Él es peligroso, distante y está rodeado de mujeres que harían lo que fuera por su poder. Sin embargo, Elena ha tomado una decisión: el hombre más temido del ejército será suyo. Aunque deba romper su propia timidez para reclamar el corazón de hielo que nadie ha logrado incendiar.
En la guerra del deseo, la vulnerabilidad es el arma más letal.
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capitulo 24
El aire en el paso de montaña era tan afilado que cada respiración dolía en los pulmones, pero nada me quemaba más que la mirada de Alistair cuando creía que nadie lo observaba. Desde aquella noche en la tienda, cuando el Comandante Supremo finalmente bajó las armas ante mí, el mundo había cambiado. Ya no caminábamos sobre hielo frágil; caminábamos sobre un incendio que nosotros mismos habíamos provocado.
Me encontraba en la carpa de suministros, organizando las últimas raciones de pólvora y medicinas, cuando escuché el galope frenético de un caballo. No era una patrulla normal. Los gritos de los centinelas me pusieron en alerta.
—¡Mensajero real! ¡Abran paso!
Salí de la carpa y vi a un hombre cubierto de escarcha desplomarse de su montura. Traía un cilindro de plata con el sello del Consejo de Guerra, pero algo en su rostro, un pavor que iba más allá del cansancio, me hizo estremecer.
Me dirigí hacia la tienda de Alistair. Los guardias ya no me detenían; mi presencia se había vuelto una constante silenciosa que todos aceptaban por respeto o por miedo a la ira del Comandante. Al entrar, lo encontré revisando los mapas con una intensidad febril. Al verme, sus facciones se suavizaron apenas un segundo, un destello de humanidad que guardaba solo para mí.
—Elena, deberías estar descansando —dijo, su voz ronca por la falta de sueño.
—Ha llegado un mensajero del Consejo, Alistair. Viene de la capital.
Él se tensó. El mensajero entró poco después, entregando el despacho. Vi cómo los ojos de Alistair recorrían el papel y cómo su rostro, ya de por sí pálido, se convertía en una máscara de mármol muerto. El papel crujió bajo la fuerza de su puño.
—Traición —susurró.
—¿Qué ocurre? —me acerqué, rompiendo la distancia de mando.
—El Consejo ha recibido "pruebas" de que mis movimientos en el río fueron una maniobra para entregar a la vanguardia a los rebeldes. Genevieve... esa víbora ha usado la influencia de su familia para acusarme de alta traición. Han enviado una orden de arresto y un relevo de mando. Vienen hacia aquí, Elena.
El mundo pareció detenerse. Si Alistair entregaba el mando ahora, la campaña colapsaría y él terminaría en el patíbulo. No era solo su vida; era el honor de los hombres que confiaban en él.
—No pueden arrestarte —dije, mi voz vibrando con una determinación que me sorprendió a mí misma—. Si te vas, los rebeldes cruzarán el paso antes del amanecer.
—Es una orden directa de la Corona, Elena. Si me resisto, seré un rebelde más. Si voy, moriré en una celda antes de poder defenderme.
Se dejó caer en su silla de campaña, frotándose las sienes. Parecía, por primera vez, un hombre que no podía cargar más con el peso del mundo. Me acerqué a él, rodeando sus hombros con mis brazos. La sensualidad de nuestro contacto habitual se tiñó de una urgencia desesperada. Mis manos buscaron la piel caliente de su cuello, intentando transmitirle una fuerza que él creía haber perdido.
—Escúchame, Alistair —susurré contra su oído, sintiendo el aroma a cuero y tormenta que siempre lo rodeaba—. No vas a entregarte. Hay una forma de probar que Genevieve falsificó esas pruebas. Los sellos que ella mencionó... yo sé dónde están los registros originales. Están en el archivo móvil del general de la retaguardia, el que ella intentó manipular antes de que partiéramos.
Él levantó la vista, sus ojos grises buscando los míos con una mezcla de esperanza y terror.
—Es demasiado peligroso. Tendrías que cruzar las líneas enemigas y llegar a la retaguardia antes de que el emisario del Consejo tome el mando. No dejaré que te arriesgues así.
—No me lo vas a impedir —respondí, bajando mis manos por su pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón bajo el lino de su camisa—. Durante años fui la chica tímida que se escondía entre papeles. Pero esa chica murió en el río cuando te rescaté. Ahora soy la mujer que va a salvar a su hombre, Alistair. Porque te amo, aunque todavía no te atrevas a decírmelo tú a mí.
Él me atrapó por la nuca, atrayéndome hacia un beso que sabía a despedida y a promesa. Fue un beso feroz, desesperado, donde nuestras lenguas se encontraron con una necesidad que trascendía el miedo. Sus manos se aferraron a mi cintura con una fuerza posesiva, subiendo por mi espalda hasta enredarse en mi cabello. La sensualidad estalló entre nosotros como una carga de pólvora: el calor de su cuerpo contra el mío, el roce de su barba incipiente en mi piel sensible, el gemido que solté cuando sus dedos apretaron mis caderas.
En ese momento, bajo la lona que nos protegía del mundo, Alistair no era un comandante y yo no era una escribiente. Éramos dos almas aferradas la una a la otra antes de que la tormenta nos separara. Sus labios bajaron por mi cuello, dejando marcas de fuego, mientras sus manos buscaban ansiosamente la piel bajo mi ropa de invierno.
—Si te pasa algo... —jadeó contra mi escote—, quemaré el reino entero con mis propias manos.
—No me pasará nada. Porque tengo que volver para que termines lo que empezaste en esa mesa —respondí, con una audacia que le arrancó un gemido de deseo y tormento.
Nos separamos con dificultad. El deber y el peligro llamaban a la puerta. Alistair me entregó su sello personal y su daga de acero negro.
—Si te interceptan, usa esto. Mi nombre te protegerá... o te condenará conmigo.
Me puse una capa oscura y me preparé para partir en el caballo más rápido de la cuadra. El plan era suicida: infiltrarme en la retaguardia, recuperar los registros originales que probaban la manipulación de Genevieve y volver antes de que el verdugo llegara por Alistair.
Salí de la tienda sin mirar atrás, sintiendo la mirada de Alistair clavada en mi espalda. Sabía que él se quedaría para enfrentar al enemigo en el frente, luchando una batalla perdida mientras yo luchaba la batalla política que podía salvarlo.
La "chica tímida" había quedado atrás. Ahora, cabalgando hacia la oscuridad de la montaña nevada, me di cuenta de que el amor no nos hacía débiles, como Alistair siempre había creído. Nos hacía peligrosos. Nos hacía imparables.
Crucé el primer puesto de guardia al galope, con la daga de Alistair contra mi muslo y su corazón guardado en el mío. La lucha por mi hombre acababa de entrar en su fase más sangrienta, y yo estaba dispuesta a todo por lo que sentía.
lo mejor que podrías hacer es concentrarte en el trabajo y cuando todo el lío de la guerra pase dar el paso adelante con el
por el momento hay que priorizar después te vas a desahogar 😉