Historia romántica
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CAPÍTULO 4: LA CAJA DEL ALTILLO
Lucía no puede dormir.
Desde que Mateo dijo “eran lindos, como siempre”, tiene el pecho lleno de pájaros. Pájaros que picotean, que no la dejan quedarse quieta. Son las dos y media de la mañana y la casa de los Rinaldi está en silencio, pero ella escucha todo: el refrigerador, el viento en la ventana, la respiración de Mateo arriba en la cama.
Se levanta sin prender la luz. Conoce el camino de memoria. Cinco años en esta casa. Cinco años de ir al baño de noche sin despertar a nadie. Cinco años de no ser una carga.
Pero hoy no va al baño. Hoy va al altillo.
La puerta del altillo está al final del pasillo, al lado de la pieza de Carla y Franco. Es una puerta chica, pintada de blanco, con una perilla redonda que hace ruido cuando girás. Lucía aprendió a girarla despacio, en dos tiempos, para que no suene. Click… esperar… click.
Adentro huele a polvo y a ropa vieja. No hay luz. Solo una lamparita que se prende tirando de una piola. Lucía se para en la punta de los pies y tira. La luz es amarilla, débil, hace que todo se vea como en una película vieja.
No sabe qué busca. O sí sabe. Busca algo de antes. Desde ayer, desde que Mateo dijo que los vio en la calle, algo le da vueltas en la panza. Como si Elena y Martín hubieran dejado una migaja de pan y ella tuviera que encontrarla antes que los pájaros se la coman.
El altillo de los Rinaldi es ordenado. Franco es ordenado hasta para esconder cosas. Hay cajas con etiquetas: “ROPA INVIERNO”, “ADORNOS NAVIDAD”, “PAPELES CASA”. Y al fondo, contra la pared, hay una caja distinta. No tiene etiqueta. Es de cartón marrón, más gastada, con cinta de embalar en las esquinas. Arriba, escrito con marcador negro, dice: “Hogar El Trébol – 2021”.
Lucía se queda sin aire.
Conoce esa letra. No es de Carla. No es de Franco. Es de una señora del hogar, la que los anotaba para comer. La que le dijo a Mateo el día que se iban: “Pórtate bien con tu nueva mamá, nene. Tu hermanita te necesita fuerte”.
Se arrodilla frente a la caja. Tiene miedo de abrirla. Las cajas sin etiqueta son como los monstruos: no sabés qué hay hasta que mirás. Y una vez que mirás, no podés des-ver.
Respira hondo, como le enseñó Carla para cuando tiene miedo. Uno, dos, tres. Levanta la tapa.
Adentro huele a El Trébol. No es joda. Huele a humedad, a jabón blanco, a galletitas de agua. Huele a los primeros cinco años de su vida.
Lo primero que ve es una manta. Es chiquita, de polar, amarilla. Era de ella. La usaba para dormir en el hogar. Tiene un agujero en una esquina, de cuando Mateo le dijo que parecía queso y le hizo un mordiscón para hacerla reír. Abajo de la manta hay un dibujo. Está arrugado, hecho con crayones. Lo hizo Mateo. Se acuerda. Tenían 6 y 3. Es un dibujo de cuatro personas abajo de un sol gigante. Una mujer con vestido, un hombre con rulos, un nene con los brazos abiertos y una beba. Arriba dice, con letras torcidas: “Mi familla”. Le faltaba la i. La señorita del hogar le dijo que no importaba.
Lucía toca el dibujo y se le llenan los ojos de agua. No llora. Hace cinco años que aprendió a no llorar fuerte. Llora para adentro, como le enseñó Mateo. “Los Rinaldi son buenos, pero si llorás mucho, piensan que no sos feliz y se ponen tristes”, le había dicho una vez. “Y ellos no tienen la culpa”.
