Una víctima olvidada regresa desde la muerte, oculta en otro cuerpo, para cobrar una venganza oscura contra quienes la destruyeron.
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Capítulo 20: Lo que no debía sentirse
La casa está en silencio.
Demasiado silencio.
La lluvia golpea suave las ventanas. El reloj de la sala avanza lento. Cada segundo pesa.
Ella camina de un lado a otro. Nerviosa. Con los brazos cruzados. Esperándolo.
Y cuando escucha la puerta abrirse…
sabe que algo cambió.
Eusebio entra sin hablar. Trae el uniforme húmedo. Las botas llenas de tierra. La mirada oscura.
No parece cansado.
Parece molesto.
Cierra la puerta despacio. Sin quitarle la mirada de encima.
La psicóloga intenta hablar primero.
—Llegaste tarde.
Él no responde.
Solo deja las llaves sobre la mesa.
- Claccccc
El sonido retumba en toda la sala.
Y entonces… la voz.
—Mírala… Dice Daniela dentro de su cabeza. —Está nerviosa.
Eusebio aprieta la mandíbula.
—Cállate.
Ella escucha apenas el murmullo.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
Silencio.
Pesado. Incómodo.
Ella intenta sostener la calma.
—¿Qué pasó?
Eusebio finalmente levanta la mirada.
Y ahí está.
La rabia.
Controlada. Pero viva.
—Hablaste demasiado.
La frase cae seca.
Ella se queda quieta
—¿Qué?
—Con el director.
—No dije nada importante.
—Dijiste suficiente.
Ella ríe apenas. Pero es una risa nerviosa.
—¿Ahora tú me vas a decir qué decir?
—Alguien tiene que hacerlo.
Eso golpea.
Fuerte.
Ella lo mira fijo.
—¿Perdón?
Eusebio se acerca un paso.
—Te está observando.
—Te hizo preguntas.
—Y tú reaccionaste.
—Tú también reaccionaste.
—No como tú.
Silencio.
La tensión empieza a subir lentamente. Como agua hirviendo.
—Yo dije lo necesario. Dice él. —Solo lo necesario.
—¿Y crees que eso sirve de algo? Responde ella. —Ese hombre ya sospecha.
—Sospechar no es saber.
—Todavía.
La palabra queda flotando.
Todavía.
Eusebio aparta la mirada un segundo.
Porque sabe que ella tiene razón.
El director está cerca.
Muy cerca.
Demasiado.
Daniela vuelve a susurrar.
—Te dije que ella era impulsiva. —Va a arruinarlo todo. —Siempre pierde el control.
Eusebio siente el dolor detrás de los ojos.
—Cállate…
La psicóloga frunce el ceño.
—¿Otra vez ella?
Silencio.
Él no responde.
Y eso la irrita más.
—Mírame cuando te hablo.
Eusebio levanta la vista lentamente.
—Te estoy mirando.
—No. Ella da un paso adelante. —Estás escuchándola a ella.
La frase atraviesa el aire.
Y algo cambia.
La expresión de Eusebio se endurece.
—No hables de lo que no entiendes.
—¿Y tú entiendes? Ella se ríe amarga. —¿Tú entiendes lo que somos?
Silencio.
Nadie responde eso.
Porque ninguno sabe responderlo.
Solo saben que existe.
Esa conexión.
Oscura. Enferma. Inexplicable.
Como si algo roto dentro de ambos se hubiera reconocido.
Y ahora ya no pudieran separarse.
La lluvia afuera aumenta.
La casa se siente más pequeña.
Más cerrada.
Más peligrosa.
—Tenemos que deshacernos de él. Dice ella finalmente.
Directo.
Sin rodeos.
Eusebio la mira fijo.
—No.
—¿No?
—Sería muy evidente.
—¿Y esperar no?
Ella empieza a alterarse.
Camina rápido por la sala.
—Ese hombre nos está investigando. —Nos sigue con la mirada. —Nos observa todo el tiempo.
—Porque sospecha.
—¡Exacto!
La voz de ella sube.
—¡Y mientras más espere más cerca va a estar!
—¡Baja la voz!
—¡No quiero bajarla!
El grito explota en la sala.
El reloj sigue avanzando.
Tic..... Tac..Tic...Tac.
Como una cuenta regresiva.
Eusebio respira profundo.
Intentando controlarse.
Pero dentro… daniela sonríe.
—Mírala… —Tiene miedo. —Es débil.
—No.
—Sí. —Y los débiles destruyen todo.
La psicóloga lo observa.
Algo en él cambió.
Lo siente.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—No me mientas.
—No estoy mintiendo.
—¡Claro que sí!
Ella se acerca.
Ahora están demasiado cerca.
Respirando el mismo aire.
—Tú también tienes miedo. Le dice ella. —Solo que no quieres aceptarlo.
Eusebio aprieta los puños.
—Yo pienso antes de actuar.
—Y por pensar demasiado nos van a descubrir.
—No entiendes nada.
—¡Entonces explícame!
Silencio.
Largo.
Pesado.
La rabia ya no está escondida.
Ahora vive en la habitación.
Eusebio golpea la mesa de repente.
¡BAM!
Ella se sobresalta.
—¡Tú cometiste el error!
La voz de él retumba.
—¡Tú hablaste demasiado! —¡Tú dejaste que él notara cosas! —¡Tú perdiste el control!
Ella se queda congelada apenas un segundo.
Luego…
explota.
—¡Y tú qué! —¡Tú crees que eres perfecto! —¡Tú crees que porque escondes mejor las cosas eres más inteligente!
