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El Secreto del Matrimonio del Doctor

El Secreto del Matrimonio del Doctor

Status: Terminada
Genre:Doctor / Hijo/a genio / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:62
Nilai: 5
nombre de autor: Buna Seta

Camila era enfermera y estaba casada con el hombre que creía perfecto: el doctor Santiago, un ginecólogo-obstetra brillante y respetado. Pero detrás de la puerta de su mansión, la realidad era otra. Santiago la trataba con una frialdad glacial, jamás le tocó el vientre durante los nueve meses de embarazo y se negó a atenderla la noche en que rompió aguas. Su bebé no sobrevivió. O eso le dijeron.

Tres años después, Camila ha reconstruido su vida como enfermera pediátrica. Un día ingresa de urgencia un niño de tres años llamado Mateo, con traumatismo craneal y una fractura abierta. Necesita una transfusión de sangre A-negativo —un tipo rarísimo— y Camila resulta ser compatible. Le dona su propia sangre y le salva la vida. Al despertar, Mateo la mira fijamente y la llama *Mamita*.

Lo que parece el capricho inocente de un niño asustado se convierte en un vínculo imposible de romper. Mateo se niega a comer, a dormir y a dejarse curar por nadie que no sea Camila. Pero Mateo tiene una madre: Luna, una actriz glamurosa que abandonó a su hijo por su carrera, y un padre cuya identidad Camila aún desconoce.

Cuando la verdad salga a la luz —sobre el bebé que Camila creyó muerto, sobre la sangre que comparte con Mateo, sobre el fraude que lo arrancó de sus brazos— nada volverá a ser como antes. Ni para ella, ni para Santiago, ni para el niño que siempre supo quién era su verdadera madre.

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Capítulo 24

Al regresar del hospital, Santiago sentía miedo de entrar a su propia casa. Le aterraba que Camila ya supiera la verdad y lo ignorara; eso le dolería más que si lo insultara.

Sin embargo, el panorama que se abrió ante él en el comedor era uno de esos que hacen bien al corazón. Desde la entrada se quedó mirando fijamente a Camila y a Mateo que se disponían a cenar. Camila leía la oración antes de comer; Mateo la repetía con su lengua torpe pero con mucha concentración. Momentos así Santiago nunca los había tenido con Luna, que solamente llegaba a enfadarse en la mesa.

Solo el arrepentimiento quedaba en Santiago. Si en su momento no le hubiera mentido a Camila, habrían podido vivir los tres en armonía y ninguna cena como aquella se habría perdido.

—Papá... Entra, ¿por qué te quedaste ahí parado?

Santiago bajó la cabeza sobresaltado; no se había dado cuenta de que Mateo venía caminando hacia él. La manita pequeña tiró de él para que se uniera a la mesa.

—Papá va a bañarse primero —dijo Santiago con cualquier excusa, porque no se atrevía a acercarse a Camila, que tarde o temprano se daría cuenta de lo mal que había obrado. El corazón de Santiago se sentía estrujado; miró a Camila, que estaba sirviendo sopa de pollo, evidentemente para Mateo. ¿Aún tenía derecho a presentarse ante Camila? Le pareció como si algo pesado le golpeara en el pecho. Su hijo intentaba de manera involuntaria reunir a sus dos padres, pero Santiago llevaba mucho tiempo ocultándole a su propio hijo el derecho de vivir con la madre que lo había traído al mundo.

—Papá... Ven —insistió Mateo jalándole la mano. Sin poder negarse, Santiago lo siguió; llegó al borde de la mesa y se quedó paralizado.

Camila, que en el fondo quería tirarle el plato al cuerpo de ese hombre cruel, no podía hacer semejante cosa en ese momento, mucho menos delante de Mateo.

—Siéntese, doctor —dijo Camila apartando la silla para Santiago, fingiendo comportarse con normalidad aunque por dentro era todo lo contrario.

—Gracias —respondió Santiago aliviado porque pensaba que Camila todavía no sabía la verdad. Santiago se sentó, pero sus ojos no se atrevían a mirar a Camila.

No sabía que Camila lo estaba observando. —¿Qué le pasa a ese hombre? ¿Será que lo agarró algún mal de ojo? —pensó Camila para sí.

—Papá... Mamita se alegró muchísimo hoy, le dio un dulce el doctor Layyan. ¿Verdad, Ma? —dijo Mateo mirando el rostro de Camila con una sonrisa. Camila solo asintió.

—¿Acaso el doctor Gabriel vino aquí? —preguntó Santiago echando un vistazo fugaz a Camila pero sin atreverse a hablar, cuando Camila le lanzó una mirada.

—¿No vino? —Mateo negó con la cabeza.

—Bueno, ahora Mateo come primero —dijo Camila acercándole el plato a Mateo, pero el niño seguía parloteando sobre lo que había pasado con Camila en el cuarto.

Santiago levantó la cabeza y echó un vistazo al rostro de Camila; su cuerpo se sentía rígido como madera. El aire del comedor, que antes era frío, ahora parecía cálido. Santiago bajó la vista de golpe, incapaz de creerlo, cuando Camila le puso una cucharada de arroz en su plato.

