Hola, soy CubeThings.
Me gusta escribir historias que se sienten… más que solo leerse. Historias que mezclan fantasía, romance y emoción, donde los personajes no son perfectos, pero sí intensos.
Amo los mundos tipo anime: yokais, magia, destinos entrelazados… y amores que no se construyen de un día para otro.
Mis historias suelen ser slow burn, con tensión, misterio y personajes que se marcan entre sí de formas que no siempre entienden.
Si te gustan las historias que te hacen sentir, que te envuelven poco a poco… entonces estás en el lugar correcto.
NovelToon tiene autorización de Cube Things para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
No es solo el ryokan
Habían pasado varios días desde la última equivocación de Hikari.
Poco a poco… había comenzado a sentirse parte del ryokan.
Ya no era solo una visitante.
Ni una extraña.
Había tomado la costumbre de revisar el libro de clientes todas las mañanas antes de empezar con sus deberes de limpieza. Leía nombres, características, comportamientos… intentando memorizar todo lo posible.
Algunos huéspedes ya la reconocían.
Y la saludaban.
Eso… le gustaba más de lo que esperaba.
Entonces—
la llamaron.
Kuro.
Hikari tragó saliva, pero no dudó.
Caminó hasta su oficina.
Y entró.
Kuro la esperaba, sentado detrás de su escritorio.
Impecable.
Como siempre.
—Siéntate.
Su voz fue autoritaria.
Pero no desagradable.
Hikari obedeció, sentándose frente a él con la espalda recta.
Kuro la observó unos segundos.
En silencio.
Evaluando.
—He notado que has avanzado mucho en el ryokan.
Hikari parpadeó, sorprendida.
—Y eso… aunque no lo creas… me da mucho gusto.
El comentario la tomó desprevenida.
—Al final de cuentas… es tuyo.
Una pequeña pausa.
—Pero creo que necesitas algo más de dificultad.
Hikari se inclinó apenas hacia adelante.
Atenta.
—Así que he decidido…
Sus ojos violetas se fijaron en los de ella.
—Que estarás en la recepción con Rie de ahora en adelante.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Y entonces—
—¿Estás hablando en serio?
La sonrisa apareció en el rostro de Hikari sin poder evitarlo.
Kuro no cambió su expresión.
—Yo siempre hablo en serio, Hikari.
Y eso fue suficiente.
Hikari se levantó de golpe.
—¡Gracias!
La emoción le ganó.
Sin pensarlo—
se acercó.
Y tomó sus manos.
Kuro se quedó completamente quieto.
Sus ojos se abrieron ligeramente.
Un pequeño rubor comenzó a aparecer en sus mejillas pálidas.
—Te lo agradezco, Kuro —dijo Hikari, sincera—. No te voy a defraudar.
Apretó sus manos con suavidad.
—Estoy lista para esto.
Kuro no respondió.
No de inmediato.
Porque su mente…
no estaba funcionando del todo bien en ese momento.
Hikari estaba demasiado cerca.
Demasiado.
Pero ella—
ni siquiera lo notó.
Lo soltó con la misma naturalidad con la que lo había tomado y comenzó a dar vueltas por la oficina, claramente emocionada.
—¡No puedo creerlo!
Kuro se quedó inmóvil un segundo más.
Luego—
se aclaró la garganta.
Intentando recuperar la compostura.
—Ahora vete.
Su tono intentó ser serio.
Pero falló.
—Rie te dará todo lo que necesitas.
Hikari se giró hacia él con una sonrisa brillante.
—¡Sí!
Y salió de la oficina casi corriendo.
El silencio regresó.
Kuro bajó la mirada.
A sus manos.
Donde aún podía sentir el calor de ella.
—…
Cerró ligeramente los dedos.
Y exhaló.
—…problemático.
Pero su voz…
ya no sonaba molesta.
Hikari llegó a la recepción con paso ligero.
Rie ya la estaba esperando.
—Hola, Hikari —dijo con una sonrisa suave—. Bienvenida a la recepción. A partir de ahora… serás mi aprendiz.
Hikari sintió cómo algo en su pecho se encendía.
—Pero primero —añadió Rie— deberás cambiarte el uniforme.
Se inclinó ligeramente detrás del mostrador y sacó un conjunto cuidadosamente doblado.
—Toma. Creo que te quedará bien.
Hikari lo recibió con ambas manos.
La tela era suave.
Delicada.
Era un kimono de tonos claros, con un patrón de sakuras bordadas que parecían moverse con la luz. Los pétalos, en rosa tenue, se extendían desde las mangas hasta el borde inferior, como si el viento los estuviera llevando consigo.
Era elegante.