Sigue escarbando. Hay un par de zapatillas de Mateo, gastadas, con el velcro roto. Hay un vestidito de ella, de flores, que le quedaba grande. Y al fondo, envuelto en una remera de River vieja que era de Martín, hay un libro.
Lo saca con las dos manos. Es pesado. Rayuela, de Julio Cortázar. Tapa dura, verde oscuro, gastada en las puntas. Lo abre. Huele a libro viejo. Huele a librería. Huele a “El Refugio”.
En la primera página hay una dedicatoria, escrita con birome azul. La letra es de Elena. Lucía la reconoce aunque era chica. Elena le escribía el nombre en la vianda del jardín. Lucía. Con la L grande, con rulo.
La dedicatoria dice: “Para Martín. Porque saltamos juntos todos los casilleros y terminamos acá, donde empezó todo. Te gané la discusión: el primer capítulo de nosotros se escribió en esta librería. Te amo. E.”
A Lucía se le cierra la garganta. Cierra el libro y lo aprieta contra el pecho. Es de ellos. Es de antes. Es la prueba de que se conocieron ahí, entre esos estantes. Que El Refugio no era solo su negocio: era su origen.
Lo vuelve a abrir. Pasa las páginas sin leer, solo mirando. En la página 47 hay algo. Un papel doblado en cuatro, metido entre las hojas. No es parte del libro. Lo sacaron de una libreta, se nota por los agujeritos del costado.
Lo desdobla con dedos que le tiemblan.
Es la letra de Elena. Apurada, como si hubiera escrito rápido. Hay manchas, como de lágrimas o de agua.
*“Si alguna vez nos pasa algo, Mateo, buscá donde empezó todo. Mamá y papá te aman. Siempre. Perdón. No lloren por nosotros. Sean libres. Sean buenos. Cuiden a Luli. E.
PD: El Refugio. La escalera vieja de madera, la que cruje. Tercer estante empezando de abajo. Atrás de todo, en el fondo. Ahí dejé algo para vos. Por si no volvíamos.”*
Lucía lee la nota cinco veces. La primera no entiende. La segunda se le nubla la vista. La tercera se le cae una lágrima en la palabra “Luli” y la tinta se corre un poquito. La cuarta la lee en voz alta, susurrando. La quinta la memoriza.
Ahora sí entiende. “Donde empezó todo” es la librería El Refugio. Donde se conocieron peleando por Rayuela. Donde después se enamoraron, donde nació Mateo, donde nació ella. Y la pista es exacta: la escalera de madera que cruje —la que usaban para alcanzar los libros de arriba—, tercer estante empezando de abajo, atrás de todo, en el fondo.
Es para Mateo. Dice “Mateo” al principio. Ella es “Luli”. Ella es la que hay que cuidar. Y hay algo escondido en la librería. Algo que Elena dejó “por si no volvíamos”.
Guarda todo otra vez en la caja, menos el libro y la nota. Esos se los lleva. Baja del altillo con la piola de la luz en la mano, la apaga, cierra la puerta con los dos clicks.
En la pieza, Mateo duerme de costado, con la cara para la pared. Lucía no prende la luz. Se arrodilla al lado de la cama, en el piso. Duda tres segundos. Después lo sacude del hombro.
—Mateo —susurra—. Mateo, despertate.
Él gruñe. Se da vuelta. Tiene la cara marcada por la almohada y los ojos hinchados de sueño.
—¿Qué hora es? —dice, con la voz pastosa—. Andá a dormir, Luli.
—Encontré esto —dice ella, y le pone el libro en la cama, sobre la frazada. Después la nota, arriba del libro—. Es de mamá.
Mateo se sienta de golpe. La mira a ella, mira el libro, mira la nota. La agarra. La luz de la calle que entra por la ventana no alcanza, pero él igual lee. Los labios se le mueven sin sonido. Cuando termina, la lee otra vez. Y otra.
