.

Sofía, que estaba a unos metros ayudando a Valeria a sacudirse la arena de los ojos, se quedó petrificada. Se giró despacio, como si no quisiera creer lo que había escuchado.

—¿Ricardo? — su voz salió como un susurro roto.

Ricardo sonrió. No era una sonrisa de alegría, era una sonrisa de triunfo. Caminó hacia ella ignorando las miradas curiosas de los pescadores y la expresión gélida de Andrés, que ya se había percatado de la presencia del extraño.

—Te busqué por todas partes, Sofi — dijo Ricardo, llegando frente a ella. No guardó distancias; le tomó la mano y se inclinó para darle un beso en la mejilla que ella no pudo evitar —. Tu jefe en el instituto me dijo que estabas aquí perdiendo el tiempo con unos corales. Vine a buscarte. Nos vamos a casa.

Andrés dio un paso al frente. Su presencia era como una sombra que cubría la luz del sol.

—¿Quién es este? — preguntó Andrés. Su voz era un gruñido bajo, el tipo de tono que usaba antes de una tormenta.

Ricardo se giró hacia él, midiéndolo de arriba abajo. No se dejó intimidar por el tamaño de Andrés ni por sus manos curtidas por el trabajo.

—Ricardo Mendoza — dijo, extendiendo una mano que Andrés no tomó —. El prometido de Sofía. O bueno, su ex prometido, si nos ponemos técnicos con eso de su "vuelo de huida". Pero eso ya terminó. He venido por ella.

Sofía sintió que el muelle se movía bajo sus pies.

—Ricardo, tú y yo terminamos hace tres meses — dijo Sofía, con la voz temblorosa pero firme —. Te dije que no me buscaras.

—Estabas confundida, nena. Todos tenemos crisis — Ricardo se rió, una risa ligera que irritó a Andrés hasta la médula —. Pero ya pasó. He organizado todo en Caracas. Tenemos esa cena en el club el sábado y tu puesto en el laboratorio te está esperando. Vamos, despídete de tus... amigos locales, y sube al Jeep.

Andrés se interpuso entre Ricardo y Sofía. Su pecho estaba a centímetros del de Ricardo.

—Ella no va a ninguna parte — dijo Andrés. Cada palabra era un golpe de martillo.

Ricardo arqueó una ceja, mirando a Andrés como si fuera un bicho curioso.

—¿Y tú quién eres? ¿El guía turístico? ¿El lanchero? — miró a Marcela, que se había acercado con interés —. Marcela, qué sorpresa encontrarte en este hueco. Veo que estamos en el mismo bando de "rescatar gente perdida".

Marcela sonrió, cruzando los brazos.

—Algo así, Ricardo. Parece que Puerto Sereno tiene un imán para los desubicados.

Sofía miró a Andrés. Sus ojos azules estaban cargados de una furia que ella nunca le había visto. Luego miró a Ricardo, que la miraba con esa suficiencia que tanto la había asfixiado en Caracas.

—No soy una cosa que puedas venir a buscar, Ricardo — dijo Sofía, dando un paso al frente desde detrás de Andrés —. Me quedo aquí. Me quedo con Andrés.

Ricardo soltó una carcajada seca.

—¿Con él? ¿En serio, Sofía? ¿Vas a cambiar tu vida, tus estudios, tu apellido por vivir en una posada y comer pescado frito el resto de tus días? No te doy una semana antes de que empieces a extrañar el aire acondicionado y una conversación inteligente.

Andrés no aguantó más. Le puso una mano en el pecho a Ricardo y lo empujó un paso atrás.

—Vuelve a tu carro — dijo Andrés, con una calma aterradora —. Y sal de mi puerto ahora mismo.

—¿Tu puerto? — Ricardo se ajustó la camisa, todavía sonriendo —. No te preocupes, lanchero. Me voy a la posada de una tal Doña Carmen a ducharme. El viaje ha sido largo. Sofi, nos vemos a la cena. Sé que vas a recapacitar.

Ricardo se giró, subió a su Jeep y arrancó, dejando una estela de polvo y la tensión a punto de estallar en el muelle.

Andrés se giró hacia Sofía. No la abrazó. No la besó. Sus ojos eran dos pozos de fuego azul.

—¿Prometido? — preguntó él. Una sola palabra. Cargada de veneno.

—Andrés, te conté de él... — empezó Sofía.

—Me dijiste que habías terminado — dijo Andrés —. No me dijiste que el tipo era un imbécil que creía que eras de su propiedad. Ni que venía a buscarte.

—¡Yo no sabía que venía! — gritó Sofía, frustrada.

Valeria se acercó y le tomó la mano a Sofía, mirando a su padre con miedo.

—Papá, ese señor es feo — dijo Valeria.

Andrés no respondió. Miró a Marcela, que disfrutaba de la escena desde lejos, y luego volvió a mirar a Sofía. Sin decir nada más, se dio la vuelta y caminó hacia su lancha.

—¡Andrés! — gritó Sofía.

Él no se detuvo. Saltó a la proa y empezó a soltar los amarres con una violencia que hablaba por él.

Puerto Sereno acababa de recibir a dos extraños, y la marea, que antes estaba tranquila, empezaba a picarse peligrosamente.

Esa noche Sofía escribió en su cuaderno:

Llegó Ricardo.Con su olor a perfume caro y su arrogancia.Y en un segundo, construyó un muro entre Andrés y yo.

Andrés está en el mar. Solo.Y yo estoy aquí, en mi cuarto de la posada,escuchando el motor del Jeep de Ricardo afuera.

La tormenta de Rafael es en el corazón.La mía... la mía acaba de empezar.

Fin del Capítulo 20 ✨

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Helizahira Cohen
Muy bonita, romántica, sencilla y corta me gusta
Helizahira Cohen
te equivocaste de nombre ella hablo de Rodrigo y apareció Ricardo, bueno un error se entiende, Andres debe calmarse es pasado
Helizahira Cohen
Esas cosas pasan mas a menudo de lo que uno cree
Helizahira Cohen
No hay comentarios, es bonita, romántica pero esta narrada bien, sigo leyendo, ojalá vean tu trabajo
Helizahira Cohen
Es bonita y la escritora es mi paisana venezolana, describe nuestro mal y menciona nuestras palabras, Cambur = banana
mailyn rodriguez
hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi.
mailyn rodriguez
Gracias 🥰
Cliente anónimo
Es muy bonita la historia.🥰
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