Humillada, abandona, perdida y con el corazón completamente destrozado, Lucina se reencuentra con su familia para sanar y recuperar su vida. Su sentimiento de venganza esta latente en ella, pero no contaba con que su corazón fuera cautivado por el hombre que la salvo de la muerte. Ahora, lucha contra sus propios sentimientos y la intensa cercanía de Franco, quien no esta dispuesto a dejarla escapar de sus manos.
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La vida se basa en secuencia a nuestras propias decisiones.
Cuando la hora anunciada por sus padres para la presentación oficial, finalmente llegó, Luciana respiró hondo y se puso de pie. El salón continuaba lleno de conversaciones elegantes, risas medidas y miradas curiosas, pero para ella todo parecía desdibujarse en un instante.
Caminó con seguridad hasta la mesa principal, donde se encontraba reunida toda su familia. Sin titubear, se acercó a sus padres y habló en voz baja para que solo ellos la escucharan.
Steven frunció el ceño, pero comprendió lo que su hija quería hacer. No estaba de acuerdo en absoluto. La sola idea de exponerla más de lo necesario le desagradaba. Sin embargo, Susana intervino con calma, apoyando una mano sobre el brazo de su esposo para contenerlo.
Después de unos segundos de tensión silenciosa, ambos aceptaron, al menos por esa noche. Luciana sabía perfectamente que aquello no quedaría así. Porque en cuanto llegaran a casa, sus padres no la dejarían escapar de la conversación pendiente.
Minutos después, Steven tomó la palabra ante todos los invitados. Agradeció la presencia de cada uno, habló del aniversario de la empresa y de los años de esfuerzo familiar que habían construido su legado. Susana permaneció a su lado con la elegancia serena que siempre la caracterizaba.
Cuando el discurso terminó y la música volvió a llenar el ambiente, Franco se acercó sin perder tiempo. Se detuvo frente a Luciana y le extendió la mano.
Ella sintió una punzada de molestia al verlo aparecer con aquella seguridad insoportable, pero aun así tomó su mano. En esos momentos no estaría bien rechazarlo porque sería descortés de su parte, y además, él había sido quien la ayudó cuando más lo necesitó.
— No había tenido la oportunidad de agradecerle. — Dijo Luciana finalmente mientras él la guiaba hacia la pista de baile.
Al llegar al centro, Franco colocó una mano firme en su cintura y la acercó con naturalidad a su cuerpo.
— Gracias por… salvarme. — Titubeo ante la cercanía.
— No fue nada. — Sonrió con tranquilidad. — Lo habría hecho por cualquier persona que lo necesitara en ese momento.
Él la observaba fijamente mientras hablaba. Luciana, en cambio, evitaba mirarlo directamente. Su aroma la tenía envuelta de una forma peligrosamente agradable, y su cuerpo parecía responder solo a los movimientos que Franco marcaba al bailar.
— Aunque, por la forma en que me trata… diría que no le agradó demasiado. — Dijo él con sinceridad sin apartar la mirada.
— No es eso. — Respondió con evidente indignación. — Es solo que… no lo conozco. Y curiosamente, usted ha decidido acercarse sin permiso… incluso diciendo que es mi prometido.
Franco inclinó ligeramente la cabeza, divertido. Para su sorpresa, se sentía complacido con esta simple interacción entre los dos. Además, al ver la reacción de ella, no cabía duda de que él no le resultaba del todo indiferente.
— Entonces… eso significa que debo acercarme un poco más… para que algún día esa afirmación se vuelva realidad. — Redujo la distancia, acercándola más a él. — También me gustaría invitarla a cenar. Claro… si acepta.
Luciana entrecerró los ojos con sospecha. Era obvio que el hombre era bastante descarado, en especial porque había llegado acompañado, y a pesar de ello, estaba allí, intentando acercarse a ella.
— ¿No cree que se está tomando demasiadas atribuciones?
Franco se acercó a su oído, y con una lentitud calculada susurró despacio.
— No veo que me esté rechazando.
Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Luciana de pies a cabeza al sentir su cálido aliento. Algo que no pasó desapercibido para él.
— ¿Tiene frío? — Preguntó con una sonrisa apenas contenida.
