Mi nombre es Katherine, soy maestra sustituta en la universidad de Ozark las cosas se me complican cuando mi vida se topa con un Estudiante de nombre Teo, ese chico es la rebeldía en persona y el Diablo salido del Infierno.
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capítulo 3
Horas después de que el eco de los portazos se hubiera extinguido en la universidad, el silencio en la sala de Katherine se sentía pesado. Ella estaba hundida en el sofá, con la mirada perdida. Aún podía sentir el rastro del calor de Teo sobre su piel y la humillación de los botones saltando por el suelo.
"Ese mocoso idiota...", se repitió internamente, apretando los cojines con frustración. "¿Por qué demonios no puedo sacarlo de mi cabeza?".
—Hola... ¿hay alguien en ese cuerpo? —la voz de Orlando rompió el hilo de sus pensamientos.
Él era un hombre imponente, de una estatura considerable, con el cabello de un blanco gélido y unos ojos azules que solían transmitir calma. Katherine forzó una sonrisa y se levantó para rodearlo con sus brazos, buscando refugio en lo conocido.
—Llegaste... —susurró—. ¿Cómo te fue?
—Muy bien, gracias. ¿Y tú? ¿Qué tal tu día? —preguntó él mientras se separaban.
Katherine se dejó caer de nuevo en el sofá, dejando que su cabeza colgara hacia atrás con un suspiro agotado.
—Digamos que durante la mañana no estuvo nada mal, pero al llegar la salida... las cosas se torcieron.
—¿Qué pasó? ¿No se portaron bien los niños? —preguntó Orlando, asumiendo que venía del preescolar.
—Esta vez no fui al preescolar. Tuve que ir a la universidad como sustituta.
Orlando frunció el ceño, confundido. Se apoyó en el marco de la puerta, cruzando sus largos brazos.
—¿No se supone que solo ibas a ensayar? Creí que solo habías aplicado para preescolares.
—Ni siquiera yo recordaba haber enviado solicitud para la universidad —admitió ella, cerrando los ojos.
—Supongo que es por el concierto —añadió él, tratando de encontrarle lógica.
—Sí... falta poco y la verdad estoy muy estresada. He ensayado un mes entero, pero los nervios no se van.
—No te preocupes, lo harás bien —le aseguró Orlando con una confianza que ella no sentía. Tras un breve silencio, cambió de tema—. ¿Y tu madre?
—No tengo idea, acabo de llegar.
Orlando lanzó una mirada hacia la cocina, esperando ver señales de una cena caliente.
—Ya veo. ¿Hay algo de comer?
—Sushi —respondió ella con desgano.
—Genial, tendré que cocinarme algo yo mismo —se quejó él con un tono dramático—. Ni lo menciones... no entiendo para qué me casaba.
Katherine soltó una carcajada espontánea, la primera del día.
—Jajaja, ¡para tener con quién acostarte!
Orlando le dedicó una mirada de fingido disgusto, aunque sus ojos azules brillaron con una pizca de ironía.
—Muy gracioso, de verdad.
En otra parte de la ciudad...
En su habitación, Teo caminaba de un lado a otro. El recuerdo de Katherine acorralada contra la puerta no le daba tregua, pero ahora, en la frialdad de su cuarto, una pizca de duda lo asaltaba. "¿Qué demonios hice? Quizás... quizás debería disculparme", pensó, aunque la sonrisa maliciosa no terminaba de borrarse de su rostro.
Unos golpes en la puerta interrumpieron su debate interno.
—Teo... —llamó Amairani.
—¿Qué pasa?
—Tu amigo Kai está aquí.
Teo bajó las escaleras de inmediato. En la entrada lo esperaba Kai, un chico joven y alto, cuyo cabello blanco y ojos azules le daban un aire casi etéreo, similar al de un modelo.
—¿Por qué no me avisaste que venías? —le espetó Teo.
—Wey, el teléfono no me funciona —respondió Kai con indiferencia.
—¿Y por qué no fuiste a la escuela? Tus calificaciones son un desastre, vas a reprobar el año.
—No si tú me ayudas —Kai le dedicó una sonrisa despreocupada—. Sabes que la escuela no es lo mío. Lo mío son las mujeres, la calle y la fiesta.
Teo suspiró, tomando las llaves de su motocicleta.
—A veces no sé si lamento ser tu mejor amigo. Eres un interesado, solo vienes conmigo porque te ayudo a pasar.
—Qué bueno que lo sepas —rio Kai—. Ya, vámonos.
—¿A dónde? ¿A lo de siempre?
—No, esta vez iremos a mi casa. De verdad necesito estudiar.
Teo lo miró con sorpresa. Era la primera vez que Kai lo invitaba a su hogar.
—Bien, vamos. Pero mejor iríamos a un parque, hace mucho calor.
—No, odio el calor. Vamos a mi casa.
Ambos montaron en sus motocicletas y el rugido de los motores llenó la calle mientras se alejaban. Al llegar, Teo observó la residencia con atención, analizando cada detalle mientras Kai abría la puerta.
—Pasa, estás en tu casa —dijo Kai—. Espera aquí en la sala, voy arriba por mis cosas. ¿Necesitas algo? ¿Papel, lápiz?
—Solo ve por tus cosas —ordenó Teo, sentándose en el sofá.
—Okay, señor... a veces pareces mi padre.
Mientras Teo esperaba, el murmullo de una voz femenina proveniente de la cocina captó su atención. Era una melodía suave, alguien cantaba con una voz que él reconocería en cualquier lugar. Movido por una curiosidad depredadora, se levantó y se asomó lentamente al marco de la puerta.
Allí estaba ella. Katherine.
Estaba de espaldas a él, estirándose de puntitas para alcanzar un vaso de vidrio en la repisa alta, mientras tarareaba: "Bésame bonito...".
Teo sintió un golpe de adrenalina. Una sonrisa oscura se dibujó en sus labios mientras se apoyaba en el marco, cruzando los brazos sobre su pecho de deportista. Caminó hacia ella con el sigilo de un gato, acortando la distancia sin hacer el menor ruido. Justo cuando ella iba a rendirse, la mano de Teo apareció sobre la suya, tomando el vaso con facilidad y entregándoselo.
Katherine, pensando que era Kai, no se inmutó. Tomó el vaso con una sonrisa.
—¿Dónde estabas, vago? Gracias.
Teo no dijo nada, solo ensanchó su sonrisa.
—Dame otro, por favor —pidió ella, aún sin voltear.
Teo se pegó completamente a su espalda, sintiendo el calor de su cuerpo. Estiró el brazo para tomar el segundo vaso mientras susurraba cerca de su oído:
—De nada... toma.
Katherine se quedó petrificada. Esa voz no era la de Kai. El aire se escapó de sus pulmones y el corazón le dio un vuelco violento. Intentó girarse, pero Teo fue más rápido.
La acorraló contra la barra de la cocina, presionando su cuerpo contra el de ella y bloqueándola con sus manos apoyadas en el mármol. Se inclinó sobre su hombro, dejando que sus ojos morados brillaran con una intensidad peligrosa.
—Nos vemos de nuevo... Maestra —susurró con una voz cargada de veneno y deseo.