En una ciudad donde los crímenes no siempre son humanos, los detectives Lin Yue y Zhao Ren pertenecen a una división secreta de la policía encargada de casos que jamás aparecen en los informes oficiales. Apariciones que matan, cadáveres que regresan caminando y asesinos que no dejan huellas… porque no están vivos.
Mientras resuelven sucesos cada vez más atroces y paranormales, ambos descubren que los monstruos no solo se esconden en la oscuridad, sino también dentro del sistema que juraron proteger.
Y algunos casos… jamás debieron abrirse.
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Capítulo 22 — Primavera Después de la Guerra.
El silencio que siguió fue distinto.
No era el silencio pesado del miedo ni el vacío previo a la violencia.
Era… cansancio.
La criatura marcada por la Parca permanecía arrodillada frente a Zhao Ren. Su forma deformada comenzaba a estabilizarse lentamente; las múltiples voces desaparecieron hasta quedar solo una respiración débil, humana.
Por primera vez desde que habían entrado al cuartel, el aire dejó de oler a hierro y pólvora.
Mateo bajó la guadaña, apoyándola sobre su hombro.
—Creo… que ya no quiere pelear.
El pequeño niño —la encarnación de la muerte— observaba en silencio desde sus brazos, balanceando las piernas con evidente aburrimiento.
Zhao Ren dio un paso adelante.
Luego otro.
La entidad levantó la mirada.
Ya no parecía un monstruo.
Era un soldado joven.
Confundido.
Roto.
Esperando algo que nunca llegó.
—General… —susurró con voz humana—. ¿Terminó…?
Zhao Ren no respondió de inmediato.
Sus manos temblaron ligeramente.
Mateo notó algo raro: era la primera vez que veía a Zhao Ren dudar.
El detective respiró profundo.
Y entonces hizo algo que ninguno esperaba.
Se arrodilló.
Frente a la entidad.
Mateo abrió los ojos.
—…Ren.
Zhao Ren inclinó la cabeza.
—Lo siento.
Las palabras salieron suaves, pero firmes.
—Debí hacer más. Debí insistir hasta romper todo el sistema si era necesario… debí protegerlos mejor.
El aire vibró.
Las paredes comenzaron a agrietarse, no por violencia, sino como si el lugar estuviera soltando un peso antiguo.
—Intenté cerrar el proyecto… pero cuando lo logré, ya era tarde —continuó Zhao Ren—. Los dejaron aquí… olvidados.
El soldado lo observó en silencio.
—Pensé que nos abandonaste…
Zhao Ren negó lentamente.
—Nunca.
Un viento suave recorrió el espacio.
Y algo imposible ocurrió.
La oscuridad comenzó a deshacerse.
Las paredes del cuartel se volvieron transparentes, transformándose lentamente en un paisaje abierto. El concreto se convirtió en hierba verde que crecía desde el suelo, las luces artificiales en rayos cálidos de sol.
Una brisa primaveral atravesó el lugar.
Flores pequeñas brotaron donde antes había grietas.
Mateo parpadeó varias veces.
—…Ok, esto sí está bonito.
El soldado miró sus propias manos.
Ya no estaban deformadas.
Su cuerpo recuperaba lentamente su forma humana mientras partículas de luz se desprendían de él.
—Solo… queríamos descansar.
Zhao Ren inclinó más la cabeza.
—Entonces descansa.
El soldado sonrió levemente.
Una sonrisa tranquila.
—Gracias… general.
Su cuerpo se desintegró suavemente en pétalos luminosos que el viento arrastró hacia el cielo artificial, desapareciendo como una brisa de primavera tras un invierno demasiado largo.
Uno por uno, otros soldados comenzaron a aparecer alrededor, liberados del interior del experimento.
Sombras humanas que también se disolvieron en luz.
El cuartel respiró.
Literalmente.
El suelo vibró suavemente y una ola cálida recorrió todo el lugar.
La corrupción espiritual desapareció.
El sitio quedó purificado por sí solo.
Mateo silbó.
—Pues sí cerramos el changarro.
Zhao Ren permaneció arrodillado unos segundos más antes de levantarse.
Su expresión era ligera.
Como si hubiera dejado algo atrás por primera vez en años.
Pero entonces—
¡PUM!
Un fuerte golpe resonó detrás de ellos.
Mateo volteó.
El pequeño niño estaba intentando atravesar su espalda… sin éxito.
Saltaba y se estrellaba contra él como si fuera una pared invisible.
¡PUM!
—¿Qué haces? —preguntó Mateo.
El niño frunció el ceño.
—Quiero volver.
Intentó otra vez.
¡PUM!
Se dio un cabezazo directo contra Mateo.
—¡AU! —gritó Mateo—. ¡Oye, eso también me duele!
El niño retrocedió, confundido.
Volvió a intentarlo.
¡PUM!
Nada.
La marca negra en el suelo brilló débilmente.
Zhao Ren observó con curiosidad.
—La purificación cambió las reglas del lugar.
El niño abrió los ojos ampliamente.
—No puedo entrar.
Silencio.
Su expresión cambió lentamente… hacia algo muy infantil.
Su labio tembló.
Y entonces—
Se tiró al suelo.
Comenzó a patear.
—¡NO QUIERO QUEDARME AQUÍ!
Golpeaba el piso con rabia.
—¡ESTE MUNDO HUMANO APESTA! ¡SON RUIDOSOS! ¡SUDAN! ¡Y SUS EMOCIONES SON ASQUEROSAS!
Mateo se cruzó de brazos.
—Ah, empezó el berrinche.
El niño rodó por el suelo.
—¡QUIERO VOLVER AL VACÍO! ¡NO QUIERO RESPIRAR ESTE AIRE HUMANO INMUNDO!
Zhao Ren soltó una pequeña risa.
Mateo suspiró.
—Mira, mini muerte… yo tampoco quería pagar impuestos y aquí andamos.
El niño lo miró furioso.
—¡NO ES LO MISMO!
Intentó otra vez entrar al cuerpo.
¡PUM!
Otro cabezazo.
Mateo se sobó la espalda.
—Te digo que ya no pasa.
El niño cruzó los brazos, molesto, sentándose en el suelo.
—Los humanos arruinan todo…
El viento primaveral sopló nuevamente.
Por primera vez desde que inició la misión, el lugar se sentía vivo.
Y en medio de ese paisaje tranquilo, Zhao Ren cerró ligeramente los puños.
El pasado… finalmente había terminado.
Pero algo nuevo acababa de comenzar.
Porque ahora…
La Muerte estaba atrapada en el mundo humano.
Y claramente no estaba feliz al respecto.