— Tú…
Luciana levantó la vista y sus ojos se encontraron con la intensa mirada de él, una que parecía desnudarla por completo. Por un instante, y sin poder evitarlo, se sintió absorbida por ella, lo que provocó que su corazón se acelerara sin control. Esta reacción la irritó más que cualquier descaro por parte de Franco.
Al recuperarse de la evidente provocación, se apartó de él como si su cercanía la quemara. No lograba entender por qué reaccionaba así. No era una adolescente inocente soñando con su primer amor. Sentirse de esa manera era absurdo, y aún más absurdo era comportarse con tanta inmadurez.
— Muchas gracias por invitarme. — Dijo con rapidez. — Debo volver con mi familia.
Sin darle oportunidad de hablar, dio media vuelta y se alejó, dejándolo solo en la pista de baile. Franco soltó un suspiro de resignación y regresó a su mesa.
Al volver con su familia, Luciana se topó con las miradas demasiado obvias de sus hermanos. Ambos negaban con la cabeza mientras Esteban le entregaba dinero a Matías.
— ¿Qué están haciendo? — Preguntó con mirada acusadora.
— Apostamos a que dejarías al pobre Franco plantado en la pista… y gané. — Afirmó Matias mientras guardaba el dinero.
— ¿Pero cómo…?
— Ay, hermana. — Esteban dejó salir una carcajada, y continuó. — El pobre busca cualquier excusa para acercarse, y tú solo buscas cómo escapar.
Luciana se sintió ligeramente avergonzada por la situación tan obvia. No estaba, en absoluto, huyendo. Simplemente, no le interesaba complicarse la vida con ningún hombre en ese momento, y menos aún con alguien como Franco.
— ¿Fue tan evidente?
— Por supuesto. — Respondió Matías con diversión. — Mañana serás el tema favorito de toda la ciudad.
Luciana volvió la mirada hacia sus padres, que hasta ese momento no habían intervenido. De inmediato, al verla, Steven habló con tranquilidad.
— No te preocupes. — Afirmo con tranquilidad. — Sin nuestra autorización, nadie puede publicar nada sobre la familia.
Aun así, Luciana ya no tenía ánimos para continuar allí. El día había sido demasiado largo y agotador. Lo único que deseaba era llegar a casa y dejarse caer sobre su cama. Sus padres también consideraron que era momento de retirarse. Ya habían saludado a quienes debían saludar y cerrado varios contratos importantes.
Durante el trayecto de regreso, Luciana notó que el auto de sus hermanos venía detrás de ellos. Y eso la hizo recordar algo.
Después de volver de bailar con Franco, no había vuelto a ver a Laura. No quiso preguntar en la fiesta para no incomodar a Matías, pero sabía que algo había ocurrido.
— ¿Qué pasó con Laura?
Sus padres intercambiaron una breve mirada antes de que Susana respondiera.
— Tuvo que irse. — Dijo desviando la mirada. — Surgió una urgencia en la clínica.
— ¿Así de simple? — Hablo Luciana frunciendo el ceño. — ¿Otra vez se fue y lo dejó como si nada?
— Es su trabajo, cariño. — Respondió su madre con paciencia. — Tu hermano decidió aceptarla con todo lo que eso implica. No somos nadie para decirle cómo vivir su matrimonio. — Dijo en un leve suspiro. — Sólo podemos apoyarlo… y confiar en que algún día piense también en su propia felicidad.
— Pero mamá…
Andrew intervino esta vez con voz serena.
— Tu madre tiene razón. Matías la eligió así, incluso cuando nosotros teníamos dudas. Él creyó sinceramente que con el tiempo ella cambiaría.
Luciana negó con frustración. No podía aceptar la total resignación de su hermano a una vida así. Él, que había sido uno de los más ilusionados con tener un matrimonio como el de sus padres, ahora vivía solo de apariencias.
— Sí, papá… pero ya han pasado cinco años. Ni siquiera piensa en él. Lo único importante para ella es su carrera.
— Luciana. — Advirtió Susana con suavidad. — Por favor no hagas esos comentarios frente a tu hermano.
— Está bien. — Suspiro con resignación. — Lo siento.