—Lo soy.
La frase sale fría.
Cruel.
Ella lo mira con odio.
—Maldito viejo arrogante.
—Y tú una impulsiva.
—¡Cobarde!
—¡Inestable!
El silencio después del insulto es brutal.
Los dos respiran agitados.
La lluvia golpea más fuerte.
Y dentro de sus cabezas…las voces.
—Mátala. Dice Daniela. —Ella nos va a destruir.
Pero la otra voz… la de la psicóloga…
susurra distinto.
—No quiero perderlo.
Ella cierra los ojos un segundo.
Confundida.
Furiosa.
Asustada.
Porque no entiende por qué le importa tanto.
No debería importarle.
Nada de esto debería existir.
Pero existe.
Eusebio da un paso atrás.
Como si quisiera irse.
Como si quisiera escapar y eso…
Eso le duele a ella más de lo esperado.
—¿Te vas? Pregunta.
Él no responde.
Se gira apenas.
Yentonces… ella lo agarra del brazo.
Fuerte.
Eusebio se detiene.
La mira.
Y por un segundo…
todo vuelve a quedarse en silencio.
Sin lluvia. Sin reloj. Sin voces.
Solo ellos.
La respiración agitada.
La rabia.
La tensión.
Y algo peor.
Algo que lleva demasiado tiempo creciendo.
—No puedes irte así. Susurra ella.
Eusebio baja la mirada hacia su mano sujetándolo.
—Suéltame.
Pero ella no lo hace.
Daniela ríe dentro de su cabeza.
—Mírala… —Ahora tiene miedo de quedarse sola.
La psicóloga siente otra vez la voz dentro de ella.
—Aléjate. —Esto no es amor. —Esto es enfermedad.
Pero ya es tarde.
Porque ella se acerca.
Y lo besa.
Sin aviso.
Violento.
Necesario.
El golpe del beso los rompe.
No hay ternura.
No hay cariño.
Solo hambre.
Rabia.
Desesperación.
Como si intentaran destruirse mutuamente con la boca.
Eusebio intenta resistirse apenas.
Un segundo.
Nada más.
Porque luego la agarra fuerte de la cintura.
Y responde el beso.
Con la misma intensidad oscura.
Ella lo empuja contra la pared.
Él le aprieta el rostro.
Respiran mal.
Rápido.
Desordenado.
El aire se vuelve caliente.
Peligroso.
Y dentro de sus cabezas…
las voces empiezan a gritar.
—¡¿Qué haces?! Dice Daniela furiosa. —¡Ella es un problema!
La otra voz también grita.
—¡Aléjate de él! —¡Esto no está bien!
Pero ninguno escucha.
Porque por primera vez…
las voces quedan pequeñas.
El beso sigue.
Largo.
Descontrolado.
Como dos personas cayendo al vacío.
Hasta que finalmente…se separan.
La respiración de ambos tiembla.
Ella lo mira fijo.
Confundida.
Eusebio también.
Y eso da más miedo que cualquier otra cosa.
Porque por un instante…
se sintió real.
No amor.
Nunca amor.
Pero sí algo peor.
Algo que ninguno puede controlar.
Daniela habla primero dentro de él.
—Esto tiene que terminar.
La voz dentro de ella responde.
—Él te va a destruir.
Silencio.
Eusebio la suelta lentamente.
Da un paso atrás.
Luego otro.
Ella intenta hablar.
—Eusebio…
Pero él ya se cerró otra vez.
Los ojos vuelven a ser fríos.
Lejanos.
Oscuros.
Se acomoda la camisa lentamente.
Como si quisiera borrar lo que acaba de pasar.
—Esto fue un error. Dice él.
La frase la atraviesa.
Ella intenta ocultarlo.
—Entonces vete.
Y él lo hace.
Sin responder.
Sin mirar atrás.
Abre la puerta.
La lluvia entra con el viento.
Y desaparece en la oscuridad.
La psicóloga queda sola en la sala.
Quieta.
Respirando rápido.
Tocándose los labios.
Sin entender por qué siente ganas de llorar.
—No te enamores. Susurra la voz dentro de ella. —Porque él no sabe amar.
Ella aprieta los ojos.
—Cállate…
Pero la voz sigue.
—Solo sabe destruir.
Mientras tanto…
Eusebio camina bajo la lluvia.
Sin paraguas.
Sin rumbo.
Las gotas caen sobre su rostro.
Pero no le importa.
Porque Daniela no deja de hablar.
—Te dije que esto pasaría. —Te estás debilitando.
—No.
—Sí. —La besaste.
Eusebio sigue caminando.
Más rápido.
—No significa nada.
Daniela ríe.
Frío.
Vacío.
—Entonces… —¿Por qué sigues pensando en ella?
Silencio.
Eusebio aprieta los dientes.
Y no responde.
Porque no puede.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
Daniela tiene razón.
Y eso lo enfurece.
La lluvia sigue cayendo.
Oscura.
Interminable.
Mientras en algún lugar de la escuela…
el director revisa otra vez la carpeta.
Fotos.
Reportes.
Fechas.
Nombres.
Y finalmente…
une dos fotografías.
La psicóloga.
Eusebio.
Tomadas el mismo día.
A la misma hora.
En el mismo pasillo.
Él observa las imágenes largo rato.
Serio.
Pensando.
Entonces susurra algo apenas audible.
—Ya los tengo cerca…
Silencio.
Pausa.
Y una sonrisa mínima… aparece por primera vez en su rostro.
Pero no es tranquilidad.
Es peligro.