Más refinado que el uniforme de trabajo.
Más… visible.
—Es hermoso… —murmuró.
Rie asintió apenas.
—Ve a cambiarte.
Hikari no lo pensó dos veces.
Salió casi corriendo hacia los vestidores.
Minutos después—
salió.
El kimono se ajustaba perfectamente a su cuerpo, ligero, cómodo, pero con una presencia completamente distinta.
Se miró un segundo en el reflejo de un panel.
—…wow…
—Vaya… parece que ahora estarás en recepción.
La voz la tomó por sorpresa.
Rita.
Apoyada en la pared, observándola con una ceja levantada.
Hikari sonrió de inmediato.
—¡Rita!
—Espero que no te olvides de tus amigas —añadió, cruzándose de brazos.
Hikari negó rápidamente con la cabeza.
—Claro que no. Somos amigas… y así seguirá siendo.
Rita bufó, pero no se alejó.
En cambio—
se acercó.
Y tomó sus manos.
—Tch… —murmuró—. Me da gusto que te ascendieran.
La miró de arriba abajo, evaluando el nuevo uniforme.
—Debes caerle muy bien a ese ogro.
Hikari soltó una pequeña risa.
—Bueno… quizá no es tan malo como creíamos.
Rita resopló.
—Sí, sí… claro… como tú digas.
Pero no sonaba realmente molesta.
Se giró ligeramente, dando un paso hacia atrás.
—Bueno —añadió—. Suerte en tu primer día.
Le guiñó un ojo.
—No lo vayas a echar a perder… no te quiero de vuelta conmigo.
Hikari rió.
—¡Oye!
Pero Rita ya se estaba alejando.
Como siempre.
Ligera.
Sin despedirse formalmente.
Hikari respiró hondo.
Ajustó ligeramente las mangas del kimono.
Y caminó de regreso a la recepción.
Esta vez…
no como alguien que estaba aprendiendo a sobrevivir.
Sino como alguien que—
por fin—
empezaba a pertenecer ahí.
—Así que… en recepción, ¿eh?
La voz de Tomoe, ligera como siempre, llenó la oficina.
Kuro no levantó la mirada.
—¿Tienes algún problema con eso, kitsune? —respondió, seco, mientras seguía revisando los pergaminos sobre su escritorio.
Tomoe avanzó un par de pasos, tranquilo.
—No, no… para nada —dijo con una sonrisa apenas visible—. Es solo que no lo esperaba de ti. Eso es todo.
El sonido del papel al pasar se detuvo.
Kuro levantó la mirada.
Sus ojos violetas se clavaron en él.
—¿A qué te refieres?
Tomoe ladeó ligeramente la cabeza, como si evaluara cuánto decir.
—Bueno… ya sabes —murmuró—. Eres un ogro. Nada te complace.
Una pequeña pausa.
Su sonrisa se volvió más marcada.
—Así que… no será que hay algo más que no quieres admitir.
El silencio cayó.
Pesado.
Kuro volvió a bajar la mirada a los pergaminos.
Pero su atención…
ya no estaba ahí.
Por un instante—
demasiado claro—
recordó el calor de las manos de Hikari entre las suyas.
La forma en que lo había mirado.
Sin miedo.
Sin cálculo.
Solo…
confianza.
Su mandíbula se tensó apenas.
—¿Por qué no te largas a hacer tu trabajo, Tomoe?
Su tono fue frío.
Controlado.
Pero no completamente.
Tomoe soltó una risa baja.
—Jajaja… claro, señor. Lo que usted diga.
Se giró.
Dio un paso hacia la puerta.
Pero se detuvo.
Y entonces—
regresó.
Apenas.
Lo suficiente para inclinarse un poco más cerca de Kuro.
Demasiado cerca.
Su sonrisa cambió.
Más afilada.
Más… consciente.
—Pero yo que tú… tendría más agallas.
Kuro no se movió.
Pero su mirada se endureció.
—No vaya a ser que alguien más… ya tenga el ojo en Hikari.
Una pausa.
Corta.
Precisa.
—Si sabes a lo que me refiero.
El aire se tensó.
Y sin esperar respuesta—
Tomoe se incorporó.
Se giró.
Y salió de la oficina sin hacer ruido.
La puerta se deslizó suavemente tras él.
El silencio quedó.
Pesado.
Inquieto.
Kuro no se movió.
Durante varios segundos.
Luego—
cerró el pergamino con más fuerza de la necesaria.
—…idiota.
Pero no sonaba molesto.
No del todo.
Su mirada se desvió hacia la puerta.
Y por un instante—
algo más cruzó sus ojos.
Algo que…
no quería nombrar.