En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
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La joya de la corona
La noche de la presentación llegó con la promesa de un espectáculo de poder y elegancia. El ático más exclusivo de la ciudad, con vistas panorámicas al *skyline* nocturno, fue el escenario elegido por **Dará** para la gran revelación.
La "Reina" no solo estaba presentando a su Gran Ejecutora, estaba exhibiendo su posesión más valiosa, moldeada a su imagen y semejanza.
Para la ocasión, **Fah** dejó atrás el uniforme militar y se enfundó en un traje de gala gris plata que cortaba la respiración.
Al entrar al salón principal, del brazo de Dará, el silencio fue inmediato.
Los socios internacionales, hombres de negocios con trajes caros y miradas depredadoras, se quedaron sin palabras. Muchos recordaban a la chica invisible de la gala anterior, pero la mujer que estaba frente a ellos ahora emanaba una autoridad fría y una belleza peligrosa.
Sus rasgos coreanos, acentuados por un maquillaje sutil, y su *wolf cut* le daban un aire rebelde que contrastaba con la sofisticación de su atuendo.
Dará caminaba con la confianza de quien sabe que tiene el as en la manga. Se detuvo en el centro del salón y alzó su copa.
—Caballeros, permítanme presentarles oficialmente a mi Gran Ejecutora, Fah —la voz de Dará resonó, clara y firme—. Algunos de ustedes ya conocen su lealtad. Ahora, todos conocerán su poder. Ella es mi mano derecha, mi sombra y mi castigo. Su palabra es la mía.
Fah mantuvo la mirada alta, recorriendo el salón con una calma letal. Se sentía invencible. La seda rozaba su piel recién tatuada, un recordatorio constante de su pertenencia absoluta a Dará. Ya no era la chica del instituto, ni siquiera la fugitiva que creían muerta. Era una obra de arte, un arma decorada con la voluntad de la Reina.
La noche transcurrió entre conversaciones diplomáticas y miradas cargadas de tensión. Fah se movía entre los invitados con la gracia de una pantera, respondiendo a las preguntas con brevedad y precisión. Su entrenamiento con Dará había dado frutos; ya no solo sabía pelear, sabía gobernar.
Uno de los socios, un hombre con una reputación de ser difícil, se acercó a ella con una sonrisa cínica.
—Me han dicho que esos tatuajes no son solo decoración —comentó, mirando fijamente la corona de espinas en su cuello—. Que son el sello de la organización.
—No son solo el sello de la organización —respondió Fah, su voz baja y gélida—. Son el sello de mi dueña. Y no son solo decoración. Son una advertencia.
El hombre palideció ligeramente ante la intensidad de su mirada y se retiró. Dará, que había estado observando desde lejos, sonrió con suficiencia.
Al final de la noche, cuando los invitados se retiraron y el ático recuperó su silencio, Dará llevó a Fah a la terraza. La tomó por la nuca, obligándola a mirarla mientras la luz de la luna bañaba sus rostros.
—Has estado impecable, mi pequeña sombra —susurró Dará, rozando sus labios con los de ella—. El mundo entero ha visto lo que eres capaz de hacer. Tienes el poder, tienes el mando... pero nunca olvides de quién es el corazón que late bajo ese uniforme de seda y tinta.
Fah se aferró a ella, hundiendo sus dedos en el cabello de Dará. En ese momento, las marcas en su cuerpo no eran más que recordatorios de su valor. Se sentía invencible porque, a pesar de la sangre y los golpes, seguía estando allí, en el corazón de la tormenta, siendo la única persona capaz de hacer flaquear la armadura de la Reina.
—Soy tu Gran Ejecutora ante el mundo, Dará —respondió Fah antes de besarla con una intensidad que casi las deja sin aliento—. Pero aquí, en el silencio... siempre seré tuya.