No dice nada por un minuto entero. Lucía cuenta los segundos. A los sesenta, Mateo cierra los ojos. Aprieta la nota en el puño. Cuando los abre, no está enojado. Está otra cosa. Está roto y lúcido y furioso, todo junto.
—¿Dónde estaba? —pregunta. La voz le sale como si tuviera vidrios.
—En el altillo —contesta Lucía—. En una caja del hogar. Dice “El Trébol 2021”.
Mateo se pasa la mano por la cara. Se levanta de la cama, camina hasta la ventana. Mira para afuera. Milán de madrugada es negra y naranja, por los faroles. No se parece en nada a El Trébol.
—“Buscá donde empezó todo” —lee él de nuevo, en voz alta—. El Refugio. La escalera. Tercer estante. Atrás de todo.
Se da vuelta y la mira. Por primera vez en años, no la mira como si fuera una nena molesta. La mira como si fuera su cómplice.
—Ellos se conocieron ahí —dice Mateo. No es pregunta—. En la librería. Por este libro de mierda.
Lucía asiente. Lo sabe por la dedicatoria. El primer capítulo de nosotros se escribió en esta librería.
—Dejó algo —sigue Mateo, más para él que para ella—. Mamá dejó algo escondido. Antes de irse. Por si no volvían.
Tiene la nota en la mano y por un segundo Lucía piensa que la va a romper. Como la foto hace cinco años. Como el libro en la librería de Franco. Pero no lo hace. La alisa contra la pierna, con cuidado, y la dobla en cuatro otra vez. La guarda en el bolsillo del pantalón del pijama.
—Andá a dormir —le dice a Lucía. No es una orden enojada. Es una orden de hermano mayor—. Mañana hablamos.
Lucía asiente. Se mete en su colchón en el piso. No se duerme. Escucha que Mateo no se acuesta. Escucha que abre Rayuela y pasa las páginas. Escucha que para en la dedicatoria. El primer capítulo de nosotros se escribió en esta librería.
A las cinco de la mañana, Mateo todavía está despierto. Lucía lo sabe porque lo escucha respirar. No es la respiración de dormido. Es la de pensar. La de planear.
A las siete, Carla los encuentra así: Lucía dormida en el piso, con la manta amarilla del altillo tapándola, y Mateo sentado en la cama, con Rayuela abierto y la nota en la mano. No durmió.
Carla no pregunta. Le toca el pelo y le dice: “El desayuno está listo, amore. Cuando quieras”.
Mateo no contesta. Pero cuando Carla sale, guarda el libro bajo el colchón. Y la nota en el bolsillo de la campera que va a usar para ir al colegio.
En el desayuno no habla. Come el guiso recalentado aunque sea mañana. Franco lo mira y no dice nada del libro que vio bajo el colchón cuando fue a dejar ropa limpia. No dice nada de la manta amarilla. Solo le pone una taza de café con leche adelante.
—Hoy no vas al colegio si no querés —dice Franco.
Mateo niega.
—Voy —dice—. Tengo que pensar. Y buscar algo en Google.
En el colegio, no entra a clase. Se mete en la biblioteca y pide usar la computadora. Busca “El Refugio librería El Trébol Santa Fe”. Aparece una noticia vieja de hace 5 años: “Cierra sus puertas la tradicional librería El Refugio tras la misteriosa desaparición de sus dueños. El local permanece tapiado”.
Tapiado. Cerrado. Pero la pista está ahí: tercer estante de la escalera, atrás de todo.
Saca la nota del bolsillo y la lee por enésima vez. Buscá donde empezó todo. El Refugio.
No es Milán. No es la escuela. No es un recuerdo.
Es un lugar. Con una dirección. Con un estante. Con algo escondido abajo de todo.
Y para llegar, tiene que cruzar un océano.
Cierra el puño sobre la nota. Por primera vez en cinco años, Mateo Rinaldi tiene algo más fuerte que la rabia.
Tiene un mapa.