Ella nunca imaginó que el peor día de su vida terminaría con un anillo en el dedo.
Él juró no volver a amar… hasta que la obligación lo ató a una mujer que se convirtió en su debilidad.
Un matrimonio por contrato para salvar el honor, los negocios y una familia en ruinas.
Mentiras, secretos y enemigos ocultos pondrán a prueba un vínculo que nació de la conveniencia, pero que pronto se vuelve demasiado real.
En un mundo donde nada es lo que parece, ¿el amor será suficiente para sobrevivir?
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Capítulo 2 – El peso del apellido Aranda
El amanecer no trajo calma, sino titulares.
Valeria se despertó con los ojos hinchados, enredada en las sábanas como si hubiese luchado contra una pesadilla que se negaba a soltarla. Al encender su teléfono, la pantalla se iluminó con notificaciones interminables: fotos, comentarios crueles, titulares amarillistas que se repetían una y otra vez.
“La novia abandonada.”
“Humillación pública para los Aranda.”
“Escándalo en el altar: ¿crisis en el imperio familiar?”
El corazón le dio un vuelco. Sabía que los Aranda habían estado en la mira por rumores de deudas, pero ahora… ahora todo se había convertido en un festín para los medios. Cerró el móvil con rabia y lo arrojó sobre la cama.
Un golpe en la puerta la sobresaltó. Antes de poder responder, su padre entró. Julián Aranda, impecable en su traje azul marino, parecía no haber dormido. Su bigote estaba perfectamente recortado, pero sus ojos brillaban con una dureza que la hizo temblar.
—Levántate. Tenemos que hablar —ordenó con voz cortante.
Valeria se cruzó de brazos, aún sentada en la cama.
—¿Para qué? ¿Para culparme de nuevo por algo que no hice?
El hombre soltó una risa amarga.
—No seas ingenua. Nadie recordará si tú fuiste víctima o culpable. Lo único que verán es el apellido que llevas, y ese apellido ahora está manchado.
Las palabras la golpearon con fuerza. Desde niña había sentido el peso del apellido Aranda: la obligación de sonreír en sociedad, de callar frente a los desplantes de su padre, de mantener la imagen perfecta sin importar las grietas en su familia.
—Papá, yo no pedí esto —susurró, la voz quebrada—. Yo no pedí ser usada como moneda de cambio.
—Y, sin embargo, lo eres —respondió sin titubear—. Lo entiendas o no, tu deber es proteger el legado de los Aranda.
Valeria lo miró con incredulidad.
—¿Y mi vida? ¿Mis sueños?
Julián se inclinó hacia ella, su sombra cubriéndola como un manto opresivo.
—Los sueños son un lujo que tú no puedes permitirte. No después de lo que pasó ayer.
La joven apretó las manos con rabia contenida. En ese momento, su madre apareció en la puerta, con el rostro cansado y la voz temblorosa.
—Julián, por favor… no la presiones así.
—¡Cállate, Isabel! —estalló él, sin siquiera mirarla.
El silencio que siguió fue tan pesado que Valeria sintió que le costaba respirar. Su madre retrocedió, como siempre, sumisa ante la furia de su marido. Valeria, en cambio, lo sostuvo con la mirada. Una chispa de rebeldía ardía en su pecho.
—¿Y si digo que no? —preguntó con firmeza, desafiando la autoridad de su padre.
Julián sonrió, pero aquella sonrisa estaba vacía de calidez.
—Entonces destruirás a tu madre, a tu hermano y a todo lo que conoces. Y cuando los Aranda caigan, tú cargarás con la culpa.
La garganta de Valeria se cerró. Sabía que su padre era capaz de cumplir cada palabra. No hablaba en metáforas. Lo miró fijamente, intentando no dejar ver el miedo que la desgarraba por dentro.
Y en ese instante, Julián pronunció las palabras que sellaron su destino:
—Esta noche tendrás tu primer encuentro con Adrián Montenegro. Prepárate.
El corazón de Valeria se heló. El hombre cuyo nombre era sinónimo de poder y peligro pronto estaría frente a ella. Y algo en su interior le gritaba que ese encuentro marcaría el inicio de su peor tormenta.