A los quince años, Daniel escribió un cuaderno con reglas para tener éxito antes de los veinticinco. Ocho años después lo encuentra por accidente… y descubre que no cumplió ninguna.
Con su vida estancada, sin dinero y con más dudas que certezas, decide intentar seguir esas reglas aunque ya sea tarde. Entre intentos fallidos, situaciones absurdas, amistades caóticas y un romance inesperado, Daniel descubrirá que crecer no es tan ordenado como imaginaba… y que equivocarse también puede ser parte del camino.
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Capítulo 22 — Lo que no dices también cuenta
El martes empezó tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Y Daniel ya había aprendido que cuando todo se sentía así… algo venía.
Pero por ahora, lo ignoró.
Llegó a la universidad temprano.
Se sentó en su lugar.
Sacó su cuaderno de clases.
Y, por primera vez en mucho tiempo…
No estaba pensando en todo al mismo tiempo.
Solo estaba ahí.
Presente.
—Milagro —dijo una voz a su lado.
Daniel giró.
Valeria.
—Estoy practicando —respondió él.
—Se nota.
Ella se sentó.
—¿Listo para hoy?
Daniel asintió.
—Sí.
Pero antes de que pudieran seguir hablando, alguien más se acercó.
—Buenos días.
David.
Se sentó al otro lado.
—¿Revisaron lo de anoche? —preguntó.
Valeria asintió.
—Sí. Está mucho mejor.
David miró a Daniel.
—Tu idea funcionó.
Daniel levantó ligeramente la ceja.
—No te acostumbres a decir eso.
—No lo haré.
Valeria rió.
Y todo parecía… normal.
Hasta que dejó de serlo.
Durante la clase, el profesor empezó a hablar sobre la evaluación final del proyecto.
—Quiero ver propuestas sólidas —dijo—. Equipos que destaquen. Equipos que vayan más allá.
Daniel miró al frente.
David tomó notas.
Valeria estaba concentrada.
Pero Daniel notó algo.
David levantó la mano.
—Profesor.
—Sí, David.
—¿Se permitirá agregar secciones extra al proyecto si mejoran el resultado?
El profesor asintió.
—Por supuesto.
—Perfecto.
Daniel sintió algo.
Pequeño.
Pero familiar.
Otra vez.
Al terminar la clase, salieron juntos.
—Eso fue interesante —dijo Valeria.
—Sí —respondió David—. Podemos hacer algo más avanzado.
Daniel caminaba en silencio.
—Podríamos agregar una sección de análisis adicional —continuó David—. Haría el proyecto más fuerte.
Valeria lo pensó.
—Suena bien…
Luego miró a Daniel.
—¿Tú qué dices?
Daniel dudó.
No era mala idea.
Pero…
—Podría funcionar —dijo—. Pero sin exagerar.
David respondió rápido:
—Mientras más completo, mejor.
Ahí estaba otra vez.
Ese tono.
Ese enfoque.
Ese “vamos a hacer más”.
Daniel no dijo nada más.
Y eso…
Fue el problema.
Más tarde, en la cafetería, el ambiente era el de siempre.
Gente hablando.
Tazas sonando.
Marcos limpiando como si nada le afectara en la vida.
—Estás raro —dijo sin mirar a Daniel.
—Estoy trabajando.
—Estás pensando demasiado.
Daniel suspiró.
—David quiere agregar más cosas al proyecto.
Marcos se encogió de hombros.
—¿Y?
—Y no sé si eso es bueno o no.
—¿Por qué no?
Daniel apoyó los brazos en el mostrador.
—Porque siento que otra vez se está saliendo de control.
Marcos lo miró.
—O tal vez tú lo estás dejando salir de control.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué?
—No dijiste nada, ¿verdad?
Silencio.
Daniel no respondió.
—Exacto —dijo Marcos.
Daniel apretó la mandíbula.
—No todo tiene que ser un conflicto.
—No —respondió Marcos—. Pero tampoco todo se arregla quedándote callado.
Eso se quedó.
Ahí.
En la cabeza de Daniel.
Esa noche, en su apartamento, el silencio era diferente.
Más pesado.
Más lleno de pensamientos.
Daniel sacó el cuaderno.
Lo abrió.
Buscó una regla.
Pero no encontró ninguna que encajara exactamente con lo que sentía.
Así que…
Escribió.
Lento.
Pensando cada palabra.
Regla #12:
Si no dices lo que piensas, alguien más va a decidir por ti.
Se quedó mirando la frase.
Pensando en el salón.
En David.
En Valeria.
En ese momento donde decidió no hablar.
Cerró el cuaderno.
—Mañana… —murmuró.
—Mañana no me quedo callado.
Al día siguiente, el equipo volvió a reunirse.
Mismo lugar.
Misma mesa.
Misma dinámica.
Pero Daniel…
No era el mismo.
David abrió la laptop.
—Estuve pensando en lo de ayer. Podemos agregar una sección—
—Espera —dijo Daniel.
Silencio.
Valeria lo miró.
David también.
Daniel respiró hondo.
—Antes de agregar más cosas… tenemos que asegurarnos de que lo que ya tenemos funcione bien.
David entrecerró los ojos.
—Ya funciona.
—Puede funcionar mejor.
—Para eso estoy proponiendo—
—No —dijo Daniel, firme—. Para eso estamos trabajando los tres.
Silencio.
Valeria observaba.
Atenta.
David se recostó un poco.
—Ok.
—Ok.
—Entonces, ¿qué propones?
Daniel sostuvo su mirada.
—Primero perfeccionamos lo que ya tenemos.
—Después vemos si vale la pena agregar más.
Valeria asintió lentamente.
—Tiene sentido.
David no respondió de inmediato.
Pero luego…
Asintió.
—Bien.
Pequeño cambio.
Pero importante.
Muy importante.
Porque esta vez…
Daniel no se quedó callado.
Y eso…
Empezaba a cambiar las reglas del juego.