—Cómetelo, Pa, no solo lo mires... —dijo Mateo, que ya estaba aprendiendo a comer solo.

—Ah, sí, vamos a comer —asintió Santiago. Sus dedos se movían despacio al tomar la cuchara y el tenedor, chocando de vez en cuando con el plato y haciéndolo tintinear. De vez en cuando miraba a Mateo, que sonreía animado, y sin querer su vista se cruzaba con la de Camila. En un instante, Santiago podía sentir en los ojos de su exesposa una mezcla de preocupación y de algo difícil de expresar, como si Camila ya sospechara que había algo oculto.

La cena terminó. Camila llevó a Mateo al cuarto, dejando a Santiago solo con su arrepentimiento.

—Papá, esta noche duerme en el cuarto de Mateo, ¿sí?

—Ejem, ejem —se atragantó Santiago al escuchar el pedido de su hijo. Sin embargo, Camila no volvió la cabeza; siguió caminando, preocupada de que Mateo siguiera insistiendo en algo que todavía no comprendía del todo. Al llegar al cuarto, Camila le dio una explicación.

—Mateo, si quieres dormir con Papá, Mamá se pasa al cuarto de la señorita Rosa —dijo Camila. Por supuesto no iba a prohibir que Mateo durmiera con Santiago mientras siguieran en esa casa. Camila sabía lo que pretendía Mateo; el niño todavía no entendía que entre ella e Santiago había una razón por la que no podían dormir en el mismo cuarto.

—¡No quierooo...! Mateo solo quiere dormir con Mamá... —dijo Mateo con los ojos casi llorosos.

—Pues eso; si Mamita se acerca a Papá, Mommy seguro...

—Mommy se pelea con Mamita —interrumpió Mateo; sin decírselo, el niño ya sabía que Luna le gritaba seguido a Camila.

—Eres muy listo... —Camila llevó a Mateo al baño y le enseñó a lavarse los dientes, las manos y los pies antes de dormir.

Después de cambiarle el pijama a Mateo, Camila lo acompañó en la cama. —Cariño... Si Mamá te propusiera irte de esta casa, pero Papá y Mommy se opusieran, ¿elegirías ir con Mamá o quedarte aquí?

—Mateo quiere que Mamá se quede en esta casa con Papá también —respondió Mateo, a quien le costaba elegir.

—No, así no, cariño... Esta casa es donde viven Papá y Mommy. Por eso Mamá no puede quedarse mucho tiempo aquí; ¿de verdad quieres que a Mamita la regañe Mommy Luna todo el tiempo? —preguntó Camila. En el fondo era difícil ponerle a Mateo ante una elección tan complicada, pero lo hacía por el futuro de su hijo.

—Mateo se va con Mamita —dijo Mateo con firmeza.

—Bien... A partir de ahora, eres el hijo de Mamita —dijo Camila, y lo abrazó con fuerza. Sin embargo, las lágrimas le corrían a raudales, conteniendo el sollozo para que Mateo no lo escuchara.

El tiempo fue avanzando; cuando Mateo ya dormía, Camila salió del cuarto y subió al tejado de la casa, que no era muy alto. Apoyó la espalda en la barandilla de hierro, fría por el viento de la noche. La luna llena brillaba esplendorosa en un cielo que casi no tenía nubes, iluminando cada rincón de la ciudad con una luz dorada y suave. Esa luz le bañaba el rostro, que tenía clavado en el círculo blanco y resplandeciente, mientras el aliento le salía lentamente formando una pequeña nube en el aire fresco.

—¡Qué hermosa es tu creación, Dios mío! —murmuró en voz baja sin apartar los ojos de ese espectáculo del cielo. El velo instantáneo que llevaba se movía con cada ráfaga de viento. Su mente no podía desligarse de una sola cosa: cómo salir de esa casa llevándose a Mateo para vivir en paz, lejos de Santiago y de Luna para siempre.

Camila sabía muy bien que Santiago y Luna no permitirían que Mateo se alejara de ellos. Aunque esa pareja todavía no sabía cómo ser buenos padres.

—Tengo que encontrar la manera. Como sea, Santiago tiene que saber lo que se siente perder a un hijo —juró Camila con determinación. De pronto el viento nocturno sopló con más fuerza, como si apoyara la rabia de esa mujer que durante años había sentido el dolor y la pérdida. El aroma de las flores de frangipani del jardín de abajo hacía el aire de la noche aún más fresco. La luna parecía ser testigo de cada reflexión suya, dándole calma en medio de la preocupación que le inundaba el corazón. —Todo tiene que salir bien —dijo despacio, mirando a lo lejos en dirección a donde estaba la casa de Santiago, oculta tras las luces parpadeantes de la ciudad.

El sonido de unas suelas pisando el suelo de concreto del tejado se escuchó suave pero claro. Camila se volvió y vio a un hombre caminando hacia ella.

—Camila... —dijo el hombre en voz baja.

Continuará…

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