¿Qué pasa cuando solo quieres dormir, pero el universo te convierte en la villana más temida del imperio?
Tras morir por exceso de trabajo en su vida pasada sin haber tenido jamás unas vacaciones, nuestra protagonista despierta en un mundo de fantasía. ¿Su reacción? ¡Por fin el descanso eterno! No me importa dónde estoy ni conozco a nadie, solo sé que no pienso mover un dedo. Su plan es perfecto: ser una vaga profesional y recuperar todos sus años de sueño acumulado.
El pequeño problema es que ha reencarnado en el cuerpo de la Duquesa Cassandra, la villana más fría y despiadada del reino, famosa por su mirada sombría (que en realidad es solo cara de sueño) y su temible poder militar.
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Capítulo 20: El fin de la semana y la retirada del príncipe
Para el viernes a la tarde, el Príncipe Heredero de la corona imperial parecía un alma en pena que acababa de sobrevivir a un naufragio. Jarek no aguantó más. El maltrato psicológico de mis comentarios, la comida voladora que lo usaba de blanco fijo, las plantas y bichos mágicos que lo perseguían por los jardines cada vez que yo me aburría, y, sobre todo, tener que ver a Gideon y a mí pegados todo el día como abrojos, terminaron por demoler su frágil salud mental.
Desde la escalinata de la mansión, Félix, Gideon y yo observábamos el dantesco espectáculo de su retirada. Los sirvientes reales cargaban los baúles a las corridas, mientras el carruaje de oro y cristal esperaba con las puertas abiertas. Jarek subió los escalones del coche temblando, con unas ojeras negras que le llegaban a los pómulos y un ramo de rosas blancas marchitas aplastado bajo el brazo. Antes de meterse, nos clavó una mirada llena de lágrimas de pura frustración y despecho.
—¡Son unos monstruos! —chilló Jarek con la voz quebrada, secándose un lagrimón dramático—. ¡Le diré a mi padre que esta mansión está embrujada y que el norte es una tierra de salvajes desalmados! ¡No pienso casarme con una mujer que duerme con dragones y me tira la comida!
El carruaje arrancó a toda velocidad, dejando una nube de polvo en el camino principal mientras el príncipe se alejaba llorando en su burbuja de oro.
—¡Chau, ricitos! ¡Mandale un saludo al queso rallado! —le grité, agitando la mano con total felicidad.
Félix soltó un silbido largo, metiéndose las manos en los bolsillos de su pantalón.
—Bueno, jefa, al fideo le dio un mental breakdown cinematográfico —comentó Félix con una sonrisa de oreja a oreja—. El operativo "Falsa Alianza" fue un éxito rotundo. El compromiso real quedó herido de muerte y en la capital van a tardar meses en procesar el reboot que le pegaste al príncipe. Yo me voy a la cocina a festejar con unos dulces que rescató Brigit. Nos vemos.
El comandante se dio la vuelta y nos dejó solos en el gran porche de entrada, bajo la luz cálida del atardecer.
El enredo de la victoria no tardó en caer sobre nosotros como un balde de agua fría. El plan había funcionado a la perfección, sí. Nos habíamos sacado de encima la auditoría real y el matrimonio obligatorio estaba prácticamente anulado. Pero mientras el polvo del carruaje de Jarek se asentaba en el horizonte, una realidad incómoda y punzante se instaló entre nosotros: ahora que el príncipe se había ido... la "falsa alianza" ya no tenía ninguna excusa lógica para seguir existiendo.
Ya no había necesidad de andar a los abrazos frente a los guardias, ni de acomodarle la camisa de forma sugerente, ni de que él me rodeara la cintura con esa firmeza que me borraba el disco rígido. El contrato implícito había terminado.
Me removí incómoda dentro de mi pijama de seda violeta, cruzándome de brazos por primera vez en días y sintiendo un vacío rarísimo en el estómago. Miré mis pantuflas, intentando buscar mi habitual chispa de elocuencia corporativa para despedirme con un chiste y volver a mi gloriosa rutina de rascarme la panza a dos manos.
—Bueno, duque... —empecé, forzando una risa ligera que me salió bastante trucha—. Parece que se terminó el teatro. Ya no tenés que andar sufriendo por mis piropos sin filtro ni pasar la vergüenza de que te alimente en público. Podés volver a tus mapas tácticos y a tu rigidez militar. Quedaste libre de la tortura.
Gideon no respondió de inmediato. Se quedó de pie a mi lado, mirando el camino vacío por donde había huido el heredero. El viento del atardecer le movía suavemente el cabello oscuro. De repente, el Duque de la Noche se giró hacia mí. Su postura ya no tenía rastro de timidez, ni de enojo, ni de esa confusión que lo hacía ponerse rojo como un tomate. Había una determinación absoluta y dangerously atractiva en sus ojos azules.
Dio un paso hacia mí, acortando la distancia por voluntad propia, y me obligó a levantar la vista. Su mirada bajó un segundo a mis labios antes de clavarse con una intensidad que me congeló el aire en los pulmones.
—El príncipe se fue, Cassandra —dijo Gideon con esa voz ronca, baja y profunda que me ponía los pelos de punta—. Ya no tenemos que fingir. Ya no hay ojos de la corte mirándonos, ni decretos reales que evadir... a menos que no quieras parar.
El corazón me pegó un salto tan violento que juro que hizo toc, toc en toda la provincia. Me quedé estática, con la boca entreabierta, dándome cuenta de que el verdadero peligro de estas vacaciones no era la magia pasiva ni las explosiones, sino este duque que finalmente había decidido dejar de ser el cazado para convertirse en el cazador definitivo.