Ella nunca imaginó que el peor día de su vida terminaría con un anillo en el dedo.
Él juró no volver a amar… hasta que la obligación lo ató a una mujer que se convirtió en su debilidad.
Un matrimonio por contrato para salvar el honor, los negocios y una familia en ruinas.
Mentiras, secretos y enemigos ocultos pondrán a prueba un vínculo que nació de la conveniencia, pero que pronto se vuelve demasiado real.
En un mundo donde nada es lo que parece, ¿el amor será suficiente para sobrevivir?
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Capítulo 21 – Ecos del pasado
El amanecer tiñó la mansión con tonos dorados, pero Valeria no sintió la calidez de la mañana. Apenas había dormido, con las palabras de Adrián repitiéndose en su cabeza como un eco imposible de silenciar: “Mi hermano… no fue un accidente.” Esa revelación había perforado su mente como un cuchillo, dejándola más confundida y asustada que nunca.
Se levantó con cuidado, procurando no hacer ruido. Adrián aún dormía en el sillón, vencido por el cansancio, con el gesto tenso incluso en el sueño. Valeria lo observó unos segundos. Había algo casi humano en esa vulnerabilidad, una humanidad que rara vez le dejaba ver, pero también una distancia helada que la hacía sentir ajena, como si jamás pudiera alcanzar el verdadero fondo de ese hombre.
“Si no me lo dice él, lo descubriré yo”, se prometió en silencio, apretando los labios con determinación.
Bajó las escaleras con pasos suaves, esquivando a los guardias que ya custodiaban los pasillos de la casa. La mansión, con su silencio solemne, parecía un testigo mudo de secretos que nadie se atrevía a nombrar. Se dirigió directo al despacho, ese lugar que Adrián mantenía bajo llave, como si temiera que la oscuridad contenida allí pudiera escapar.
Forzó la cerradura con un manojo de llaves que había tomado en silencio de la chaqueta de Adrián. Los cajones cedieron tras unos segundos de tensión, y sus manos, temblorosas, empezaron a hurgar entre papeles, contratos y documentos de negocios. Nada parecía fuera de lugar, todo en orden, hasta que halló un sobre amarillento, marcado con el sello de la policía.
El corazón le dio un vuelco. Con respiración agitada desplegó el contenido: el informe oficial del accidente de Diego Montenegro.
Muerte por siniestro vial. Exceso de velocidad. Caso cerrado.
Frunció el ceño. El reporte era limpio, demasiado perfecto. No había testigos, ni menciones a fallas mecánicas, nada que justificara las sospechas de Adrián. Era un documento impoluto, redactado para cerrar un caso sin dejar preguntas.
Pero en el fondo del sobre, casi olvidada, encontró una hoja arrugada, sin membrete oficial. El papel parecía haber sido arrancado de algún informe confidencial.
“Diego no conducía solo. Un acompañante desapareció antes de que llegara la policía.”
Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Un acompañante? Ese dato lo cambiaba todo. ¿Quién era esa persona y por qué había desaparecido sin dejar rastro? ¿Por qué ese detalle estaba oculto, apartado de la versión oficial?
Antes de que pudiera profundizar en la lectura, escuchó pasos firmes en el pasillo. El pánico se apoderó de ella. Guardó el sobre de prisa, cerrando los cajones con torpeza, las manos empapadas en sudor.
—¿Qué haces aquí? —La voz grave de Adrián retumbó desde la puerta, helándola.
Se giró, con el corazón acelerado, forzando una sonrisa.
—Buscaba… un libro. Pensé que estaría aquí.
Los ojos grises de Adrián la taladraron, intentando descifrarla. No dijo nada, pero su silencio resultó más intimidante que cualquier reproche.
Cuando él se acercó, Valeria escondió el sobre bajo la blusa, sintiendo el papel frío contra su piel. Por primera vez, comprendió que su búsqueda de respuestas debía continuar en secreto. Porque tal vez Adrián no quería que ella supiera la verdad.